Deseos de cosas imposibles

Martes, 18 de noviembre de 2025. Si no recuerdo mal, el título de hoy es también una canción. Me suena que es así. A veces, más de lo que nos gusta reconocer, esperamos y anhelamos cosas imposibles. Cada uno pone su nivel de «imposibilidad» donde le apetece. Por ejemplo, para los creyentes, tener un diálogo con Dios y que conteste con nitidez es factible aunque complicado. Para los no creyentes es un imposible Hacer un curso, de lo que sea, y que cumpla o supere nuestras expectativas también parece que es algo imposible. ¿Por qué? Porque en nuestra cabeza, lo queramos o no, siempre esperamos algo perfecto. Y, siendo humanos, no es así. Podemos, por supuesto, ir con 0 expectativas, no esperar nada. Pero no sé si me lo puedo llegar a creer. El ser humano por esencia es un ser que espera. Desde los inicios de la especie, siempre esperamos algo. Quizá porque nuestra vida es una espera, un camino hacia desaparecer y anhelamos que nuestro tiempo deje poso, alguien nos recuerde por algo. Vamos cumpliendo etapas y en la cabeza se instala una pregunta. Quizá ya la has adivinado. Te la digo por si acaso: Y ahora ¿qué?

Descubres un curso, un libro, algo que te atrae la atención y por qué no decirlo, la imaginación. Decides comenzarlo. ¿Y? Descubres las cosas imposibles. Circunstancias externas e internas. A mi me puede gustar mucho la naturaleza pero no por eso puedo hacer un curso nivel experto de física cuántica. Es muy posible que no me entere de nada y que me mueva entre el aburrimiento y la frustración. Te dejas llevar por las opiniones de los demás, todos dicen que tal o cual libro, película o restaurante es una maravilla. ¿Qué ocurre? Vas y para tí no es para tanto. Cuantas más altas son las expectativas, mayor es la caída. A mi me ha ocurrido más de una vez. Ir a un curso de escritura o de cualquier otra materia y pensar ¿Por esto he dejado mi tiempo, mi comodidad, mi dinero? No siempre compensa. Hace poco, me ofrecieron un curso de edición. Por 5 horas teóricas, tenía que emplear 3 horas en desplazamiento. ¿Compensa? Por mucho que a otros les encante los presenciales, para mí no, no me compensa. En tiempos de internet sigo sin entender esa manía. Se entiende si hay subvenciones públicas de por medio en las que uno de los requisitos es llenar un aula, fichar, pero en aprendizaje de conocimientos, puedo sumergirme en las maravillosas fórmulas de Excel (modo irónico activado) en casa sin tener que tirar a la basura 60 minutos en transporte público. No hace falta decir que no me apunté al curso que me ofrecieron ¿verdad?

Además hay otra cosa. Hay mil cursos (o más) muy interesantes. Lees la oferta y dices «wow, me interesa la temática y además lo da Fulanito que es un experto». Te apuntas. Quieres aprender, cuadra en tus horarios… y te encuentras a los «fans del minuto de gloria». Son fáciles de reconocer, los primeros aduladores en el turno de preguntas. Una mezcla entre peloteo y algodón de azúcar. Puro postureo. Tanto que te preguntas si al ponente le gustará que le pongan una estantería dedicada solo a imágenes suyas. Y sí, internamente, deseas el imposible de que se callen. No lo obtendrás, requieren su minuto de gloria, la caricia del ponente, del líder de la secta. Hace un tiempo que cuanto más observo las escuelas de crecimiento personal, más me recuerdan a una secta. Quizá es que estoy en otra etapa de la vida, he llegado a mi cupo de aprendizaje o de interés, pero observo y no puedo remediar pensar en ello. No creo que lo espiritual esté reñido con lo material, pero sí que se puede perder el foco hasta el punto de querer tener un Rolls Royce diferente para cada día del año.

Parece que se ha puesto de moda, quizá por la New Age o algo así, llenar el vacío existencial con lo que sea. Y es curioso, porque el vacío existencial nada de fuera lo va a llenar. Implica un trabajo interior en solitario. No hay recetas mágicas. Siento decirlo con tanta claridad: el gurú de turno no tiene la respuesta para tu vida. Puede que tenga para la suya, no para la tuya. No requieres hacer una marcha de 20 kilómetros monte a través, dormir al raso entre las raíces de un árbol, danzar alrededor del fuego hasta quedar exhausto y cualquier cosas que se les ocurra. Eso cansa el cuerpo. Puedes viajar hasta la India y bañarte en el Ganges si te apetece. Comer lechuga o lo que sea. Todo eso es secundario. Nada te va a llenar el vacío que llevas dentro. Ni esas experiencias pseudomísticas, ni las del lado opuesto en el consumismo puro y duro, comprar sin limite, atiborrarte a comida o pollo satai en Bali.

¿Quieres transformar tu vida? No requieres de cursos costosos, ni cosas raras. Si quieres que los demás te presten atención, entonces sí. Haz esos cursos y cualquier otra cosa que se te ocurra. Pero si lo que quieres es que tu vida sea diferente, entra en tu habitación, cierra la puerta y observa tu vida sin autoengaños. ¿Da miedo? La soledad asusta porque te quedas sin escudos. Por eso hay tanto ruido a nuestro alrededor, tantas cortinas de humo. Llenamos los días con mil cosas para no hacerlo. Al final lo que es sencillo se torna en un deseo de algo imposible. Somos expertos en el escapismo para no estar en lo nuestro. Recuerdo que en las clases de filosofía del instituto, si no recuerdo mal cuando dábamos a Marx, nos insistían en que los obreros no se hacían las grandes preguntas existenciales (¿quién soy yo?) porque estaban muy ocupados en las preguntas vitales concretas: ¿Qué comeré hoy?, ¿Dónde dormiré? Plantearlas en la vida ordinaria es un deseo de cosas imposibles.

Lo curioso es que más tarde o más temprano nos damos de bruces con las preguntas existenciales. Se pueden acallar, pero no se marchan. Y puedes llenarlas con todo lo que se te ocurra, acercarte a otras creencias, tomar sustancias psicotrópicas, tener experiencias de alto impacto… Hagas lo que hagas no van a desaparecer. La respuesta es tuya y de nadie más.

¿Qué es lo que quiero que te lleves de este artículo? Las cosas imposibles son así porque tú quieres que lo sean. Nos complicamos la vida en la mente con las expectativas y el qué será. Proyectamos mil, dos mil, diez mil posibilidades para que sea mejor no hacer nada. Decimos «sí» o «no» y requerimos justificarnos, pensar en diálogos que pueden no producirse jamás. Nos llenamos de cosas y de tareas pendientes para no estar solos y en silencio con nosotros mismos sin nada más que hacer. Lo curioso es que, lo imposible se desvanece una vez que abrazamos la soledad y el silencio. Lo que más miedo nos da es lo que más requerimos para ser nosotros mismos. Si quieres escuchar a Dios, escucha, mantente en silencio, dale su lugar, ocupa el tuyo y no te pongas en modo víctima. Abrete a esa experiencia, aunque tengas que deshacerte de tu propio concepto de Dios.

Si te resuena y te atreves, te leo en comentarios. Que pases una fantástica semana y recuerda, tenemos una cita literaria el viernes.

Cris