Ayer me ocurrió una de esas anécdotas que te demuestra lo interesante que es vivir. Me ocurrió con la señora que viene a planchar y a limpiar en casa. Llegó compungida, triste, diciéndome que lo sentía mucho. Yo pensaba que iba a regresar a Bulgaria y que me tenía que buscar a otra. Pero no, nada más lejos de la realidad. Me explicó como pudo que no había dormido bien desde el jueves. Yo seguía sin entender qué le pasaba; pero parecía realmente importante. Logré entenderla que por ir deprisa había planchado un bañador de Dani con la plancha demasiado caliente y que las fibras se le habían pegado.
¿El bañador estaba mal?
Yo ni me había dado cuenta, lo había metido en la mochila del peque doblado para el lunes cuando fue a la piscina. Pero no tuvo piscina por un percance con la temperatura por lo que ni lo había sacado de la mochila. Mientras, tristemente, Elena se justificaba con gran pesar, yo saqué el bañador de la mochila y comprobé que la tela efectivamente se había quedado como cuando se pasa y se transluce… Pero… ¿no durmió desde el jueves por eso? Intenté calmarla diciendo que no pasaba nada y que no era un problema porque como Dani no había tenido natación no se había producido ninguna incidencia, ni nada por el estilo. Pero ella no para de decir que lo sentía muchísimo por el peque y que nunca le había pasado eso. Que se había recorrido todas las tiendas de deportes del pueblo buscando un bañador parecido. Le dije que no pasaba nada, que ojalá todos mis problemas fueran así de sencillos y que no se preocupara, que a mi no me había pasado porque es ella quien plancha; por lo que no tenía de qué preocuparse. Me costó un rato convencerla de que no pasaba nada. Se lo indiqué por activa y por pasiva. Al final me abrazó y conseguí que se calmara.
Ni que decir tiene que me fui y compré otro bañador igual por 3 € que, por supuesto, no voy a hacerle pagar. De paso aproveché y me compré un par de polares y me dio la excusa para no quedarme en casa, salir y airearme. Pero no dejo de plantearme cuántas veces hago una montaña de lo que realmente es una mota de polvo. Y me quedo sin dormir dándole vueltas una y otra vez por algo que ya pasó y que carece de importancia. Porque la mayoría de nuestros problemas son así de sencillos, aunque nos parezcan tremendos. No sé si es que nos han enseñado así y nuestra mente no sabe pensar de otro modo.
Nos complicamos y nos amargamos la vida que es «una maravilla»
Hace unos días, por ejemplo, perdí los papeles de la cita del médico. Y casi me da una taquicardia por ello, revolví toda la casa, el coche y hasta la casa de mis padres. Hasta que me acordé donde estaban. ¿Eran tan importantes como para llevarme ese sofoco? No, si no los hubiera encontrado, con llamar a la consulta habría bastado… pero yo hice un mundo. Y no tuve la suerte que tuvo ayer Elena que alguien me parara. Seguí poniéndome más y más nerviosa hasta que de pura chiripa los encontré. ¿Merecía la pena? No. Denota que no me encuentro bien y que mi cerebro está enfermo… porque no es normal lo que monté por unos papeles. Sé que ahora me altero con facilidad; pero intento no escandalizarme por ello. Me ocurre y estoy en tratamiento por ello, y hago terapia para reconstruir y «reconducir» el pensamiento. Y no pasa nada.
En este mundo nos justificamos demasiado. Damos explicaciones sin que nos las pidan. Y eso nos hace estar en tensión, como buscando la aprobación de los demás. Si algo estoy aprendiendo es que la aprobación de los demás no sirve de nada si antes no está mi propia aprobación. Y para ello tengo que aprovechar el «derecho a ser egoísta». Ya, ya sé que éso parece no cuadrar con lo que nos han dicho siempre. Pues cuadra perfectamente. Y si no cuadra, a veces da igual. Tienes derecho a ser egoísta, a pensar en tí… para bien. A veces es necesario hacerlo. Buscar lo que necesitas, lo que te apetece y no darle más vueltas. Porque si no lo haces, más que vivir, te dejas vivir. Es posible que eso que te parece egoísta, no lo sea. Un ejemplo: tiempo para ti. ¿Quién tiene tiempo para sí mismo? Parece como si el tenerlo fuera egoísta y lo mejor fuera estar siempre haciendo cosas. Pues no. Si algo he aprendido en la terapia es que es necesario el tiempo para mi, para ocuparme de mi misma, antes de ser esposa, madre, hija…. soy yo y necesito mi tiempo. Y el que no lo entienda, pues que me disculpe pero lo necesito. Seguramente, de ese tiempo para mí saldré con mas ganas de estar con mi hijo, con mi marido, con los que me rodean y podré dar más de mi. Pero, necesito ese tiempo donde lo importante soy yo. El centro de mi vida soy yo y los demás son como jugadores de un equipo. Yo soy como el entrenador y quien decide quien está en el campo y quien en el banquillo. Porque es mi vida y las riendas las llevo yo.
Antes de ayer, le pedí a mi marido que me definiera en tres palabras. Como ya me conoce se lo tomó en serio. Necesitaba verme a través de sus ojos. Me llamó la atención que dijera que soy «entregada», es decir que cuando me pongo con una cosa, con un proyecto lo doy todo, me entrego por completo. Quizá por eso me pego los batacazos que me doy y tengo esas crisis de confianza. No lo sé; pero la verdad es que no quiero cambiar, porque a pesar de toco, creo que así se saca todo el jugo a la vida. Me puedo llevar decepciones, insatisfacciones… pero también grandes alegrías. Tengo que aprender a ser más selectiva; pero no creo que sea tan malo, apostar hasta el final por algo. Mi corazón es humano.
