Mi marido siempre dice que lo único que se nos puede pedir a las personas es que lo intentemos. Y tiene razón. A veces, estamos tan acostumbrado a evaluarnos con los parámetros del colegio, que no nos damos cuenta de que es el esfuerzo lo que importa, no la nota. La meta está en el propio esfuerzo y el logro en uno mismo. Siempre queremos las cosas en plan «fast food» y las cosas no son siempre así. No puedes pedir un estupendo chuletón a la brasa con guarnición de verdura en el tiempo de una hamburguesa. No es el mismo tiempo ni es el mismo esfuerzo. En la actualidad parece que lo que triunfa es lo fácil, con el mínimo esfuerzo y, la verdad, me parece que eso es un triunfo breve como el típico chaparrón de Agosto.
Me explico: hace cuatro años, yo estaba estudiando, pensando en cuándo encontraría trabajo, si podría pagar una casa con mi sueldo, iniciando una relación que no sabía donde llegaría. Tenía la sensación de que estaban quitando la tierra de debajo de mis pies, pues todo cambiaba en mi vida y no tenía nada que me diera «seguridad». Había muchas ilusiones en mi vida, muchas cosas y no quería que mi vida fuese en plan de que la vivieran otros, sin hacer algo realmente bueno. Tenía sueños y miedos. Bueno, más miedo a que no se cumplieran mis sueños. Y me agobiaba con el tiempo. Mi vida era una incógnita de una ecuación imposible de resolver. Parecía una sierra con subidas de ánimo y bajadas de fuerza constantes. Todo estaba revuelto, sin apoyos, con cambios y mas cambios que no había forma de afrontar. El grupo de amigos se resquebrajaba y nadie estaba salvo cuando querían algo de mi. Pero para echar una mano o escuchar no se podía contar con nadie. Un sabor a rancio se mezclaba con un poco de rabia en el corazón por no poder controlar el terremoto.
Ahora, cuatro años después, estoy casada con el amor de mi vida, esperando un hijo, con trabajo (aunque ahora esté de baja) y una casa que me encanta pues la estamos haciendo un hogar. Casi no quedan amigos de los de antes, pero hay otros nuevos y un nuevo ambiente que me está mostrando muchas cosas. Mi familia ya está asentada y poco a poco les voy entendiendo. No sé si llegaré a hacer algo realmente bueno en mi vida; pero, para mí, estoy en el buen camino. Y es que, con el tiempo, he ido descubriendo que quien marca los logros, no es el reconocimiento de los demás, sino el mio propio. Que lo que importa es que yo esté contenta con lo que voy haciendo, aunque a otros no les guste. Antes vivía mucho de cara afuera, intentando cubrir las expectativas de otros, dejándome aconsejar antes que intentarlo. Y estaba bien, para ese periodo; pero mi vida la tengo que vivir yo. Si no, no sabría lo que es ser responsable de mis propios actos. Seguiría escudándome en otros y decepcionándome por no conseguir logros. Sueños, que no se consiguen porque el que los sueña no pone los medios.
Ahora tengo otros sueños: ser una buena madre, hacer cada dia mas feliz a mi marido, hacer las cosas mejor en mi trabajo y nuevos proyectos. Sobre todo y lo primero es quererme más a mi misma, que soy la responsable de mi propia felicidad. Porque no se puede dar lo que no se tiene, y difícilmente podré querer o valorar a los demás si no me quiero y valoro a mi primero. Saber que los logros dependen de muchas cosas pero sobre todo dependen de mi.
No tengo miedo a mis sueños, pues sé que se van cumpliendo en la medida en que me esfuerzo por conseguirlos. Seguramente no seré noticia nunca. No es mi objetivo. Quiero ser feliz y vivir la vida cada día como si fuera único, dentro de la sencillez del dia a dia. Disfrutando de esos placeres cotidianos que a veces las prisas no te dejan disfrutar. Vivir al máximo, buscando algo bueno, no quedándome en lo fácil. Y si no lo consigo, siempre me quedará la tranquilidad de haberlo intentado y de pasar todo por el tamiz de mi experiencia. De vivir la vida por mi, no por lo que los demás piensan que debo ser.
No es utopía. Sé que se puede vivir así, en medio del mundo, sin llamar la atención, salvo por la pequeña sonrisa. Y eso se nota mucho, aunque haya que investigar mucho para descubrir gente así por la calle. Perder la sonrisa, dejar que la vorágine de la vida rutinaria empañe mis gafas sería como tirar la toalla. Repito que no es utopía. Y que tampoco hace falta grandes aspavientos para conseguirlo. Es tan sencillo como intentarlo, limpiándonos las gafas primero.
Y hay palos, obstáculos en la vida, momentos en los que parece que todo y que todos estan en contra. Momentos en los que las fuerzas parecen agotarse, de soledad y de sentirse abatida, derrotada, incomprendida. Como si nos pilláramos un catarro, o un virus intestinal. Algo que rompe nuestros planes, que nos tumba el ánimo. Bueno, pues no se pelea en esos momentos. Es lo que toca, pues se acepta y se sigue. Más despacito, mirando lo que se come, acompañada del pañuelo, buscando la manta eléctrica para mejorar el dolor de cervicales y sin agobios. Que todo pasa, incluso los malos momentos.
Alguien me dijo una vez, o lo leí en alguna parte, que lo importante es ser el primer actor de nuestra vida, no vivirla como un reactor. Tomar las riendas y decidir que las circunstancias son las que son, pero que yo decido cómo afrontarlas. No sabéis la de palos que he tenido que recibir para darme cuenta de que es una verdad enorme. Por eso digo que no es utopía vivir mejor, cuesta aprenderlo pero se puede.
Siempre guardo un recuerdo en la recámara para cuando vuelvan los malos tiempos. Algo que me obliga a mi misma a ser mas positiva. Como diría Paulo Coelho en El Alquimista, el mundo está lleno de señales que nos ayudan a llegar a nuestra meta y cuando deseamos algo con todo nuestro corazón, todo el universo se confabula para que lo consigamos. Efectivamente, no se dice que se tarde un chasquido o unos añitos, pero al final se consigue. Tampoco se habla de los baches que nos encontraremos en el camino, se habla de que a quien le toca andar es a uno mismo. Pero al final se llega, el sueño se cumple.
