Por si acaso

No hay nada peor que desmontar la casa de los abuelos cuando fallecen. Lo que era un lugar de recuerdos, de buenos momentos, se convierte en un contenedor de trastos. Algunos familiares se lanzan como aves de rapiña en busca de un trofeo, disfrazado de sentimentalismo, como si las cosas en realidad revivieran a las personas. Era la cuarta vez que Agustín lo vivía en sus propias carnes. Los abuelos de Julia habían fallecido durante el tiempo que estuvieron juntos. Y lo pasó mal, tanto que allí empezó la discusión que terminaría en los juzgados. Movió la cabeza para no pensar en ello mientras levantaba el pie del acelerador de su Mazda 3, lo único con lo que se quedó tras 14 años de convivencia.

La casa del abuelo estaba en una aldea perdida de la mano de Dios. Don Braulio, que en su tiempo fue el alcalde, se había negado a abandonarla cuando murió doña Mercedes. Por mucho que le insistió su hijo, quería morir en su pueblo. Solo fue a la capital para la incineración del padre de Agustín. Nadie debería enterrar a su descendencia. Eso le volvió más huraño y más maniático, si es que puede serlo más un anciano que ve el final de la vida a la vuelta de la esquina. 

Las exequias de don Braulio fueron breves, solo asistieron diez personas al sepelio. El padre Matías, que hacía las veces de albacea, le entregó las llaves de la casa familiar a Agustín y se marchó. Tenía un par de entierros más. La vida de los curas rurales era estar siempre en carretera, de aquí a allá. 

Hacía raro ver un coche tan moderno en una calle empedrada, anclada en el siglo XIX. La puerta crujió, como si se negara a ser desvalijada. Puri, la más joven del pueblo que ejercía de enfermera, veterinaria, camarera y visitadora de ancianos, ya había comenzado a meter todo en cajas. Agustín no sabía si se había llevado algo ya. Se lo había ganado tras años de acompañar al quisquilloso anciano.

La boina y el bastón seguían en la entrada. La casa olía a tabaco y colonia de viejo. No era el olor que recordaba. Tampoco es que hubiera estado mucho tiempo allí, pero las casas de los abuelos huelen a comida rica y a productos de limpieza. Agustín se encaminó al dormitorio, sin tener muy claro si restaurar antes de venderla o dejarle el marrón al nuevo propietario. Desde sus ojos de arquitecto veía mucho potencial, sin embargo, estando tan lejos de los servicios públicos, no valía el esfuerzo. ¿Quién iba a querer vivir allí?

Tras abrir las ventanas, bajó al sótano. Allí se encontró una caja grande, como si fuera de un electrodoméstico. Estaba muy bien cerrada con cinta de carrocero. La abuela Mercedes había escrito en ella “Por si acaso”. ¿Qué contendría? Era muy pesada, imposible moverla entre dos. 

Subió al salón y le envió un WhatsApp a Puri. En el sótano no había cobertura. Ella también había visto la caja, pero no se atrevió a abrirla. Cuando terminara de dar de comer a los del centro de día intentaría pasarse. Un escalofrío le recordó que tenía que cerrar las ventanas. El invierno hacía tiempo que se había instalado a los pies del Moncayo.

Agustín volvió al sótano después de coger el forro polar y dejar el macuto en la habitación que fue de su padre. También estiró su saco de dormir en la cama. Estaría en el pueblo unos cuantos días. Al menos eso le dijo a su socio en el estudio cuando se fue.

Todo lo que había en la casa era suyo. Era el único heredero. Sin embargo, se sintió como invadiendo la intimidad de sus abuelos al quitar las cintas para abrir la caja. ¡Por una que estaba hecha!

Un timbrazo en la puerta casi hace que el corazón se saliera del pecho. El repartidor le pidió su nombre y su DNI sin mirarle a los ojos. Tenía prisa. Retiró el envoltorio mientras cerraba la puerta. ¿Su abuelo compraba por internet? No había ordenadores en la casa. ¿Un VHS? Ahora sí que no entendía nada.

El rugido de su estómago le recordó que no había comido. En la cocina parecía que la abuela siguiera viva tras siete años de su fallecimiento. La vela roja seguía encendida en el fregadero desde la muerte de su padre, la tetera con manzanilla cerca del fuego de leña y las piezas de la matanza, chorizo y salchichón, colgados de una gran viga de madera. Hasta el cojín de punto seguía en una silla. Todo estaba limpio, impecable. Se cortó un poco de queso. No había pan para acompañar. 

Volvió al salón y descubrió el hueco debajo de la televisión. No era una equivocación. Al lado del hueco, había un montón de vídeos VHS. ¿Películas, partidos de fútbol? Puso una cinta. Era uno de los festivales de Navidad de cuando era pequeño. ¿Quién le había dado eso a su abuelo? En la segunda apareció Agustín vestido de comunión. Lo recordaba perfectamente. Los abuelos no fueron. Supo los motivos tiempo después. Su madre no quería que aquellos paletos fastidiaran la fiesta. Había cosas de ella que jamás entendería. Desde ese momento, sus visitas se fueron alargando.

La caja de “Por si acaso” seguía esperándole en el sótano. 

Otro timbrazo. Se oía por toda la casa con o sin sonotone. Eran los vecinos de los abuelos. ¿Venían a hacerle un funeral? No recordaba las costumbres de los pueblos. Sin embargo la visita no era por eso. Querían asegurarse de que estaría bien entre tantos recuerdos. 

La nevera se llenó para varias semanas. Lo mejor fue la leña. No tendría que preocuparse en toda la noche. La gran chimenea calentaba toda la casa. La lumbre de la cocina, el termo del agua para ducharse. 

A las ocho, tras una tortilla de patatas de doña Manuela y medio litro de agua, bajó al sótano. Allí estaba esperándole la caja. Ahora sí que pudo abrirla y sacar pieza a pieza su contenido. Un cinexin en su caja original con varias películas, una cuna de hierro desmontada, un balancín de madera, cuentos de Disney, cómics de Superlópez, libros de Julio Verne y de Stevenson, peonzas, canicas, rotuladores y pinturas, balones de reglamento, un cubo de soldaditos de plástico, coches en miniatura, motos de juguete, un ordenador de los antiguos, cartuchos de juegos… ¿De quién eran todas esas cosas? 

Un sobre cerrado se deslizó de uno de los libros. Lo abrió. Era la letra de la abuela, la reconocía de los que recibía en su cumpleaños. 

Querido Agustín, 

Aqui tienes los juguetes que te esperaban en el pueblo por si acaso venías. Estaba convencida de que lo harías tarde o temprano. Te lo habrías pasado mejor con ellos que con dos viejos. Cuando eras pequeño no te trajeron mucho y después, no había nada en el pueblo para ti. Lo sé, hace tiempo que lo entendí. A pesar de ello, cada cumpleaños, cada Navidad, íbamos a los almacenes y te comprábamos lo que tanto pedían los nietos de los demás. Tu abuelo protestaba por el gasto, como siempre, pero comprarlos pensando en la cara de sorpresa que pondrías o lo que disfrutarías con ellos corriendo por el pueblo, me encantaba, te hacía más presente en nuestras vidas. Regalar dinero siempre me pareció frío y cómodo, aunque hiciera caso a tu padre y te lo mandara.

Sé que serás mayor para utilizarlos pero quien sabe, por si acaso.

Tu abuela que te quiere,

Mercedes”.