A veces se podía pasar las horas contemplando el humidificador en forma de gota, comprado en oferta. Le flipaba la forma en que el vapor salía y se elevaba, con sus círculos dependientes de las corrientes de aire. . «¿Cuánto es lo que pesa el aire con el vapor?» Lo calculó en un trabajo de matemáticas. Ya no añadía aceites de esencias. Le gustaban, pero era mejor no utilizarlos por la convivencia en la residencia de estudiantes. A su compañera de cuarto el olor le producía migrañas. Lo habían intentado todo, desde la fresca naranja a la penetrante mirra. Todo lo que a Lucía le ayudaba a concentrarse, a Marta le producía dolor de cabeza y con ello un continuo mal humor.
Llevaban juntas desde primaria. Se hicieron inseparables desde que compartieron fila. Ninguna de las dos tenían hermanas. Descubrieron que vivían a cinco minutos la una de la otra. Sus gustos coincidían desde los sandwiches de queso con mostaza hasta el sabor favorito del batido de los recreos. Se complementaban y el expediente escolar lo reflejaba. Siempre en los primeros puestos del ranking estudiantil, en ciencias y en deportes. Juntas en el colegio, en bachillerato y ahora en la carrera. Las dos se habían decidido a estudiar fuera de casa y habían acordado elegir la misma residencia. Sin embargo, la convivencia 24h empezaba a hacerse cuesta arriba. Lucía cedía, Marta no tanto.
A pesar de tener auriculares del último modelo, un regalo carísimo que pidió con insistencia por su cumpleaños, estudiaba con música, algo que desconcentraba a la primera. A Marta le daba igual porque siempre lo había hecho así desde que se enteró que Stephen King, su autor favorito, escribía escuchando Heavy metal. Si él escribía con esa música estridente, ella podía estudiar con algo que no fuera ruido blanco, tan de moda entre otros compañeros de pasillo, siempre con su sonido de lluvia, el crepitar del fuego o las olas a medianoche. Eso era lo que escuchaba Lucía. Lo detestaba.
Por esa música estridente, Lucía había comenzado a estudiar en la biblioteca y coincidía con otras compañeras con las que había montado un grupo de estudio los jueves a las siete. A Marta no le gustaba y la insistía cada jueves para que no fuera y estudiaran ellas juntas como siempre. Si iba, Lucía tenía cargo de conciencia, si no iba, no rendía y las notas podían resentirse. ¿Le gustaba la carrera? Pensaba que sí, hasta que salió de la segunda clase. En realidad ella quería agrónomos, pero Marta tenía muy claro que su carrera (la de ambas) era industriales.
Un viernes, después de desayunar las dos solas en la facultad, Marta puso el heavy metal tan alto que se oía por todo el pasillo. Lucía se puso los auriculares con reducción de ruido, pero no conseguía concentrarse. Le pidió que bajara la música y Marta le tiró un paquete de tapones de silicona y siguió a lo suyo con el volumen igual.
Lucía no dijo nada, aunque se sorprendió de lo que había escrito en el papel. Lo que su mente no quería reconocer, por una lealtad mal entendida a una amistad, su inconsciente lo manifestaba con muchísima claridad. Sus ojos fueron del papel al humidificador, al vapor que se elevaba incoloro e inodoro. En realidad solo era agua. Lo apagó, cogió el cuaderno y se fue sin decir nada.
—Lucy, guapa, a ver si consigues que tu compi nos de una tregua con el heavy, lo oigo desde mi cuarto en el piso de arriba —dijo Carla, una compañera de clase, desde las escaleras.
—Díselo tú, a lo mejor te hace más caso que a mi —hasta a ella le sorprendió su respuesta.
La residencia estaba en la misma calle que el edificio de hormigón gris y deprimente que era Industriales. Sí, tenía un premio de arquitectura por ser el ejemplo más representativo del brutalismo. Desde fuera no estaba claro si era una facultad o una fábrica, hasta con cadena de montaje. Su sombra oscurecía la avenida universitaria hasta una rotonda que hacía de frontera entre la modernidad de la ciudad y un campo marrón oscuro recién arado. Si seguía por el camino “rural”, llegaría a la única facultad que estaba sola en el campus: Agrónomos.
Lejos del humo de los coches y las cadenas de producción, allí se respiraba el aroma de la tierra mojada, los frutales y aroma de lavanda. Era su primera opción, aunque la condenó a la segunda en la preinscripción que hicieron juntas. Allí se quedó, sentada en un banco, enfrente de la facultad. Abrió el cuaderno y volvió a leer la frase, con calma. Continuó la frase que había escrito en su cuarto compartido:
Este no es mi sitio.
Prefiero la ligereza del aire del campo a la pesadez de los talleres industriales. Sí, lo que vivo no es mi sueño, sino el de Marta. Le gustan las máquinas tan pesadas como su música. Aquí el aire no necesita humidificador, ni siquiera aceites.
Respiró profundamente, dejando que el aire limpio llenara por completo sus pulmones. ¿Cómo era posible tener semejante paraíso tan cerca y no haber ido más? Marta tenía alergia al polen.
Siguió garabateando frases sueltas. Hasta se levantó del banco y se puso a caminar descalza por el césped que la rodeaba, sin importar lo que pensaran los pocos estudiantes que seguían yendo a clase la quincena de exámenes. Alguno la imitó y todo. Se estaba muy bien en contacto con la naturaleza. Por primera vez desde que llegó a la ciudad universitaria rió abiertamente tras soplar un diente de león. A la sombra de un sauce llorón, que le recordaba a la abuelita de la película de la sirenita, sacó el móvil y revisó el calendario. Aun estaba en plazo para solicitar el traslado. Hasta contaban con plazas disponibles en el caserón, la residencia más cercana. Parecía que tenía el viento a favor para soltar el cinturón que apretaba su alma. Sólo había un escollo: Su amistad con Marta.
¿Cuándo empezaron a cambiar las cosas? No lo sabía. O sí. Desde que dejaron su pueblo, empezó a percibir detalles. Al principio no eran importantes. Como cuando se subieron al tren y Lucía estaba subiendo las dos maletas y Marta se acomodó en el único asiento libre que había. Ni hizo amago de buscar otro. “¿No te importa, verdad?”. O en clase de Química cuando por un descuido se fastidió el experimento y la responsabilizó a ella ante la profesora. “Tus notas son mejores”. ¿Cómo iba a enfadarse con ella por eso? Eran amigas desde siempre. Los recuerdos de todos esos momentos afloraron de golpe dejando un sabor metálico en la boca. En realidad, desde los inicios, siempre hacían lo que Marta quería. ¿De verdad era tan buena su amistad?
Se puso los zapatos y comprendió lo que estaba pesando tanto en su pecho. Tuvo la certeza de lo que pesa el aire. Solo había un lugar al que dirigirse para cambiar la situación. Parecía precipitado, sin embargo su cuerpo lo estaba pidiendo a gritos. Hizo una lista de pros y contras. La balanza se decantó de forma abrumadora. Sabía cuál era su lugar y tenia clarísimo que nada ni nadie la llevaría si no eran sus propios pasos. Si se daba prisa lo conseguiría, aun estaba a tiempo.
Miró hacia la facultad de Agrónomos. El polen flotaba en el aire como partículas de luz. Para Marta, eso era una amenaza; para Lucía, era la prueba de que la vida estaba ocurriendo fuera de su cuarto compartido. Soltar lastre no era una pelea a gritos, era simplemente elegir el aire que te permitía respirar sin pedir perdón por querer ser ella misma.
—Se ha acabado el agua —dijo Marta, con la voz pastosa de quien no ha hablado con nadie en horas cuando la vio aparecer en el cuarto compartido pasadas las seis.
Lucía no fue hacia el aparato. Se quedó en el centro del cuarto, notando cómo el aire cerrado se podía cortar con un cuchillo.
—No voy a rellenarlo, Marta. De hecho, aquí no voy a volver a encenderlo. Es mejor abrir las ventanas. Ha llovido un poco y huele a fresco.
—Sabes que no se puede. Soy alérgica, por si no lo recuerdas y no quiero que un ataque me fastidie el examen del viernes. Que tú no estudies no significa que los demás nos podamos tirar a la bartola. ¿De dónde vienes a estas horas? Cuando he girado la cabeza ya no estabas. Te he escrito un par de mensajes por si comíamos juntas pero ni te has dignado a contestar. Por tu culpa no he llegado al menú del día y he tenido que comerme un sandwich de máquina. Ya sabes que no me gusta comer sola.
—Necesitaba desconectar y ocuparme de unos temas. El móvil está en el escritorio ¿no lo has oído? Por cierto, Carla me ha pedido que bajes la música desde las escaleras. Por lo visto le retumba toda la habitación.
—¡Que se joda! Has perdido casi todo el día por una desconexión. Luego te quejarás de tus notas en matemáticas. ¿Vas a sentarte a estudiar hasta la cena o seguimos de charleta? Es por el cronómetro de mis descansos. ¿Por qué estás recogiendo tu escritorio? Hoy no es jueves.
—Recojo porque me voy de aquí. He pedido el traslado a Agrónomos y al caserón—soltó Lucía. El silencio que siguió fue más ruidoso que cualquier canción de heavy metal. Marta la miró como si hablara en otro idioma.
—¿A Agrónomos? ¿Te mudas al caserón? Pero si allí solo hay bichos y polen. ¿Te ha picado una avispa o estás gilipollas? Te vas a pasar el día estornudando por tonta.
—No, Marta. La que estornuda eres tú. A mi Industriales no me gusta. He estado hablando con los asesores educativos y hoy mismo han aprobado mi traslado a Agrónomos. Puedo recuperar lo que me he perdido y terminar el curso allí. Las troncales me las han convalidado ya. Hasta puedo trasladarme al caserón hoy mismo. Tienen una habitación disponible.
—¡Yo no pienso mudarme así que tú verás lo que haces!
—No contaba con ello, Marta. Sé que la carrera te gusta y este ambiente también. Pero a mi, no.
Marta no respondió. Subió la música y conectó el cronómetro. No se despidió de Lucía, que cruzó el umbral de la puerta, sin ver una lágrima rodar por la mejilla de su antigua amiga. En el pasillo se encontró de nuevo con Carla que la ayudó con su maleta mientras le preguntaba por lo ocurrido. Lucía no habló mucho, aun le temblaban las rodillas por lo que acababa de ocurrir.
En la puerta esperaba uno de los bedeles que la ayudaría con su C-15 en el traslado al caserón. Por una vez, la burocracia universitaria no había hecho acto de presencia. Con todas sus cosas, se llevaba el humidificador, y sus dos mochilas en el maletero, Lucía echó un último vistazo a la ventana cerrada del que había sido su cuarto. Para ella lo que pesaba el aire ya era mucho menos. Tuvo una mínima esperanza de ver en el dintel a Marta. Pero no. Fue Carla quien le dio el último abrazo de despedida de industriales.
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