Saber esperar

Otro día malo, otro día sin escribir. En fin, hay que aceptarlo, escribir con nauseas es realmente complicado y eso no va a quitarme la sonrisa de la cara. Lo importante al final es saber esperar a que lo malo pase y a que lo bueno regrese. Mientras escucho a Ricardo Arjona y su canción «Minutos» pienso en la cantidad de veces que no he dejado pasar oportunidades por no saber esperar la mejor. Si esperamos a que todas las circunstancias sean favorables, me temo que no haremos nada. Pero al mismo tiempo, hay que saber mirar un poco mas allá. Es como cuando montas en cercanías o en el metro. Si es la primera vez que estás en la estación, no sabes dónde colocarte, y cuando llega el tren, siempre te toca andar hasta las puertas. Cuando la estación es conocida, prácticamente sabes en qué baldosa se detiene el tren y dejas que pasen puertas, porque en donde tu estás parará una.

Pienso que nos pierde la prisa en muchas ocasiones y eso lo único que nos lleva es a darnos batacazos. Y la prisa, lo mínimo que te quita son puntos del carnet de conducir. Una cosa es ser previsor y otra es acelerado. Si queremos llegar a la meta sin pasar las etapas, puede que lleguemos pero no aprenderemos nada. En la vida, las reglas son sencillas. Vivir es andar sin perderte ni un paso. Seguir, aunque las fuerzas se acaben. Parece contradictorio; pero se puede vivir por inercia o se puede vivir andando y sabiendo esperar. Al final, todos vamos a llegar al mismo sitio. ¿Y qué es mas valioso morir con una fortuna en el banco o morir dejando el recuerdo de uno en muchas personas?. La verdad es que preferiría morir con la certeza de que mi vida ha valido la pena, que lo que pude hacer bien lo hice más o menos, a morirme asustada por el qué pasará con mi cuenta bancaria. Y esto no significa que me quiera morir pronto, para nada, que esta vida merece la pena ser vivida.

Recuerdo mis años de estudiante, en los que parecía que no había tiempo para nada. Me sentía a veces como un caballo al que sujetan las riendas de una loca carrera. Siempre con prisas, haciendo cosas y siempre con falta de tiempo. Intentando sacarle el jugo a todas las horas. Hasta que descubrí el lenguaje del silencio, la quietud activa y productiva. Veía a mis compañeros, sólo querían entrar en el examen, aprobar y olvidar esa teoría, que poco tenía que ver con la realidad. Muchos ya estaban buscando prácticas, siendo becarios, llegaban a clase y poco mas que se dormían, si es que iban. La verdad es que no sé que será de sus vidas, supongo que tendrán jornadas de 14 horas, corriendo detrás de algún famoso y pensando que alguien les engañó. Es difícil saber esperar cuando se es joven. Y no digo con esto que yo sea una venerable anciana, que sólo tengo 30. Yo también cometí errores, y puse la moto a muchas mas revoluciones de las permitidas. Pero, echando la vista atrás, me doy cuenta de que se le podía haber sacado mas y por mas tiempo. Que el Carpe Diem es un objetivo interesante si te das cuenta de que el presente es para vivirlo, no para acelerarlo.

No voy a dar clases de moral, de esas que siempre terminan en «NO». Pero el juego del aquí y ahora, cuanto más mejor, siento decir que lo único que permite es que, cuando paras, descubres el vacío. Te lleva irremediablemente al ¿todo ésto para qué?. ¿De qué sirve todo esto?. Y tener el temor de escuchar «la verdad es que no sirve de nada». Aferrarnos al pasado no sirve de nada, salvo para llevar un fardo. Lamentar una oportunidad perdida sólo sirve para que no veamos la siguiente. Echar de menos conversaciones que no se tuvieron, es perder el tiempo de tener otras mas interesantes. Me pasó con la muerte de mi abuela. Me di cuenta de que las últimas conversaciones que tuvimos fueron broncas, no recuerdo la última vez que le dije que la quería. Y se marchó sin que pudiera decírselo. Tuve una temporada en que iba al cementerio día si y día no. Para contarle como iban las cosas con el que por aquel entonces era mi novio, contarle los preparativos de la boda y decirle lo mal que me sentía porque ya no estaba con nosotros. Le llevaba flores, cuando en vida creo que no lo hice ni una vez. Todo eso me ayudó a ser consciente de lo que tenía. A no esperar que se dieran todas las circunstancias. Soy creyente y ese palo me ayudó a darme cuenta de que ahora estará con mi abuelo, cuidándonos desde donde esté. Saber que estará contenta porque me casé y esperamos un bebé. Eso no quita que cuando me acuerdo de ella, aparezca una lagrimilla en mis ojos, el relámpago gris del que hablaba Martin Descalzo.

La mejor lección que me ha dado la vida es que hay que saber esperar. Las cosas materiales tarde o temprano se rompen, se devalúan y no sirven. Los «números 1» son posiciones efímeras, el tiempo pasa y sólo lo auténtico perdura. Y lo auténtico tarda, cada uno tenemos algo que nos diferencia del resto. Algo que nos hace únicos e irrepetibles. Puedes haberte preguntado alguna vez ¿qué hubiese pasado si… no hubiera conocido a tal persona o no hubiera ido a tal sitio, o si hubiera hecho tal cosa?. La verdad es que no serías tú, sin ese pasado y sin este presente. Lo importante es saber si valoraste ese momento y sobre todo éste, que es el que te toca vivir. Con las circunstancias que estés viviendo, sean buenas o malas. Ahora puedes saborear lo que eres, vivir lo que esperas, mientras esperas. Parece un juego de palabras, la verdad es que no sé explicarme mejor. El azar, estar en el momento justo en el sitio indicado y el trabajo constante es lo que ha permitido a la ciencia avanzar. Eso y la paciencia de los científicos, su intuición de que van bien por donde van, aunque no lo parezca.

Hay que saber esperar, aprovechando el presente, no pelear con las circunstancias, sino llevarlas a nuestro terreno, arrimar el ascua a nuestra sardina. Que de todo se puede aprender, incluso de la debilidad corporal que te impide hacer lo que quieres.