Una de las aficiones de mi marido es fotografiar ventanas antiguas. Cuando vamos de excursión a algun pueblo, siempre termina fotografiando una ventana de una casa que está medio derrumbada, o de una iglesia. Le entusiasman. Algunas son fotos muy buenas y otras son muy tétricas, de las que producen cierto «yu-yu». No sé que es preferible, si las hechas desde dentro o desde fuera.
Las ventanas son posibilidades de mirar otras cosas. Son algo cotidiano, que damos por supuesto en la arquitectura y que, de acostumbrados que estamos, no valoramos. Desde dentro tienes una perspectiva y desde fuera otra bien distinta. Son posibilidades de abrirnos a otra realidad. Y cada una de ellas es distinta a las demás. Cada oportunidad ofrece una perspectiva. En nuestra vida cotidiana contamos con muchas ventanas. Abres el ordenador y el sistema operativo en la mayoría de los casos son ventanas. La televisión es otra ventana, con la comodidad de que la manejas con mando a distancia para elegir lo que quieres ver. El cine, el teatro son estupendas ventanas para descubrir realidades de pensamiento de otras personas. Nuestras casas siempre se buscan que sean exteriores, abiertas al mundo gracias a las ventanas. Y nosotros mismos tenemos en los sentidos las mejores ventanas para conocer el mundo. O para que nos conozcan.
Cuando escribimos o hablamos con otra persona, le estamos abriendo una ventana a nuestra alma, a lo que somos. Y es posible que haya reciprocidad. Al leer o al escuchar la otra persona también puede abrirnos la suya. No podemos saber las consecuencias de esa apertura. En el artículo de ayer, hay un comentario que me lo recordó. No controlamos las repercusiones de lo que compartimos. Sabemos como estamos por dentro pero no sabemos lo que nos encontraremos fuera. Es así con las ventanas físicas de los edificios. La primera vez que te asomas, conoces una realidad. Una realidad cambiante porque en la segunda vez, ni será el mismo momento, ni la misma gente con la que te encontrarás, ni tus circunstancias serán las mismas.
Mi abuela siempre nos esperaba en la ventana de su casa cuando ibamos a verla. Sentada, desde la cocina, veía pasar a la gente, los coches, los autobuses. Esperaba a que apareciéramos, bajando de un autobús, andando por la calle o aparcando el coche. Yo lo sabía, por lo que cuando me acercaba a su casa, siempre miraba hacia la ventana, esperando su mano saludándome. Y cuando me iba de su casa, siempre salía a la ventana a despedirme. Y allí se quedaba hasta que no me veía. Le encantaba hacerlo y, lo reconozco, a mi también. Es algo que echo de menos. Nunca hacía reproches por si tardábamos demasiado. Ni tenía algo mas importante que hacer que esperar a su nieta.
Estamos tan ensimismados en lo nuestro que no esperamos nada de fuera. Y si esperamos algo, queremos que sea ya. Nos impacienta la espera, el no saber. Nos aburrimos pronto de lo que nos queremos encontrar. O nos hacemos unas ilusiones que a veces no se corresponden con la realidad. Pasa siempre. Cuando vemos la tele y nos meten publicidad, hacemos zapping. Cuando hablamos con alguien y no nos da lo que esperamos, desgraciadamente, pasamos a otra cosa y lo etiquetamos como alguien a quien evitar en un momento determinado. Juzgamos pero al hacerlo nos perdemos muchas cosas que el otro nos puede ofrecer. Porque todos merecemos la pena, sin importar la fachada que tengamos.
Afortunadamente, la naturaleza es sabia y nos ha hecho con ventanas, para que no nos encerremos en nosotros mismos, queramos o no. Y nuestras casas, nuestras creaciones son reflejo de esas oportunidades que nos brindan nuestros sentidos. Tenemos la capacidad de asomarnos al mundo, con los sentidos o con la imaginación. No desaprovechemos las ventanas que se nos brindan. No perdamos la oportunidad de comunicar y de ver nuevos horizontes. Seguro que nos sorprendemos.
