El verano en Roma

Todos los años igual. Cada vez que el día 13 caía en viernes, los turistas anglosajones abarrotaban los recorridos del Verano, en Roma. A los romanos no les gustaba tanto bullicio. Para ellos, el día maldito era cuando el 17 caía en viernes; una tradición que mantenían viva desde los tiempos del Imperio. Desde 1994, el que mejor explicaba los motivos era Ettore Paratore. Los demás habitantes, cuando las puertas cerraban a los visitantes, se sentaban a su alrededor y él, con la paciencia que le caracterizaba, explicaba que el número 17 se escribía XVII. Ante la mirada ausente de los oyentes, Paratore, como si dibujara en una pizarra invisible, continuaba: si cambiaban un poco el orden, se podía leer VIXI. Lo volvía a escribir en el aire, pero a la audiencia más inculta le dejaba igual, por lo que, tras un resoplido de indignación, el sabio traducía: «Viví». Ante la falta de respuesta de su público, tras otro resoplido, añadía: «O, lo que es lo mismo: mi vida ha terminado, estoy muerto». En ese momento, los oyentes reaccionaban. Eso lo comprendían mucho más. El veterano De Rossi siempre apostillaba que, desde que el Nazareno murió, el viernes era el día de la muerte. Todos sabían muy bien a quién se refería.

Las cercanas notas de un piano rompieron la tensión que habían provocado las últimas palabras. Arrastraban una melancolía siciliana, pesada y polvorienta, que poco a poco se iba transformando en un vals desvencijado, casi de feria. Era Nino Rota, habitante desde 1979. Solo él tenía el valor, y el humor, de interrumpir una lección del profesor Paratore con semejante desparpajo. El compositor se entretenía así, dotando al Verano de una banda sonora que enfurecía a los académicos más rigurosos, como Mazzarino, habitante desde 1987, o Volterra, habitante desde 1940. Paratore, sin embargo, no se inmutó; simplemente ajustó el tono de su discurso para acompasarlo al ritmo de la música, como si el destino de Roma siempre hubiera necesitado una banda sonora un poco gamberra para hacerse entender.

En una plaza cercana a la del profesor Paratore, Alberto Moravia, habitante desde 1990, escuchaba el vals de Rota con una sonrisa e imaginaba las vidas vacías de esos turistas que caminaban por las calles del Verano en la mañana, buscando una foto que nunca captaría la esencia de lo que allí se guardaba. Intercambiaba impresiones y cuentos con Gianni Rodari, habitante desde 1980. Entre los dos creaban cada noche, desde que se conocieron, nuevos relatos fantásticos que entusiasmaban a los más jóvenes del Verano. Eran oyentes que ya no conocían las prisas de los colegios ni los horarios de las cenas; niños que se sentaban en los bordillos de las avenidas a escuchar cómo las palabras del narrador Rodari se hacían figuras de humo, realidad en un silencio que llenaba las calles de magia y de un color más brillante que el de las flores depositadas por los que cruzan las puertas con prisa y reloj en mano.

La habitual paz del Verano, cuando los turistas se iban en dirección a San Juan de Letrán, se truncó por un grito. El profesor Paratore y el narrador Rodari cesaron en sus discursos y todos los reunidos en ambas plazas se dirigieron hacia el lugar del que provenía. También el compositor dejó sus notas y les acompañó, más por no estar solo que por interés; quién sabe, tal vez el altercado podía inspirar una nueva melodía que solo los habitantes del Verano podrían escuchar.

No tardaron demasiado en encontrar a Palmiro Togliatti, habitante desde 1964, y a Alcide De Gasperi, habitante desde 1954. Estaban enfrascados, otra vez, en su eterna discusión sobre la Guerra Fría. Esta vez habían llegado a las manos y el comunista Togliatti zarandeaba al democristiano De Gasperi —el grito era suyo— como si fuera una cometa en medio de una tormenta. Poco después de la llegada del grupo, entre los cipreses apareció la figura imponente de Carlo Pedersoli, más conocido como Bud Spencer, habitante desde 2016. Aunque los académicos seguían intentando sin éxito separar a los políticos, el gigante no se contuvo. Se ajustó su chaqueta invisible, lanzó una mirada de complicidad a Rota como si del Padrino del lugar se tratase, y separó a los dos hombres como quien aparta a dos niños que se disputan un juguete roto, con esa calma de quien ha ganado mil batallas sin perder la sonrisa.

—Se acabó la fiesta. Cada uno a su rincón y no me hagáis enfadar —murmuró con su voz profunda.

Togliatti se sacudió el polvo de la solapa y De Gasperi recuperó la compostura; ambos siguieron caminos separados, avergonzados bajo la mirada del gigante. En el Verano, las ideologías pesaban menos que las losas y era mejor comportarse con la misma educación que en vida: nada de política, deportes o religión. Habían perdido del todo su trascendencia.

Porque sí, el Verano en Roma no es solo una estación como la primavera o el otoño. El Verano es un cementerio. Es la ciudad de los que ya no tienen prisa, un laberinto de mármol y silencio donde el tiempo no se mide en minutos, sino en legados.

Mientras el grupo regresaba lentamente a sus plazas, la melodía de Rota volvió a flotar en el aire, esta vez con la elegancia de su partitura para La fierecilla domada; era el sonido perfecto para amansar a los que aún conservaban vestigios de su antigua furia. En el camino de regreso se toparon con una joven que no participaba en las disputas dialécticas. Era la primera habitante, llegada en 1812, cuando el Verano aún conservaba el olor a campo abierto y las leyes de los hombres acababan de decidir que los muros de las iglesias ya no bastaban para contener la memoria. Ella era la verdadera anfitriona del lugar. Ante ella, incluso Volterra interrumpía sus cálculos y Paratore bajaba la voz, reconociendo en esa figura silenciosa la piedra fundacional de su comunidad. Ella no necesitaba haber escrito libros ni compuesto himnos; le bastaba con haber sido la primera en aprender que en aquel rincón de Roma, el tiempo no era una línea, sino un círculo que siempre volvía al mismo viernes.

Por la avenida principal se intuía la figura de Goffredo Mameli, habitante desde que el tiempo dejó de contar para los valientes que defendían Roma con su propia vida en 1849. Mameli, ajeno a gritos, contiendas y lecciones, buscaba a la joven. No para hablarle de batallas o susurrarle al oído la letra de Il Canto degli Italiani. Quería ofrecerle el brazo mientras las notas de Arrivederci Roma se fundían con el eco de un piano más ligero y juguetón que el de Rota. El músico era Renato Rascel, habitante desde 1991, que desde su rincón lanzaba al aire los primeros compases de un swing romano. Solo él era capaz de transformar la avenida principal en una pista de baile improvisada donde el siglo XIX y el XX se daban la mano. Bajo la mirada atenta de los sabios, el joven soldado y la primera anfitriona comenzaron a girar lentamente, ajenos a la historia que otros se empeñaban en escribir sobre sus lápidas, moviéndose al ritmo de una Roma que, incluso en el Verano, nunca se cansa de festejar.

El viernes 13 estaba a punto de terminar y los turistas anglosajones ya estarían lejos, en sus hoteles, ignorando que se habían marchado justo cuando empezaba lo mejor. Porque en este rincón de Roma, cuando las puertas se cierran, la muerte se transforma en vida.

Tras los muros del Verano

Este relato se sale un poco de los que publico los viernes. Es mi particular homenaje, por este viernes 13, a algunas de las figuras que descansan en el Cementerio Monumental del Verano de Roma, un lugar donde la historia de Italia se funde con el silencio de sus avenidas, al menos por las noches, cuando no hay visitas turísticas. Desde la erudición del latinista Ettore Paratore hasta la genialidad musical de Nino Rota, el compositor galardonado con un Óscar por El Padrino II, pasando por la figura imponente y muy querida para mí de Carlo Pedersoli (Bud Spencer), el Verano es un laberinto de legados que sigue inspirando a quienes lo visitan sin prisa. Como explicaba el sabio profesor, la vida no es una línea recta, sino un círculo que, siempre nos devuelve al punto de partida. En este caso, al Verano en Roma.

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