Nadie se fijaba en ella. Venía en el mismo lote que el mostrador y la caja registradora. Es lo único que, los antiguos propietarios del local, dejaron tras el embargo del banco por impago. La crisis había hecho estragos, más allá de los dos años que según los políticos de turno iba a durar. ¿Qué pintaba en una tienda de ropa un trasto como aquel? Bueno, pintar, lo que se dice pintar, nada. Era una vieja máquina de escribir, no un pincel en una lata de refresco oxidada. Eso pegaba más en una tienda de ropa vintage como decían ellos. Para los demás era ropa vieja. Les haría gracia, serviría de atrezo en el escaparate. ¡Vete tú a saber!
El anticuario de enfrente quiso hacerse con ella por cuatro perras desde el momento en que la vio. Le dijo que no. Solo la caja del embalaje costaba más que lo que le ofreció. Y encima tenía que limpiarla antes de venderla. No, había decidido que la máquina se quedaba allí. Pegaba mucho con su nuevo proyecto. Quería montar una tienda de libros de segunda mano. Su trastero estaba lleno de cajas de colecciones de familiares difuntos. Nunca había podido decir que no a las buenas historias. Al principio, intentó regalar los repetidos en las bibliotecas públicas. No se los cogieron porque si lo hacían, perderían la subvención del ministerio para renovar el catálogo. Le parecía una infamia vender libros al peso y por ello su piso se fue llenando de cajas, de estanterías, del olor a libros viejos. Su última pareja le dio un ultimátum: O los libros o yo. Contuvo la carcajada hasta que le vio cruzar la puerta. ¿Cómo se le había ocurrido darle a elegir? Si el amor chantajea, no es amor.
Allí estaba, un lunes de septiembre a las siete de la mañana en su nuevo local, con su mostrador, una caja registradora, un montón de cajas con libros descatalogados, estanterías por montar y una máquina de escribir. Había decidido que serviría para el escaparate. Puesta en una vieja mesa de coser, con un butacón de cuero desgastado y una lámpara. Imagen romántica de la vida de los escritores. Sin cenicero ni botella de whisky.
Lo primero era limpiarla a conciencia, en los ratos de descanso. Quitarle el polvo acumulado por años de desidia, engrasar el mecanismo, comprobar la cinta. Hasta le puso dos folios con el calco entre ellos. El antiguo método de copiar textos. Ahí descubrió que algo no iba bien. El teclado no era el español estándar. No había “ñ”. La alarma del móvil le recordó que debía volver a las estanterías. Cuanto más retrasara la apertura al público, más tardaría en sacar provecho de la inversión. Hubiera preferido hacer un lugar de intercambio de libros, pero eso no da para pagar las facturas y comer. Él también tenía el vicio de estar vivo.
Llegó a casa con una caja de pizza fría y una botella con agua del grifo. En la nevera había un par de arañas, protagonistas de una discusión en un juego de mesa. Sí, arañas era algo que podías encontrar en un frigorífico. ¿Podía hacer que su librería Nueva Vida tuviera un lugar para antiguos juegos? Las tardes sin pantallas y entre amigos tenían un encanto especial. Debía concentrarse. Demasiadas ideas. Se acostó en el sofá. La cama se la llevó su ex en venganza por quedarse con los libros. Se tapó con una jarapa comprada en Almería cuando aún eran felices y mirando la foto de la máquina de escribir se durmió.
En el silencio del local, la máquina de escribir comenzó a teclear sin ruido ni papel. Era su forma de recordar. No escribía en español. Su primer idioma fue el inglés. Redactaba un contrato de compra venta de un inmueble. Estaba en el escritorio de un despacho de abogados. Le gustaba aquella mesa de roble, robusta, y el olor del quinqué. La secretaria se quejaba de su meñique y el mozo engrasaba sus teclas con cuidado. Por la ventana se podía ver a los transeúntes correr por las calles del Temple. Los zepelines de la nación que la había creado a principios del siglo XX, bombardeaban Londres. Fue su último trabajo antes de ir a parar a una caja de madera.
Cuando volvió a ver la luz, se encontró en un oscuro habitáculo. Su nuevo dueño era francés. Al menos escribía en ese idioma. No entendía mucho, pero tanto borrón no era buena señal. La cinta que utilizaba para plasmar sus pensamientos era de mala calidad, las teclas sufrían a la hora de dejar su impresión en las cuartillas. Tenía las manos llenas de grasa. Sus gordos dedos desgastaban sus teclas en la vorágine de crear su primera novela. Hasta para ser una máquina hay que tener suerte. Fumaba y la ceniza se colaba por los huecos de su mecanismo. Era una historia de desamor, con mal inicio, pésimo argumento y fatal desenlace. Perdió la cuenta de las cartas que escribió para las editoriales. Todas la rechazaron. Lo último que escribió fue su nota de suicidio. Una mujer de mediana edad, con lágrimas, la metió de nuevo en la caja.
Su tercer destino fue muy cerca de donde ensamblaron sus piezas. Volvía a escribir en alemán. El cuarto donde la instalaron era de piedra. Hacía frío y era un soldado quien se sentaba en el escritorio. Modificaron su teclado para que en su número 3, al pulsarlo con la mayúscula, apareciera una doble “S”. Nombres y más nombres, extraños, difíciles de pronunciar. Lo único que podía entender era el destino de todos esos nombres: Auschwitz. Perdió la cuenta de los folios que rellenó a dos columnas con espacio simple. ¿Todos esos nombres eran personas? Cuando las bombas cayeron, volvió a la caja.
Volvió el inglés y trucaron de nuevo el mecanismo. Primero estuvo en una sinagoga, y después en la cabina de la prensa de un estadio de beisbol. Las crónicas deportivas eran mucho más entretenidas que los sermones del rabino. Le gustaba la pasión con el que los americanos pulsaban sus teclas, entre perritos calientes y refrescos de soda. Alguna noche, la compañía del whisky la embriagó para una carta de amor y escribió más de una novela, cuya acción la mantuvo en vilo más de una noche.
Fue la etapa que más duró. La reemplazaron por una portátil que cabía en su propio maletín. Costaba demasiado moverla de un lado a otro. Una pena, porque le gustaba las caricias, el perseguir las ideas en el folio en blanco. Su armatoste pesaba demasiado para los tiempos modernos. Acabó en un almacén de California con otras como ella. De allí a un plató de televisión donde una anciana resolvía crímenes con una vieja máquina de escribir. Solo enfocaban el teclado. Quitaron piezas para arreglar las rotas. Pero el suyo estaba amarillo por el uso. No valía como piezas de repuesto. Se decidieron a deshacerse de ella. Volvió al silencio del olvido.
Terminó en un trastero que compró un anticuario. Nadia escribía con una máquina tan grande teniendo un ordenador portátil. El papel era cosa del pasado. El tiempo en la caja le impidió ver donde estuvo acumulando polvo. Supo que estaba en Madeira porque su nuevo dueño escribía en portugués. Y reescribía con pluma estilográfica. Fue él quien la vendió a unos turistas que la llevaron al escaparate de su tienda de ropa en una campaña de uniformes escolares.
El silencio se apoderó de la máquina de escribir. El reloj de pared dio siete campanadas. En breve aparecería su nuevo dueño. No era escritor pero tenía muchos libros viejos. Algunos habían visto la luz gracias a sus teclas. Nadie lo sabría jamás. No haría crónicas periodísticas con ella, aunque la sensación de volver a tener folios, de pulsar sus círculos desgastados la hizo rejuvenecer. Aun tenía mucho que contar, aunque fuera a través de un cristal en una antigua mesa de coser. Ojalá algún día entrara alguien que quisiera escuchar sus historias.
