—¿Lo ves?
—¿El qué?
—¡Otra vez!
—Pero ¿de qué estás hablando?
—De mi rizo del cuello.
—No entiendo de lo que me hablas y ahora déjame prestar atención al tráfico —dijo Lucas convencido de que Emma estaba loca.
Ella calló y se dejó abrazar por el asiento del copiloto. Tenía activado el masaje de la espalda y el climatizador. Aun así, volvió a frotarse el cuello, en un intento inútil de volver a alisar su pelo. Ella lo llamaba su sentido arácnido desde el tour nocturno que hizo por Queens en una de sus múltiples visitas a la ciudad que nunca duerme. La secuencia era sencilla. Primero un estremecimiento total, como si su temperatura descendiera quince grados de golpe. Después un leve temblor, no un cosquilleo, sino un aumento de la electricidad que recorría su columna vertebral de arriba abajo. Estaba segura que si metía los dedos en un enchufe sentiría lo mismo. Y por último, el pelo del cuello, ese mechón que se rizaba y era imposible de peinar si no estaba mojado y engominado. Afortunadamente, al tener el resto de la melena lisa, los demás no lo veían. Ella sí sabía que estaba ahí, avisando de algo que su mente no entendía. Cuando eso sucedía es que había algo diferente a su alrededor. Era el idioma de la piel y llevaba años intentando traducirlo.
Lucas siguió a lo suyo, sin decir nada. El tráfico en plena hora punta de la operación salida requería toda su atención, o más. Vivir en una gran ciudad era fantástico por la oferta cultural, gastronómica y de ocio. Lo peor, sin duda era la marabunta. Ibas de compras, riada de gente en las calles. Ibas al cine, colas kilométricas en la taquilla. Ibas a un restaurante, marabunta en las mesas. Porque era eso, una marabunta, como las hormigas de la película que vio de pequeño.
Siempre había gente. Hasta cuando hacían sus escapadas a la España deshabitada, parecía que todos habían decidido ese sábado ir a comer pinchos de lechazo. Una vez se encontró a su compañero de oficina, Alfonso, en mitad del cañón de río Lobos, sin haberse puesto de acuerdo. A veces se preguntaba si su vida no sería una versión española del show de Truman.
Le gustaba la soledad y eso en las ciudades era un pecado capital. Si decidía salir a correr por las mañanas, odiaba que lo llamaran runner, tenía que ir con mil ojos para no toparse con perros que veían sus tobillos como apetitosos huesos que roer. Lo curioso es que le encantaban los animales, pero no los pequeños que se dedican a ladrar y a demostrar que sus dueños no tenían ni idea de educación y civismo. Si no tenían uno era porque siempre surgía un gasto inesperado. Pero sí, le encantaban los perros grandes, como los de su infancia.
Sus pensamientos le jugaron una mala pasada. Fue solo un instante en que la mente se fue a un recuerdo del pasado en esa misma carretera en la que ahora circulaba a paso de tortuga. Tuvo que frenar de golpe para no comerse al de delante, quien comenzó a hacer aspavientos, seguro que le veía por el espejo retrovisor. El de detrás también frenó. Como no le dio, se quejó en forma de claxon. No, Lucas no estaba para mirar el pelo del cuello de su mujer.
El sentido arácnido estaba activado. Emma estaba segura que iba a pasar algo. Lo percibía. No sabía el qué, pero seguro que no llegarían al pueblo donde iban a pasar el puente tal como habían salido de casa. Pagaron el peaje, cogieron un camino que no podía llamarse carretera y siguieron en busca de la casa rural en mitad de ninguna parte. Necesitaban con urgencia la desconexión para cargar de nuevo las pilas. La espera hasta las vacaciones se estaba haciendo muy larga.
—¡Para ahí! —dijo Emma.
—¿Para qué quieres parar en ese antro?
—Hazme caso, Lucas, para el coche y tomemos un café.
—¿Tu rizo?
—Sí. ¿Qué te cuesta?
—Está bien —cuando Emma se ponía así, Lucas sabía que era mejor no llevarle la contraria. Quería tener un fin de semana tranquilo.
No habían pedido aun cuando comenzó a caer granizos del tamaño de una pelota de tenis. Ellos habían aparcado, por insistencia de Emma de nuevo, bajo techo. Los coches que estaban en la entrada, pagaron cara su cercanía al establecimiento. Algún taller se haría de oro con tanta luna rota. En quince minutos que duró el tormentón, el granizo hizo estragos en todo lo que no estaba a cubierto, coches, motos, cubos de basura. Hasta las plantas recibieron su dosis. Una nube caprichosa descargó con toda la rabia. Nada en el cielo, que parecía el de los Simpsons, hacía presagiar algo así en cuestión de segundos.
—¿Cómo lo sabías? —pregunto Lucas.
—Ya te lo he dicho, el rizo de mi cuello. Y aun no ha vuelto a la normalidad.
—Si eso nos pilla en carretera, no sé si habría controlado el coche.
Cuando escampó, siguieron camino y comprobaron de lo que se habían librado. Al menos tenían el estómago lleno y el cuerpo caliente por la infusión que había pedido en su tercer desayuno. A veces sus viajes se acercaban más a los de los Hobbits que al resto de personas. No sabían parar en una gasolinera y no pillar algo además de agua. La casa rural estaba en mitad de un bosque. Sin cobertura, pero con wifi. Era un viejo molino y en el salón se podía ver el riachuelo pasando por debajo de una celosía acristalada. El propietario que se lo alquilaba, ya había encendido la chimenea y dejado el desayuno con una tortilla para la cena.
Descargaron la maleta y salieron a dar un paseo. Era un sendero muy suave.
—Por ahí mejor que no —dijo Emma al llegar a una intersección y viendo que Lucas quería el camino de la izquierda.
—¿Otra vez tu sentido arácnido? Vamos mujer, al final voy a pensar que tu té era algo más que un earl grey.
—Ese camino es peligroso, hazme caso.
—Pero ¡si es la primera vez que venimos por aquí!
—Pues ve tú si quieres, pero yo voy por el otro lado.
Se apartaron y a los segundos, un par de ciclistas a toda velocidad les gritaron para que dejaran pasar y se metieron por donde quería ir Lucas.
—¿Les has oído? Con lo estrecho que es el el paso, si llegamos a ir por ahí, nos habrían tirado al suelo, fijo.
—Solo sabía que no teníamos que ir por ahí.
—¿Puedes explicarme cómo lo haces? ¿Funcionará también para el bote del euromillón?
—Ya sé que no crees en nada de esto. No hace falta que te burles.
—No lo hago, es que no lo entiendo.
—¿Recuerdas Infinity War? ¿Cuando el Dr. Strange veía más de catorce millones de futuros posibles? Es más o menos eso. Él lo controlaba, yo no. Mi cuerpo hace algo parecido aunque mi mente no sea consciente y no lo procese. No puedo explicártelo mejor.
—Aun no ha acabado —dijo Lucas mientras jugaba con el mechón rizado del cuello de su esposa.
Siguieron paseando y cerca de unas rocas escucharon algo parecido a un trueno. Como urbanitas no sabían distinguir los ruidos del bosque.
—¿Deberíamos volver?
—¿Lo has notado? La tierra ha temblado. ¿Estarán bien los ciclistas?
—Seguro que sí. Aquí no hay terremotos ni derrumbes. No te preocupes, total ello no lo hacen por tí
—No seas así. Lucas. Ya sé que no son santos de tu devoción, pero no todos ellos son los impresentables que te rayaron el coche y te rompieron el retrovisor. Ni los que te atropellaron al cruzar por el paso de peatones. Puede que se hayan caído.
—Mientras nosotros estemos bien, me da igual lo que les pase. ¿Cómo se dice ahora? El karma. ¡Espera! ¿Qué es eso que hay entre las piedras? —Lucas se acercó a un bulto que se había movido en un recoveco de lo que parecía una madriguera.
—¿Qué es? —preguntó Emma.
Lucas salió con un perro hecho una bolita que temblaba de miedo.
—Este pequeñajo tiene suerte. Se ha debido escapar de algún sitio. Lleva collar y una placa. Voy a ver si puedo leerla —Lucas le quitó el barro a la chapa que colgaba del collar—. Banner, se llama Banner.
—¿Tiene teléfono?
—Sí, volvamos a la casa. Seguro que sus dueños le estarán buscando. ¿Todo bien?
—No sé, sigo teniendo el cuerpo inquieto. Estemos atentos porque puede que pase algo más. No sé, hay algo que no cuadra.
Lucas hizo una especie de saco con su cazadora para refugiar a Banner, que ademas de mojado y hambriento estaba tiritando. Emma le dio un poco del chóped de los sandwiches que había preparado en casa y que llevaba en la mochila. Al llegar al molino aprovecharon el wifi para llamar al teléfono de la placa. Cuando el mechón se volvió a rizar, Emma supo que algo pasaba.
Banner comenzó a ladrar como un desesperado, mirando debajo del sofá. Emma no se atrevía a mirar, así que Lucas hizo de tripas corazón y vio algo que en principio pensó que era un lagarto y terminó siendo una víbora asustada que salió arrastrándose, gracias a unos toquecitos con la escoba mientras Emma sujetaba al cachorro.
—Parece que nuestro nuevo amigo comparte el idioma de tu piel, cariño.
—No lo sé, pero se ha puesto a ladrar justo cuando iba a mover el sillón porque he notado algo raro.
—Lo dicho, ambos tenéis sentido arácnido. Por cierto, no te vas a creer lo que me han dicho por teléfono —dijo Lucas de camino a darle un buen baño a Banner para quitarle toda la suciedad y el olor nauseabundo de perro mojado.
—¿Qué pasa?
—Su dueño no puede venir a por él. El granizo le ha roto las dos lunas del coche. Es el sobrino del dueño del molino. ¡Qué casualidad! ¿verdad? Me ha preguntado si podemos quedarnos con él esta noche y mañana vienen a por él los dos. Le he dicho que no hay problema. Nos van a venir bien las salchichas que te empeñaste en traer.
Banner, una vez limpio, mostró que era un cachorro juguetón que adoraba el agua, mestizo de pastor alemán marrón claro. Tuvieron que improvisar una cena para el pequeñajo, porque la tortilla era solo para dos. Solo con él la nevera se vació. Emma hacía mucho tiempo que no le veía tan feliz, tan relajado a su marido. Jamás habría dicho que Lucas pudiera llevarse tan bien con los perros. Parecía que estaban hechos el uno para el otro. Se estremeció pero esta vez sabía lo que su cuerpo quería decirle. Una idea surgió con fuerza en su mente.
Sonó el timbre, y Banner comenzó a ladrar y a mover el rabo con alegría. Estaba muy claro que el cachorro conocía a la persona que llamaba a la puerta. Ellos no esperaban visitas. Eran más de las nueve.
—¡Hola! —dijo Sebastián, el dueño del molino que llevaba una correa en la mano y se dedico a acariciar a Banner quien saltaba para intentar lamerle la cara— Vaya, truhán, así que estabas en el bosque eh?
—Parece que está esperando que le des algo —comentó Lucas sin entender lo que ocurría.
—Sí. Banner y yo somos buenos amigos —dijo Sebastian al tiempo que sacaba una chuche del bolsillo —. Yo se lo dí a mi sobrino cuando lo encontré en el desvío de la autovía. Desde entonces está en nuestra particular perrera municipal. En este pueblo nos conocemos todos.
—¿En la perrera?
—Banner es un alma libre. En principio se lo quedó Santi, que es veterinario, pero no le gustan los barrotes de los cheniles. No sabemos cómo lo hace pero se sale siempre.
Banner se escondió tras Emma, quien estaba otra vez con el mechón enroscado.
—¿Qué te pasa, chico? ¿No te quieres venir conmigo?
—Parece que no se quiere mover —el cachorro se puso a ladrar a las ventanas.
Emma se estremeció de frío y supo que algo no iba como debía. Miró por la ventana y gracias a una de las farolas vio que comenzaba a llover con fuerza.
—¿Por qué no se queda un poco más con nosotros, Sebastián? —dijo mientras corría la cortina Emma— Está lloviendo mucho y puede ser peligroso conducir así.
—Será mejor hacerla caso —dijo Lucas— lleva un día con el radar de la intuición muy activo.
—Ya —respondió el propietario tras encogerse de hombros— a mi mujer le pasa igual. Ella dice que es el Espíritu Santo o su ángel de la guarda. No sé, yo de santos entiendo poco, debo tener la sensibilidad de las patatas. Tras veinte años de casados, la hago caso por la cuenta que me trae.
El granizo rompió la charla con su golpear en el tejado y en las ventanas. Los tres humanos se sentaron en el salón y contemplaron cómo el riachuelo aumentó considerablemente su caudal bajo los cristales del suelo. Banner, se hizo un ovillo entre las piernas de Emma y el sofá. Estaba temblando de miedo. La mujer lo cogió y lo puso en su regazo para calmarlo.
Cuando Sebastián se marchó a casa, sobre las diez de la noche, lo hizo solo por mucho que insistió con chuches y caricias. El cachorro estaba muy cómodo, panza arriba, cerca de la chimenea. Emma seguía con la idea paseando por la mente.
Al dia siguiente, el cielo estaba tan despejado que pudieron desayunar en el porche del molino. Rodeados de naturaleza y con el sonido del riachuelo de fondo, el zumo de naranja, el café y las tostadas a la leña les supieron a gloria. El perrillo no se movió del lado de Lucas que está feliz sin saber muy bien por qué. Emma intuía el motivo. Banner volvió a ladrar de alegría en dirección a la entrada del coche, aunque no se movió por si le caía algo de la mesa
—¿Hola? —dijeron dos recién llegados— Somos Sebastián y Santi. Venimos a por el escapista.
—Estamos aquí, en la terraza. ¿Queréis un café? —preguntó Emma.
—Pero, chico, ¿no me saludas? —dijo Santi con los brazos en jarra mientras Banner le miraba sin moverse— Ven aquí, granujilla.
El perro, lejos de irse con su dueño, puso la cabeza en la pierna de Lucas y comenzó a darle golpecitos con el hocico.
—Me parece que te acaba de adoptar —dijo Santi mientras acariciaba al perrete.
—Pero es tuyo, ¿no? —dijo Emma mientras saludaba desde el dintel de la cocina.
—En realidad, no. Al ser el veterinario y el encargado de la perrera municipal, me ocupo de todos los perros que aparecen por los alrededores. Les pongo el chip y mi nombre por si acaso.
—¿Podríamos quedárnoslo entonces? —preguntó Emma de sopetón— Te pagaríamos lo que sea.
—Por mi parte no hay problema y él parece que lo está deseando.
—Por nosotros encantados —dijo Lucas— Así estaré acompañado mientras Emma fotografía ventanas, Jajaja. ¿Algo que debamos saber?
—Si queréis, terminar el desayuno y vamos a la clínica y allí os cuento todo lo que tenéis que saber. Lo más importante es que Banner os ha elegido a vosotros y los perros tienen una intuición especial para encontrar a su familia.
—¿Lo has oído, peque? En vez de ir de rutas a ver pedruscos, vamos a visitar tu antigua casa.
El perro comenzó a dar saltitos de alegría entre Lucas y Emma. Estaba claro que ya había elegido su nueva vida. Lo que empezó como una escapada romántica de dos, terminó con un integrante más. El mechón de Emma volvió a la normalidad en el momento en que Banner ocupó el asiento de atrás del coche en su recinto protegido. La mirada de Lucas había cambiado por completo.
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