Martes, 07 de abril de 2026. Tal como están las cosas, estoy convencida de que cada vez hace falta más el coraje de ser imperfecta en un mundo de filtros. ¿A qué viene esto? Bueno, por dos motivos: Uno es el recuerdo de una buena amiga, ella sabe quién es, con la que compartí un curso de escritura hace unos años y que en cada una de sus publicaciones de redes sociales siempre pone algo sobre su ser genuinamente imperfecta. El segundo motivo para hablar de el coraje de ser imperfecta es que me hace gracia, por no decir otra cosa, ver cómo muchos haters, a la hora de dar su opinión sobre algo, no pueden argumentar con criterio —supongo que su CI no da para más— sino que recurren a decir que eres fea, estás gorda o estás vieja.
Nos han vendido, y nosotros lo hemos comprado, la perfección. El marketing ha hecho muy bien su trabajo, sin importar si es un engaño en toda regla o un maquillaje de apariencias. Con algunas publicaciones de las redes, no puedo evitar acordarme de la canción de Emilio Aragón . Si llevas las orejas de una modelo, la boca de otra y los pómulos de otra más… ¿qué queda de ti? Porque más que una persona, puedes parecer Frankenstein. Y que quede claro que no tengo nada contra el personaje de Mary Shelley, hasta es uno de mis favoritos en su versión animada de Hotel Transilvania.
Antes el precio de la cirugía estética era prohibitivo y selectivo. En la actualidad, los filtros han dejado atrás el dolor del bolsillo y el posoperatorio. Esta desconexión con nuestra propia naturaleza ha llegado a extremos curiosos, como la moda de los therians, donde la identificación con lo animal parece ser el último refugio para quienes no encuentran paz en su identidad humana. Cada vez que veo ese tipo de publicaciones, pienso que la profesión con más futuro en la actualidad es la psiquiatría. Lo que en origen era un avance, los retoques de brillos en la piel de los vídeos, alguno lo ha llevado al extremo de la locura. Los filtros pueden ser graciosos, provocar sonrisas en un rato de charla en familia o entre amigos. Pero si te los crees, si les das veracidad, entonces tienes un problema y bastante grave. Sí, son más baratos que las drogas psicodélicas, pero igual de ficticios.
El síndrome de Frankenstein digital y la pérdida del yo
En Frankenstein está el corazón del problema actual. Sí, has leído bien. Te lo explico: Mary Shelley nos advirtió sobre los peligros de jugar a ser creadores sin responsabilidad, pero hoy todos somos el Dr. Frankenstein de nuestra propia imagen por tres motivos:
- El collage de identidades: Seguro que alguna vez te han dicho algo como que tienes los ojos de tu madre y las orejas del abuelo paterno. Tu tía la del pueblo no lo hace a mal, pero es posible que cuando te mires al espejo te preguntes: ¿qué soy yo con tanto de los demás? La verdad es que estamos hechos de muchos otros; sí, somos un collage en el físico y en los conocimientos. ¿Has investigado tanto como para llegar por ti mismo al Teorema de Pitágoras? Seguro que no, y sin embargo lo sabes, aunque esté perdido por la memoria. El problema surge cuando nos “tuneamos” de tal manera que perdemos nuestra verdadera identidad –si quieres, a este respecto revisa la ventana de Johari ;-)–. Por mucho que te identifiques con un perro, ¿estás dispuesto a pasar por la esterilización? ¿O a ponerte chip en el cuello?
- La trampa de la versión animada: Preferimos la versión amable, colorida y simplificada de la realidad (la animada) antes que el monstruo literario original que sufría, pensaba y era rechazado por su fealdad. Nos hemos convertido en caricaturas de nosotros mismos para ser aceptables. Queremos caer bien a todos y, lo siento, pero por mucho que te metas mil filtros en las redes, no eres una croqueta 😉
- El marketing de la insatisfacción: La perfección se vende porque la imperfección es gratis y no genera beneficios. ¿Te imaginas a la influencer de turno recién levantada? Pero de verdad. Esas publicaciones de “recién despertada” que en realidad llevan dos horas de preparación y un filtro “natural” son la forma más perversa de marketing. Venden una imperfección falsa para que tú, con tus ojeras reales, te sientas doblemente fracasada. Si mañana todos nos despertáramos amando nuestras ojeras, se hundirían industrias enteras.
La armadura del insulto: cuando el argumento no alcanza
Vuelvo a los haters, esas personas tan “valientes” que se esconden tras una pantalla y una imagen falsa de sí mismos. Ya, ya sé que podéis decirme que si no quieres que te critiquen, no te muestres en redes. Acepto que si yo tengo la libertad de exponer mis contenidos, otros tienen la libertad de decir que no les gustan. Y es posible —pocas veces son así, pero puede pasar— que si lo hacen con un razonamiento más o menos interesante, se lo agradeceré, primero por el tiempo empleado y después por mostrarme otro punto de vista que no me había planteado. Ese tipo de comentarios pueden ser respetados porque aportan algo, al igual que mis contenidos creo que aportan un punto de vista.
Ahora bien, eso tiene otra lectura. Si lo único que puedes decir de mi contenido es que no soy Miss Universo, eso habla más de ti que de mí, ¿no crees? El insulto físico se ha convertido en el último refugio de la incapacidad intelectual, por decirlo suavemente. Dice Brené Brown que la perfección no es una meta, sino una armadura de veinte toneladas que arrastramos pensando que nos protegerá del juicio ajeno, cuando en realidad es lo que nos impide ser vistos. En un entorno digital donde deberíamos estar debatiendo ideas, visiones del mundo o incluso discrepancias profundas, nos encontramos con una horda de jueces de teclado que solo saben medir la valía ajena a través de la métrica de un filtro de Instagram. Lo siento, hater, te equivocas por tres motivos:
- El ataque a la biología: Decir que alguien está “vieja” no es una opinión fundamentada, es una descripción de un proceso biológico por el que todos vamos a pasar. No debería tener relevancia en un debate entre personas adultas.
- La proyección del miedo: Quien ataca la imperfección ajena suele ser un prisionero de su propia máscara. Para que el hater que me lee lo entienda: no soportas que me atreva a ser real porque tú, detrás de tu máscara, no lo eres. Tu comentario dice más de ti que de mí. No tengas la más mínima duda.
- La deshumanización digital: Detrás de un perfil anónimo es fácil olvidar que al otro lado hay una persona de carne y hueso, con ideas, sueños y emociones, cosas buenas y malas, fortalezas y debilidades, miedos y dolor, no solo una imagen. Los filtros nos han acostumbrado tanto a la perfección del píxel que cualquier rastro de humanidad “no editada” se percibe como un error que debe ser castigado, aunque sea con la burla.
La autenticidad frente a la frialdad de la IA
Estamos en 2026 y la Inteligencia Artificial ha alcanzado niveles de realismo que dan miedo. ¿No me crees? Puedes encontrarte miles de vídeos generados por completo por IA. Si buscas un poco, hasta tienes cursos para hacerlos y generar ganancias con un canal de YouTube donde ni siquiera los guiones son humanos. Podemos generar rostros que nunca han existido, cuerpos que no conocen la gravedad y vidas que son puras ficciones estéticas. Y que venden más que cualquier humano; hasta algunos actúan mejor en las películas. En este contexto, la imperfección ya no es un error; es una prueba de vida. ¿Por qué?
- La IA no sabe fallar con elegancia: La IA tiende a la media, a la normalización. Puede crear una belleza canónica, pero no puede recrear la belleza de una mirada emocionada. No transmite aunque haga objetos acordes a la proporción áurea o al número de Fibonacci. Le falta alma hasta para cometer errores.
- El valor de lo “no optimizado”: Ser imperfecta es rebelarse contra el algoritmo que nos quiere a todos cortados por el mismo patrón. Algoritmo o lo que conocemos como políticamente correcto 😉
- La paradoja de la perfección: La realidad del ser humano es que tendemos a la perfección, es un anhelo, pero sabemos que no la vamos a alcanzar. Es una belleza fría con la que no nos podemos identificar y que rompe por completo una característica de los seres humanos: querer ser mejores cada día. En ese proceso, conseguirlo es como disparar flechas a la luna. No vas a conseguirlo, pero la práctica y la constancia te hará ser mejor arquero.
El espejo roto: la dura realidad
No sé si recuerdas un anuncio de hace unos años en el que Jason Momoa —@prideofgypsies en Instagram por si no sabes quién es, cosa que dudo pero siempre hay algún despistado—, tras llegar a su casa, empezaba a quitarse la melena, los músculos y quedaba como Christian Bale en la película El maquinista. Los filtros son eso. Si tu realidad en las redes sociales es ser tan espectacular como Jason Momoa, no me quiero imaginar cuando apagues la cámara y te mires al espejo. Salvo que seas Jason, claro. Pero eso es uno entre 8.250 millones de personas —If you are reading this, Jason, I would love to meet you ;-).
Hay dos preguntas que te las voy a soltar a bocajarro. Tómate el tiempo que quieras para responderlas. Sé que son duras y pueden hacer que te sientas incómodo en tu butacón favorito. Ya sabes que a veces me pongo en modo “guadañeitor” y alguien tiene que hacértelas. ¿Preparado? Aquí van: ¿Para quién te “editas”? ¿Por qué preferimos ser una mentira aceptada que una verdad rechazada? Si te arreglas para que los demás te quieran o te acepten, estás pidiendo permiso para ser tú, así de claro. No me digas que no te editas, porque no me lo creo. Hasta lo hacen los animales en la época de cortejo. ¿Te has vestido de una forma diferente, elegante? ¿Te has arreglado alguna vez? Todos manifestamos una imagen a las demás personas. ¡Si hasta a los fallecidos se les maquilla antes de mostrarlos en un tanatorio! Y que quede claro que no veo mal el intentar mostrarse lo mejor posible, pero todo tiene un límite, tanto en exceso como en defecto. La ducha también es importante para la convivencia. Ahí lo dejo.
La segunda pregunta es también compleja. Aceptamos una mentira, pero rechazamos la verdad de tal manera que en el proceso nos podemos perder a nosotros mismos. ¿Os imagináis a las personas que viven siempre de cara a los demás cuando estén solos? Porque allí no tienen escapatoria. Tiene que ser duro, por no decir otra cosa. Su imagen ya no es liberadora, sino una tiranía. Sí, son admirados por la gente, pero no por ser ellos mismos. Gimnasio, privación de comida, cirugía estética… todo lo que haga falta por cumplir las 24 h con la eterna juventud. ¡Buff! Es una gran mentira, porque la lucha está perdida antes de saltar al tatami. Sí, tú también, querido hater, envejeces. Y si no lo haces, vas muy mal. En realidad, la mentira aceptada es no querer mirar la realidad. Nos resistimos con todas nuestras fuerzas al gran destino común. Da igual que creas en la resurrección o en la reencarnación. O no creas en nada. Nadie quiere morir, ni siquiera los santos. Nuestro cerebro reptiliano no está hecho para no sobrevivir. Aguantaremos carros y carretas, catástrofes naturales o malas decisiones de la clase gobernante, todo lo que haga falta para seguir respirando al menos un día más. Por eso maquillamos a los muertos.
La autenticidad de lo imperfecto
Si te arreglas, hazlo por la razón más sobrenatural: porque te da la gana a ti, no por lo que dirán los demás. En este aspecto, voy a decirte otra realidad que a veces no tenemos en cuenta: hay haters y también hay lovers. Siempre vas a encontrarte gente que te censura y gente que te anima. ¿Me aceptas un consejo? No te quedes con ninguno de los dos bandos. Sigue tu propio criterio, recibas palos o flores. Habrá cosas que salgan fenomenal y otras que sean errores garrafales. Es la norma habitual de los imperfectos. ¿Sabes por qué? Los dos extremos son peligrosos. Sí, aunque no lo parezca, los “lovers” tienen un lado oscuro. Si no te lo crees, te recomiendo la película Gremlins. Sí, Gizmo era el adorable mogwai de color marrón y blanco que se convierte en el epicentro de todo el caos y que daba pie a Stripe, el más malo de los gremlins. Los lovers pueden convertirse en haters. Si lo dice el sabio refranero: delgada es la línea que separa el amor y el odio. Por eso es importante no depender ni de unos ni de otros. Sigue tu criterio, toma tus decisiones y responsabilízate de ellas. Si quieres arreglarte, ¡hazlo por ti! Si no quieres arreglarte, ¡hazlo también por ti! Por eso hablo del coraje de ser imperfecta. Hace falta mucho para mirarse a sí mismo sin juicio.
El espejo sin verdugo: el coraje de mirarse sin juicio
Mirarse a uno mismo sin juicio es, posiblemente, la asignatura pendiente de los 8.250 millones de personas que habitamos este planeta. Sobre todo en la cultura de Occidente. Somos implacables con nosotros mismos; no nos pasamos una. Me sorprendió mucho aprender en el CCT que, a la hora de entrenar la compasión, los métodos de Oriente y Occidente son diferentes. Voy a intentar explicarlo, espero recordarlo bien. El orden de los pasos es diferente debido a nuestra estructura cultural y psicológica:
- El orden en Oriente (Tradición Budista): En las culturas orientales, la compasión suele enseñarse empezando por uno mismo. Se asume que el individuo tiene una base de “autoaceptación”. Para ellos, es el punto de partida lógico: si no puedes desearte bien a ti mismo, no puedes extenderlo de forma auténtica a los demás.
- El orden en Occidente (CCT de Stanford): En la cultura occidental, la compasión se enseña empezando por los seres que quieres. Cuando Thupten Jinpa y el equipo de Stanford diseñaron el programa, se dieron cuenta de un “bloqueo” generalizado: a los occidentales nos resulta extremadamente difícil sentir compasión por nosotros mismos. Nos juzgamos con una dureza que nunca aplicaríamos a un amigo. Solo entrenándola hacia un ser querido primero, somos capaces de pasar a nosotros mismos después. Esta conexión emocional, es vital para entender que la compasión no es lástima, sino una herramienta muy poderosa para aceptar nuestra vulnerabilidad.
Puede ser una verdad incómoda, pero empiezo a pensar que nos gustan tanto los filtros porque, en realidad, no nos gusta lo que el espejo nos devuelve. E intuyo que el éxito de muchos cursos de crecimiento personal, autoayuda y cosas así va por ahí. Ofrecen muchas caricias positivas, muchas palmaditas en la espalda. Pero, al igual que la muerte es inevitable, hay otra verdad demoledora: te gustes o no te gustes, vas a pasar contigo mismo toda tu vida. ¿Qué tal si pruebas a mirarte sin juicio y abrazar esa imperfección? ¡Acéptalo! Vas a fallar, igual que alguien ha podido fallarte a ti. ¿Duele? Sí. ¿Puedes aprender? También. Cuando te mires al espejo, recuerda que el coraje de ser imperfecta en un mundo de filtros empieza en ese momento: No te fijes solo en las arrugas, las canas o en los kilos… mira también tus cosas buenas. Y abraza el conjunto. Esa compasión hacia ti mismo es el mejor filtro con el que te puedes mostrar a los demás.
Si te resuena y te atreves, te leo en comentarios. Que pases una fantástica semana y nos vemos el viernes.
Cris
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