Martes de 2 de abril de 2024. Cuaderno de bitácora… Ya me pongo seria, aunque no demasiado. La semana pasada comentaba que un virus estaba batallando conmigo. En principio esperaba que fuera el típico resfriado que con un par de dias con Vitamina C y algún complemento médico, me dejara respirar. Pues no. 7 días después, continúa conmigo. Debe estar muy cómodo en mi cuerpo. Así que si este texto no es muy coherente, será porque me cuesta unir ideas, seguir un hilo, diferenciar entre el sueño y la vigilia a causa de la fiebre. Por cierto, nada de resfriado, ya es infección. 8 días con antibióticos. Sí, mi semana santa más que pasada por agua, ha pasado por pañuelos por todas partes, nariz taponada, agua con sal y cabeza embotada. Y pasar de la cama al baño y del baño a la cama.
Pensamientos delirantes
Lo primero que quiero comentar en estas líneas es la importancia de las pequeñas cosas. Nada de suspense. No hay nada como tener la nariz taponada durante las 24 horas del día para valorar lo que es respirar por ambas fosas nasales. Lo echo en falta. Y parece una tontería a lo que no prestamos atención en nuestro día a día. Total, mientras vivimos, la respiración está ahí, acompañándonos y manteniéndonos sin prestarle atención salvo en los ratos de meditación o para relajar tensiones. Pues sí, si puedes respirar por ambos lados de tu nariz, créeme que eres afortunado.
Lo segundo es ese constante «Boom Boom Boom» en la oreja. Tan fuerte que he llegado a preguntarles a mis hombres si ellos también lo oían. De tanto sonarme la nariz, se ha debido quedar algo de aire en los conductos auditivos y ahora escucho mi corazón como si fuera un reloj. Si no me pareciera una completa locura, pensaría que es una señal que el universo me manda para que escuche más los latidos de mi interior. El corazón, otro al que tampoco prestamos demasiada atención a diario y que está ahí, oculto, acompasado con la respiración, manteniéndonos en pie, en marcha. Pequeñas cosas. Si puedes notar tu pulso, ya sea en la muñeca o en el cuello, créeme que eres afortunado.
Son aquellas pequeñas cosas
Creo que era una canción de Serrat, aunque no recuerdo la letra. Los pequeños detalles. Estamos tan acostumbrados en focalizarnos en los grandes objetivos que a veces es una cura de realidad que algo tan pequeño como un virus nos devuelva a nuestra realidad. Somos una diminuta mota de polvo en el universo. Nos creemos sujetos de nuestra realidad, hasta creadores en algunos casos, y no digo que no lo seamos, pero la mayoría del tiempo no somos más que objetos que se balancean en un pequeño planeta. Si la naturaleza cierra la mano, baja el dedo meñique, adiós muy buenas. Lo que hoy es importante, ayer no lo fue y mañana, pues ya veremos. Vamos a un centro comercial, a un bar, y esperamos que nos atiendan enseguida. Mandas un mensaje y esperamos una pronta respuesta. ¿Por qué? Porque algo en nuestro interior piensa que nos estamos perdiendo cosas. Que hay algo muy interesante que te estás perdiendo mientras esperas que te sirvan la comida, se llene el depósito del coche o se conecta el ordenador. Las prisas por lo pendiente, libros que leer, manuscritos que escribir, compromisos que cumplir, mensajes que responder, sesiones a las que atender, llamadas telefónicas que hacer. Un pequeño virus, y todo paralizado. La opción de cargo de conciencia o no por todo lo pendiente es cosa tuya, aunque sospecho que es la tónica habitual de nuestra especie. No recuerdo haber visto nunca un perro o un gato dando círculos o con la pata en la mesa por lo que tienen pendiente. Si tienes tiempo en tu agenda para no hacer nada, pero nada de nada, y no te sientes mal por ello, eres muy afortunado.
Saltos entre ideas
Si sientes que voy a trompicones, es muy posible que asi sea, ya te lo he dicho al principio. Mi escritura se interrumpe por cosas del virus, quitarme el sudor de la fiebre, sonarme la nariz o como ese dolor en las costillas que me recuerda que llevo muchos golpes de tos en estos días. Esa es otra. Ahora cada vez que me vienen las ganas, siento como si una aguja me perforara el lado izquierdo, como si no fuera bastante con el toser, tengo la certeza de que va a doler. ¿Qué hago? Si lo intento retener, se me saltan las lágrimas, el picor de garganta es inaguantable, si no lo retengo, la mano al costado para ver si puedo dejar de sentirme como si me asetearan. Ni que fuera San Sebastián.
Y no tiene nada que ver esto con lo que voy a decir, pero el café con leche y canela está muy bueno. Cosas de reciclar la mezcla de azúcar y canela que usé para las torrijas del viernes. Al no avisar a mi marido, lo metió en el azucarero y me da que en una temporada tomaremos café con canela. Porque sí, a pesar del malestar, el viernes hice potaje y torrijas. Porque, si algo he aprendido en toda la formación humanista y de crecimiento personal que he tenido estos años es que ocurra lo que ocurra, yo decido mi actitud vital. Así, aunque el jarabe que tengo que tomar esté malísimo, porque sigo teniendo mis papilas gustativas, decido que me lo tomo, cuanto antes mejor, porque sé que me ayuda a calmar la garganta. Decido que no tengo cargo de conciencia si no escribo estos días el manuscrito. A ese respecto, quizá por la fiebre, he vuelto a tener un sueño que ya tuve en 2019. Tengo amigos escritores, es algo normal cuando te dedicas a esto. Bien, en ese sueño, estaba en una librería, que no voy a nombrar porque no me patrocina, y veía un montón de libros de esos amigos, algunos son conocidos y otros no para el gran público, brillaban, tenían presentaciones increíbles, contratos fantásticos con editoriales de renombre… lo que el mundo ordinario diría que es un éxito, un gran triunfo. Ni que decir tiene que no había ninguno de mis títulos en esas estanterías tan estupendas. Mis amigos estaban en una especie de escenario, felices y contentos, resplandecientes como si fuera la gala de los Óscar, como miles de fans esperando a que les prestaran un segundo de atención para la foto de rigor. Yo los veía a distancia, y salía por una pequeña puerta oscura a un callejón de ciudad vieja. Me quitaba el uniforme, porque trabajaba para esa librería. Allí me esperaban mis chicos, para irnos a casa, entre risas. No sé lo que diría Freud de mi sueño, y creedme que no me interesa lo más mínimo. Estos días lo he relacionado con la frase de que no cuentes tus proyectos porque otras personas pueden hacer que se reduzcan a polvo, como si el universo gastara la broma macabra como diría Sabina, de hacerte llegar a tocar tu sueño para después arrebatártelo y dárselo a otros. ¿Mi conclusión de ese sueño? Una vez más, mi actitud. He hecho muchos cursillos de escritura y siempre terminaba pensando que los demás eran mucho mejores escritores que yo, que describían y comunicaban mejor. Y es verdad en muchos casos. No es falsa modestia. Aun hoy me planteo si lo que escribo le puede interesar a alguien, si he adquirido los conocimientos que grandes maestros han intentado transmitirme. Y llego a la misma conclusión. No sé si soy mejor escritora o mejor coach que cuando empecé. Las voces que me importan son la de mi marido y la de mi hijo. Todo lo demás, sea bueno o malo, pasará. ¿Quién define el triunfo, el valor de una vida? ¿La cuenta en el banco, los focos, la admiración de la gente? Créeme que estos días he sido más consciente todavía de que respirar, los latidos, la vida ya es un gran triunfo.
¿Te resuena? Si te atreves, te leo. Y hoy, mi gratitud si has llegado hasta aquí, porque no tengo claro si ha sido mi mente o la fiebre quien ha guiado a mis dedos en el teclado.
