Darshan llegó a la vieja casa familiar, siguiendo las indicaciones de unos paisanos que se encontró en el apeadero, nada mas bajar del tren. Allí estaba el escenario de los cuentos que su madre le contaba antes de dormir cuando era pequeño. Ella había salido corriendo de allí, para deshonra del abuelo, tras el soldado que, la dejó embarazada y murió en el frente.
Su tío abuelo, Joseph, se la había dejado en herencia tal como le explicó el abogado de la familia. El viejo ricachón se había acordado del rebelde de su sobrino nieto para enviarlo lo más lejos posible. La decisión sorprendió a todos los herederos. ¿Por qué? Estaba delante de la propiedad y tenía ganas de volver corriendo al andén. “Si no fuera por la cláusula…”.
El testamento establecía que cobraría una gran suma de dinero si pasaba un año completo en aquella casa. Después podría quedarse, venderla, o prenderla fuego si quería. Trescientos sesenta y cinco días a cambio de no tener preocupaciones el resto de su vida. Parecía un buen negocio cuando se montó en el tren, con la vieja maleta de cuero en una mano y el estuche de la máquina de escribir en la otra. Así podría acabar aquella endiablada novela que tanto se resistía. El tiempo diría si ese giro de la fortuna era bueno o malo.
Respiró con profundidad y abrió la verja, tras arrancar algunas enredaderas que ocultaban el oxidado picaporte. El jardín no merecía llamarse así. Avanzó por un camino donde intuía que estaban las losetas, devoradas por un césped que se negaba a ser cortado. Subió las escaleras del porche, la madera carcomida crujió bajo su peso. Si se quedaba, no lo tenía nada claro, sería una de las primeras cosas que tendría que arreglar. Hacía mucho tiempo que nadie cruzaba el umbral de la mansión. Las hojas se amontonaban en la entrada por el jugueteo del viento. Ese mismo aire le trajo un olor inconfundible. Llovería pronto. Debía entrar en la casa.
La puerta principal no abría. Probó varias veces con diferentes llaves y no consiguió acceder. La madera se había dado de si por la humedad. La llave era correcta, la giró tres veces y se echó un poco para atrás. Iba a cargar el peso de su cuerpo en el hombro derecho, usándolo de ariete y vencer la resistencia de la madera. Tras el primer golpe, la puerta se movió un poco. Se colocó al filo de los escalones y cogiendo carrerilla, se lanzó contra la puerta que, ante tal impacto, se abrió de golpe y acabó incrustándose en la pared de la derecha. “Otra cosa más para arreglar en esta ruina” dijo al precipitarse al interior donde un aire denso, envejecido, hostil, le recibió con una bofetada en toda la cara.
Movió varias veces el brazo derecho delante del rostro para disipar las partículas. No podía distinguir el recibidor así que, se dirigió a la izquierda y descorrió las cortinas de la ventana. En los buenos tiempos, la casa debió de ser espectacular. Pero estos no eran buenos tiempos. Hacía mucho que la habían abandonado para marcharse a la capital. “¿Por qué demonios el tío Joseph quiere que viva aquí?” Los pensamientos de Darshan bullían de forma frenética en su cabeza. Encontró el interruptor de la luz. Lo subió con pocas esperanzas de que se iluminaran las bombillas. No tuvo suerte. “Otra cosa más para la lista”.
No le prestó más atención al recibidor, a aquella madera oscura, necesitada de una buena capa de barniz tras un buen escobado y un buen lijado. Toda su familia vivía de la madera, conocía el oficio. Aún así Darshan era escritor, sus manos preferían el tacto rugoso del papel, la humedad de la tinta, la suavidad de la pluma o la dureza de las teclas de la máquina de escribir, antes que la lijadora o el martillo.
En la pared panelada de la izquierda a tientas descubrió una puerta. Al abrirla, la penumbra lo abrazó. Un olor a madera vieja pero con un toque familiar que no conseguía recordar, le impregnó las fosas nasales. Era una habitación muy distinta al recibidor. En la oscuridad, comenzó a dar pequeños pasos. “¡Joder!” gritó trás un encontronazo con una esquina de una mesa que no vio. A tientas, para evitar nuevos golpes, llegó hasta la ventana por donde se colaba un minúsculo haz de luz.
Subió la persiana y al darse la vuelta, pudo contemplar el paraíso de su infancia. “¡Esta es la biblioteca familiar!” Exclamó entusiasmado. Ahora entendía que su viejo tío le hubiera dejado aquella propiedad. Las estanterías, repletas de libros de diferentes tamaños, se elevaban hasta el techo en varias hileras. Necesitaría más de un año para leer una mínima parte de aquella maravilla.
Se fijó que a su derecha, en una ampliación de la estancia, había algo cubierto con una sábana. No distinguía sus formas. Era extraño porque no había nada. Sin la sábana habría jurado que era una puerta. La curiosidad le pudo y al tirar de la tela, se encontró con un espejo de cuerpo entero. “¿Qué haces tú aquí? ¿Eres un portal a otra dimensión, una puerta estelar? ¿No serás el espejo de OeseD?” Dijo entre carcajadas. Se acordaba bien de las mágicas historias que le contaba su tío abuelo cuando le visitaba todos domingos en la residencia. Miró en su interior, con el deseo de ver sus sueños hechos realidad. Pero no. Aunque creyó ver un destello, el espejo sólo le devolvió su reflejo.
