Periplo vacacional

Ya hemos vuelto de nuestras vacaciones galleguiñas. Impresionante. De verdad, puedo recomendar el sitio donde hemos estado. Hemos disfrutado de unos días en un enclave muy poco explotado turísticamente. Imaginaos una tienda de recuerdos en 70 kms a la redonda. Creo que con eso digo todo. Iré poco a poco para que no se me olvide nada de estos días tan estupendos.Salimos el lunes 4 a los pocos minutos de publicar un post. Las últimas noticias antes de unos dias de silencio y desconexión. Intenté hacerlo con mi ordenador; pero quién sabe por qué decidió el windows system perder el archivo 32. Cambio de planes porque pensábamos llevarnos el ordenador de vacaciones para descargar las fotos y aprovecharnos de la conexión wi-fi del hotelito donde nos alojábamos. No me preocupó demasiado. Es lo bueno de tener al informático en casa; pero sobre todo es lo bueno de pensar que nada me va a fastidiar las vacaciones, mucho menos un ordenador. A la hora de cargar el coche se produjo un «momento Daniel». Mi marido salió por la puerta con las maletas y el peque se puso a llorar desconsoladamente. ¿Por qué? Porque pensaba que su papi se iba. Cuando volvió, la alegría que se llevó fue tremenda y cuando vio que le cogían para llevarle al coche, era una fiesta, el bebé más feliz del mundo. Es tremendo lo que pueden transmitir los peques sin usar las palabras. Del lloro desconsolado pasamos a las carcajadas, porque descubrió que nos íbamos los tres, no sólo el papi. Se notó la diferencia entre las vacaciones del año pasado con cunita de viaje, coche grande y un montón de cosas más (calienta biberones, esterilizador…) a éstas en las que el maletero iba a media carga. Mejor, porque yendo a la Ribeira Sacra algo de vino volvería con nosotros. Pero no adelantaré acontecimientos.

Salimos con la tranquilidad de tener todo el día para llegar a nuestro destino. Y casi lo consiguen, porque «algunos» demostraron que llegaron tarde al reparto de inteligencia. ¿A quién se le ocurre ponerse a asfaltar la A-6 en agosto? ¿¿??¿¿??¿¿??¿¿?? Comprendo que Rajoy se iba de vacaciones en agosto a Pontevedra; pero fastidiar a tantos viajeros desde Tordesillas es para acordarse de la DGT y pensar que las siglas están equivocadas, porque se acercaban más a una J, y la D debería ser la segunda. Ya me entendéis. Por suerte teníamos gasoil, el coche con aire acondicionado y Dani no se despertó. Pero os aseguro que me acordé de la familia de más de uno. No de los pobres operarios que estaban allí con el calorazo, el asfalto y las malas caras de los veraneantes. Tras una hora de atasco, conseguimos volver a pasar de primera. Paramos unos momentos para comprar agua, sandwiches y unas galletas. Así podríamos aguantar hasta donde íbamos a comer, en Las Pallozas, un restaurante de Carracedelos que os recomiendo. Porque una cosa es estar de viaje y otra comer mal. En nuestro caso, buscamos sitios con encanto, donde la relación calidad-precio sea buena. Lo que menos nos apetecía era pasarnos el viaje con una descomposición por comer mal. Con Dani, tampoco podemos comer en plan bocata. Nos atendieron bien, comimos mejor y fue una paradita justo antes de dejar la autopista, dejar León para entrar en Orense.

Antes de las seis llegamos al Pazo a Freiría, nuestro hotelito de destino, donde nos esperaba una de las suites. Estas vacaciones eran un capricho, un merecido premio a un año lleno de trabajo, de momentos duros, de viajes de trabajo… no iban a ser muy largas por lo que nos decidimos a disfrutarlas los tres. En un principio pensamos en el parador de Santo Estevo; pero conocimos el Pazo y nos pareció una opción mejor. No nos equivocamos. Una habitación estupenda, con saloncito, bañera de hidromasaje, salidas propias al jardin, con vistas a los parajes del Bibei. No había playas cerca, ni falta que nos hacía. Nos apetecían unas vacaciones en plan tranquilo, de turismo rural, de monasterios, paisajes y cultura gastronómica. No había planes pre-establecidos, aunque había algunas cosillas que no nos queríamos perder: los cañones del Sil, el románico gallego, quizá ver Orense y Pontevedra. Sin planes, porque todo dependía de cómo nos encontráramos y de Dani. Nunca se sabe lo que puede pasar con un bebé de 17 meses.

La primera sorpresa de la habitación: las mantas de la cama. En pleno agosto, eran necesarias. Se agradece después del calor madrileño que dejábamos atrás. No quiero dejar pasar un detalle curioso. Para ir de Rua a Pobra de Trives íbamos por una carretera en la que aparecieron unas cruces azules en el lado izquierdo de la carretera. La primera pensamos que era porque alguien había muerto allí, pero es que la siguiente apareció a los 50 metros y así hasta llegar al pueblo. Estan bien ancladas en la carretera, con cemento y todo. Al llegar al pueblo nos comentaron que es una reclamación para que hicieran una carretera allí, la A-76 y que al no hacerla les estaban condenando a la muerte en lo que se refiere al turismo, al progreso. Curiosa forma de reivindicar. Creo que es la primera vez que veo algo así, no sé si lo conseguirán; pero la iniciativa al menos está provocando la curiosidad de los viajeros que pasan por alli.

Una vez llegados al hotel, después de tener la primera toma de contacto con la habitación y el entorno, nos fuimos a la oficina de turismo de Pobra para recibir la información pertinente. Decidimos ir a ver Sobrado de Trives, aunque no nos bajamos del coche. Dani estaba durmiendo por lo que hubo un cambio de planes y nos encaminamos a Castro Caldelas. Y de allí, fuimos a Monforte de Lemos, con unos cuantos inconvenientes de carretera en obras y sol en el parabrisas delantero. Gracias a ese camino pudimos descubrir el embarcadero de Doade donde la diputación de Lugo tiene una de las opciones para ver los cañones del Sil. La ruta es de 22 kms de ida y 22 kms de vuelta. Dos horas y media de recorrido, aunque cuando pasamos por alli la primera vez no lo sabíamos. Cuando llegamos a Monforte buscamos un sitio para tomar algo y, literalmente, no había ni una mesa. Al final, nos metimos en un restaurante pizzería a cenar, de donde nos marchamos sin ni poder tomar postre. Algo normal con un peque a ciertas horas. A la vuelta descubrimos un detalle curioso: los carriles de vehículos lentos en esa parte del país están de bajada ¿¿??¿¿?? Parece una tontería pero nos llamó la atención. Más cuando llevas dos camiones delante en una nacional y no puedes pasarles porque cuando tienes dos carriles aumentan su velocidad al ir cuesta abajo. Nada nos impediría disfrutar de nuestras vacaciones y menos el tráfico mercantil de la N-120.

El martes amaneció con Dani tocando diana bien pronto. ¿Solución? Se vino a la cama de los papis a jugar con las mantas, mantener el equilibrio de pie y disfrutar de la compañía hasta que empezó a pedir el desayuno. Teníamos por delante un día con una gran prueba. El recorrido por los cañones del Sil. Meter en un barco a un peque durante más de dos horas es una prueba, su primer viaje en barco, sin saber si se iba a marear, en un día caluroso, sin poder andar a sus anchas… muchas incógnitas. Pero el paisaje merecía la pena y era el principal motivo de haber elegido Orense como destino vacacional. ¿Qué pasó? Pues lo de siempre con Daniel: superó todas nuestras expectativas. Se lo pasó genial y se quedó con todo el pasaje. Quien le conoce no se extrañará porque el peque sabe ganarse a los que le rodean, una sonrisa un «hola» y esa cara de pilluelo encantador hace que nadie se resista. El viaje por los cañones es algo que nadie debería perderse. Es impresionante ver dónde cultivan vides, ver lo que han hecho años y años en la roca a base del golpeo del río. Una gozada que se nos pasó rápido. Eso sí, lo que no entendí muy bien era que pusieran por la megafonía la BSO de «La Misión», no sé le habría pegado más sonidos de gaita; pero bueno. Gracias a que hicimos ese recorrido nos enteramos de que para visitar el monasterio de Santa Cristina bien, es decir poder entrar en la iglesia, había que pedir la llave en la oficina de turismo de Parada de Sil. Se nota que a nivel de turismo es una zona poco explotada porque fueron muchas las personas que no tenían esa información y que se quedaban a medias con esa visita. Después del viajecito por el Sil, nos dirigimos a Monforte para comer. ¿Qué haríamos después? Pues una de las características de nuestros viajes, coger el coche y recorrer la provincia donde estamos. Salimos de Monforte a las cuatro y sin planes pre-establecidos, con Dani dormidito, nos encaminamos a Orense. Dos detalles: el mirador a las hoces del Sil y los «kilómetros gallegos». El mirador a las hoces es un sitio curioso, porque sería un lugar con vistas estupendas, si no fuera por el tendido eléctrico que le han puesto delante, lo que hace que las vistas no sean tan estupendas y las fotos hagan obligatorio el uso del photoshop. Se ve mejor si vas de copiloto en el coche. Los kilómetros gallegos son muy particulares. ¿A qué me refiero? Bueno, pues que, segun ellos recorrimos 10 kilómetros en tres minutos, algo imposible a la velocidad que íbamos, contemplando el paisaje. No sé es como si los kilómetros se alargasen o encogiesen dependiendo de donde estés. Curioso por lo menos. Cuando llegamos a Orense, Dani seguía dormido, por lo que la recorrimos desde el coche, admirando los puentes que tienen, algunos verdaderas obras de ingeniería. Y nos encaminamos a Pontevedra. Una ciudad que nos gustó. Estaban en fiestas y aparcar es un poco caótico; pero parecía acogedora. Eso sí, cumplir nuestra tradición de llevarnos un imán fue toda una odisea, pero eso nos permitió conocer la ciudad un poquito más.

El miércoles fue el día que elegimos para visitar monasterios de la zona: Montederramo, san Pedro de Roca, santa Cristina… pudimos comprobar de primera mano, una vez más, el daño que hizo al patrimonio cultural la desamortización de Mendizabal. Para llenar las arcas del estado seguro que fue buena; pero para las obras de arte fue desastrosa. Montederramo ha pasado por ejemplo de ser el segundo monasterio en importancia de la zona (sólo superado por el de Oseira) a ser el colegio de 23 niños (y bajando, desgraciadamente). La persona que lo enseña es una de esas guías que disfruta con su trabajo y que no se pone en plan clase de arte «rollazo». Visitar monasterios con un peque de 17 meses que dice cosas no es fácil y en ningun momento nos dijo nada malo, al contrario, terminó cogiendo a Dani de la manita y diciendo cosas para él. La siguiente parada, nunca mejor dicho fue Parada de Sil para coger la llave del monasterio de santa Cristina, enclavado en plena Ribeira Sacra. Un sitio muy especial, y no sólo por el nombre. Están rehabilitándolo, pero merece la pena darse el paseo e ir. La iglesia es sencillita, de típica cruz latina de base. Viéndola te puedes hacer una idea de lo que representaban las iglesias en la época románica. A pesar de lo que la gente se cree, el románico no era precisamente un arte de bloques de piedra, mamotretos oscuros… nada más lejos porque se pintaban tanto por dentro como por fuera. Eran como grandes libros donde contar las historias de la Biblia. El paso del tiempo ha hecho que esas pinturas se pierdan en algunos casos; pero debió de ser impresionante en su época, entrar en una iglesia y ver tanto color, tantas historias… Después de devolver la llave en Parada de Sil, fuimos al sitio que nos recomendaron para comer. Y no había sitio, gracias a Dios, porque por ello, conocimos un restaurante increíble que llevan unos gallegos afincados en Madrid gran parte del año: A Palleira da Horta. Lo encontramos de casualidad y de verdad que es para apuntar el sitio y volver. Allí nos pasó algo muy curioso. Una de esas frases que marcan un viaje. Una señora que llegó después que nosotros le dijo al que atendía las mesas que su entrecot fuera con sal fina porque era alérgica a la sal gorda ¿¿¿¿¿¿??????¿¿¿¿¿¿????? ¿Cómo? Me extraña que haya alguien que sea alérgico al cloruro de sodio, porque nuestro cuerpo lo genera por lo que se moriría. Pero es que además, era alérgica a una forma no a la sustancia. Es como si alguien dijera que es alérgico a los cubitos de hielo, pero no al agua. Puede ser que no le guste la sal gorda, pero alergia a ella… es por lo menos extraño. Me recordó a las excentricidades de una «aspirante a la familia» que conozco. Después del homenaje gastronómico nos fuimos despacito hacia san Pedro de Roca. Un monasterio ejemplo de cómo se pueden aprovechar los elementos naturales para la construcción. Había visto cosas variopintas, pero san Pedro de Roca es un lugar que hay que conocer. Hace unos años estaba abandonado y decadente. Hasta que lo descubrió el fundador de «la ciudad de los muchachos» y empezó a hacer alli campamentos para rehabilitarlo. Ahora allí hay un centro de interpretación… pero queda mucho por hacer. De san Pedro nos encaminamos a Maceda para terminar en el santuario barroco de los Milagros. Maceda es un pueblo donde los carteles de señalización se hacen con folios ¿¿¿???¿¿¿??? Del santuario tengo poco que decir. El barroco no es un estilo que me encante y la verdad es que me llamó la atención el hecho de que sacaran la imagen de la virgen fuera de la iglesia-santuario para que puedan ponerle todas las velas que quieren los devotos sin peligro de incendio es por lo menos llamativo. Volvimos al Pazo, agotados y tras un breve paseo por Xunqueira de Espadañedo, donde el monasterio desamortizado es ahora el ayuntamiento.

El jueves nos decidimos por visitar el monasterio de Oseira y esa zona después de disfrutar un día mas del desayuno del Pazo, donde no podían faltas los pedazos de bicas. Una especie de bizcocho típico de esa zona que está buenísimo. Y una miel natural que encima de las tostadas de pan de pueblo es mejor que cualquier bebida energética. Para ir a Oseira pasamos por Cea, el único pueblo que conozco que tiene pan con denominación de origen. Tardan entre seis y siete horas en hacer el pan, que es como dos hogazas juntas y que tostado está buenísimo… y dura casi una semana. En Oseira me acordé mucho de mi anterior visita cuando fuí con un grupo de amigos de Alcorcón en una peregrinación. El tiempo ha pasado y las sensaciones también. Ver el monasterio con mis hombrecitos estuvo muy bien. Dani se portó muy bien, quedándose una vez más con varios de los visitantes. Nos encontramos con un grupo de peregrinos (creo que franceses) que ya habíamos visto en Orense. Quizá fue eso lo que hiciera que mi memoria se despertase y me acordara de muchas personas. Para bien, por supuesto. Y de Oseira fuimos a Cea, a comprar pan y una empanada. Cualquiera sabía donde terminaríamos comiendo. ¿Donde terminamos? En el monasterio de San Clodio, la cuna del Ribeiro. Allí probamos el pulpo a la brasa con cebolla roja confitada. ¡Qué cosa más rica! Nunca había comido el pulpo así. No sé si lo volveré a probar. De lujo, de verdad. Él día que volvamos a la Ribeira Sacra y no haya sitio en el Pazo, seguramente será uno de los hoteles donde miremos. Una pasada de sitio con un magnífico servicio. De allí, ya volvimos a la zona de Trives para intentar visitar As Hermidas. Algo imposible porque había una romería o algo por el estilo. Así que nos volvimos al hotel para disfrutar de unos momentos divertidos en el jardín y de una sesión de baño de hidromasaje, donde Dani disfrutó como un enanillo.

El viernes nos decidimos a tomarnos el día tranquilo para hacer compras de los típicos recuerdos (camisetas…) en Castro Caldelas, encargar un poco de vino de la Ribeira. Antes intentamos ir a Santa Tecla, pues yo pensaba que allí había algo que ver porque en un viaje anterior mis padres me trajeron un llavero. Pero… me temo que era otro santa Tecla porque allí no había nada que ver. Quizá el monasterio de San Paio, que es de un particular, está que se cae a cachos y no se puede ver sino por un agujero en la puerta de madera. Debió de ser impresionante, hasta que nuestro amigo Mendizabal apareció en el gobierno. En Castro Caldelas compramos camisetas y disfrutamos de un lugar de productos típicos, probando vinitos, crema de orujo… Volvimos a intentar la visita As Hermidas y esta vez pudimos bajar hasta allí. El santuario es barroco por lo que no nos encantó. Hay un via Crucis de figuras de tamaño natural, pero necesitaría una buena restauración. Comimos en un sitio que parecía la tasca típica de pueblo. Y cuando volvíamos a descansar al hotel para después continuar las compras, me llamó mi madre para darme una noticia que esperaba. Una prima que estaba muy malita había fallecido. Si hubiera sido otra persona, a lo mejor me habría pensado el volver o no a casa; pero en esa persona era muy especial, por lo que hicimos las maletas y nos volvimos a casa antes de lo previsto.

Vacaciones cortas pero intensas en Orense donde nos han quedado cosas que hacer y que ver. Volveremos, seguro.

Por cierto, he tardado en publicar porque con Dani tengo poco tiempo y al estar el papi de vacaciones, me he querido tomar un descansito bloguero. Además, había que arreglar el ordenata, algo que se hizo mejor de lo que pensaba porque tener al experto en casa es algo genial. No perdí nada y fue todo bastante sencillo… porque se puso mi marido a ello, por supuesto.

Ya hemos vuelto a la normalidad, disfrutando de los JJ.OO… sobre todo de Nadal.