Hace unos días, quizá por esto de estar de baja, me dediqué a leer las frases de los contactos del messenger y del facebook. Y hubo una de ellas que me llamó la atención. Venía a decir que la soledad es lo que sucede cuando estás rodeada de gente pero no estás con quién quieres estar. Me pregunto si las ciudades en las que vivimos se están convirtiendo cada vez más en una ingente cantidad de almas solitarias unas al lado de las otras, sin lazos de humanidad, en sociedades desierto, donde cada uno de nosotros vivimos en nuestra burbuja… como esas bolas de plástico de los hámster. No me extraña que haya gente que no crea en la amistad.
Es difícil. La vida tiene tantos caminos que eso de amigos para toda la vida es algo cada día más increíble, basta un par de mudanzas, un cambio de agenda o de móvil, perder el teléfono y esa amistad del alma pasa a ser simple conocimiento en el recuerdo, lejano como el saber del algodón de azúcar de la feria. Seguramente quien no se ha movido nunca de la zona donde siempre ha vivido no sabe de lo que hablo. En mi caso, mis amigos de la infancia se fueron quedando en las paulatinas mudanzas que mis padres fueron haciendo.
¿Quién sabe qué será de Marujita, de Pablo, de Mario… los gemelos que pocos podían diferenciar, de Rubén y su perro…? Mis amigos de preescolar, de Moratalaz, o de los de Aluche, del cole, o de los del Instituto… La vida da tantas vueltas, que a veces te mareas y el camino mejor para tí, puede que te separe de tus compañeros de camino. Quizá por eso tengo claro que mis raices no están en un lugar, sino en personas. Y no tanto en las personas que estuvieron, sino en las que están ahora compartiendo mi vida.
Las que estuvieron, pueden volver y me alegraré cuando las vea, pero si no vuelven a cruzarse, prefiero recordar lo bueno vivido, lo bueno aprendido, lo bueno compartido… ahora mis raíces están en el hoy. Porque si no fuera así, me pasaría la vida intentando cuadrar horarios, atacada de los nervios, echando de menos y con una nostalgia tremenda por aquello que fue y ya no puede ser. No, prefiero aprovechar el hoy, vivir lo que se ofrece ahora, el regalo del hoy, sabiendo que los amigos que tuve, pueden volver a cruzarse, quizá sí, quizá no, pero agradezco la oportunidad y lo que me ofrecieron cada uno de ellos. Ahora hay otras personas en mi vida. Hay otras metas, otros proyectos, otras responsabilidades. Otro tipo de amistades. Puede que no les vea en meses, pero sé de su vida por las redes «internautas». Conozco a otras personas a las que no habría llegado nunca sin el blog, sin el facebook…
¿Hay momentos de soledad? Sí. Mentiría si dijera que no. Pero a veces son momentos buscados. En los que necesito estar conmigo misma para ver por dónde voy. Hacer silencio y «repasar la contabilidad interior». Mirar el paisaje interior, haciendo caso a la exposición de Las Edades del Hombre de Soria. Sólo desde la soledad se puede hacer eso. Descubrir la propia soledad para después colaborar entre todos con la edificación de un mundo mejor. Viendo las limitaciones personales. La soledad no es un fin, pues podría convertirse en una enfermedad, llenándonos de manías, de rarezas y hasta de enfermedades. Quién lo sabe.
También hay soledad impuesta, que hay que enfrentar lo mejor que se pueda y que se sepa. No es sencillo. Lo sé. Pero… cuanto más peleas contra la soledad… a veces… parece más y más grande y que te engulle. La vida nos demuestra que tarde o temprano las personas se cruzan en nuestro camino, por lo que es preferible aprovechar los momentos de soledad y tener calma. De todo se puede sacar provecho, si estamos atentos a las señales, a lo que se nos quiere decir. Por no hablar de que, realmente, no estamos solos. Nos acompañan en el corazón todas las personas que nos amaron y que nos aman. Es una soledad, si se me permite decirlo, compartida en la distancia, cargada de recuerdos… aunque no nos demos cuenta y nos gustase tener presencia física a nuestro lado. Todo a su tiempo.
