El Mercado de los Rostros de cera

Despertó en una cama que no era la suya. Tampoco la habitación. Al menos estaba sola. Con el dolor de cabeza que tenía, preludio de una resaca que podía entrar en el libro ese de los records, solo le faltaba verle el careto a un error desconocido. Ojalá su mente recordara de una vez por todas que el vodka con naranja no es la mejor solución de afrontar los problemas. Pero, si no estaba en su habitación ¿De quién era?

Se vistió con lo primero que encontró porque la ropa que recordaba llevar no aparecía por ningún lado. Más que una habitación, parecía una muestra de una empresa de muebles. O una cárcel. En el armario solo encontró pilas de la misma camiseta de manga corta, rebecas dobladas de forma perfecta y en las perchas, los mismos pantalones, como si fuera el uniforme de un ejército. En los cajones solo había calcetines hechos bola. Al tacto estaba bien, lo que fallaba era el color. Tanto la camiseta como la rebeca, los pantalones, los calcetines y las zapatillas que encontró debajo de la cama, eran gris marengo. Como las sábanas, los muebles y las paredes de la habitación. ¿Dónde diantres estaba?

Lo peor fue llegar al baño, con azulejos gris marengo, y descubrir que no tenía pelo ni cara. En vez de su rostro se encontró con una máscara de cerámica, también gris marengo. Al tocarla no estaba rugosa sino pegajosa, moldeable. Sí, tenía una fina capa de parafina sobre la máscara. Sus dedos también tenían un tono grisáceo. Se fijó un poco más en el espejo. No había labios ni orejas. Ahora entendía que nadie la escuchase decir “¿Hola?”. ¿Lo dijo en realidad?

Donde debían estar sus ojos color verde aceituna de Camporreal, ahora solo había negro. Extraño, porque seguía viendo. Si todo era efecto del vodka, cuando se le pasase el susto, pondría una reclamación en consumo. Volvió al dormitorio en busca de un resquicio de color. Lo que encontró subir la persiana y correr la cortina casi hizo que perdiera el equilibrio. La habitación tenía, por así llamarlo, su propio balcón que daba a lo que esperaba que fuera la calle. Al abrir la puerta, gris ¡cómo no!, se encontró en un segundo piso de una calle que parecía más dibujada que real. La fachada de enfrente no era una fachada de ladrillo sino una suma de colores chillones, fosforitos, que emulaban la Fontana di Trevi. Tras unos instantes, los mismos colores dieron forma a lo que parecía el palacio del parlamento de Budapest. ¿Eran drones o una proyección? ¿Qué le habían echado en el vodka?

Miró hacia abajo pero no encontró el gris habitual del asfalto. No había marcas viales, ni adoquines, baches o alcantarillas en lo que debería ser la calle. Eso sería lo normal en Madrid. Sin embargo, no estaba en su Madrid. En su lugar había una superficie blanca, con las de las pizarras de los profesores o las que están en todas las salas de reuniones de las empresas importantes. El contraste entre los colores fluorescentes de la fachada y el brillo del blanco de la calle obligaba a desviar la mirada. Echó de menos sus gafas de sol. ¿Por qué le molestaba la luz si no tenía pupilas? 

Se pellizcó para comprobar que no estaba en un sueño. No tenía una peonza a mano. Sí, le había dolido y seguía allí. ¿Y si saltaba por el balcón? En las pesadillas cuando caes, te despiertas. A lo mejor estaba en un experimento histriónico de los servicios secretos para provocar algo. Su corazón empezó a latir tan acelerado como en las películas de misterio cuando los tambores se mezclan con los agudos y se crea el climax de tensión. Al menos ella no tenía una melena rubia que la predispusiera como la víctima del asesino. 

Apoyó las grises manos en la barandilla, pero no saltó. Era cobarde para comprobar la teoría. Salió del apartamento por unas escaleras tan grises como las paredes. En el momento en que cerró la puerta, comenzó a escuchar con nitidez el sonido de una caja de música. Lo más extraño ocurrió cuando pisó la superficie blanca. El color de su ropa cambió. Ya no era gris, sino transparente. Por eso no había visto a la gente que se agolpaba a su alrededor como si de una formación militar se tratase. Todos volvieron sus rostros de cera hacia ella y comenzó la locura. 

El sonido de la caja de música se volvió ensordecedor, Estaba en todas partes y en ninguna. Hasta atravesaba esa especie de cuarzo transparente en el que se había convertido su cuerpo y resonaba, vibraba en su interior como un diapasón. El cosquilleo era agradable y acompasado a la música. Lo único bueno desde que había despertado. 

Todo el escuadrón de personas se puso en marcha y ella también, porque o andaba o la arrollaban y por nada del mundo quería morir en un sitio así. Las fachadas de los edificios seguían mostrando diferentes skylines de ciudades al ritmo de tubular bells. 

Al ritmo de las campanas, la fachada, esta vez de la Sagrada Familia barcelonesa, se pixeló hasta convertirse en un muro de código binario que caía como los de Matrix. Una lluvia blanca que no mojaba, aunque cambiaba el color de la superficie que hacía de suelo.. El escuadrón del que ya formaba parte, no caminaba, parecía deslizarse y dejaba tras de sí un rastro de electricidad, como si los pixels cobraran vida y se activaran.

No había recuerdos en las esquinas, porque no había esquinas. Las calles se curvaban según la necesidad del flujo de personas, como si el urbanismo fuera un algoritmo elástico. 

Ella intentó frenar, plantar sus zapatillas, ahora transparentes, contra el brillo cegador del suelo, pero sus pies solo obedecían al escuadrón de que formaba parte y siguió en movimiento. Estaba presa en su propio cristal. Una de las figuras con rostro de cera, cuya máscara estaba tan fresca que la parafina aún goteaba sobre su hombro, la empujó suavemente con el codo. El contacto no dolió, pero emitió un sonido de notificación de error.

—Mantenga la latencia—creyó escuchar porque en realidad las palabras resonaron en su interior—. El Mercado no espera y nos está retrasando.

La superficie blanca empezó a mostrar ventanas emergentes, cuadros de diálogo traslúcidos que se elevaron hasta que los tuvo justo delante de su máscara. 

«¿Desea actualizar su identidad? 99% de los usuarios eligieron: ‘Rostro Estándar #04’”.

Observó como las máscaras de cera cambiaban y parecía que sonreían por unas manos invisibles que modelaban la cera. Unas manos de parafina aparecieron justo delante y con terror comprendió que el peligro del lugar donde se encontraba no era morir, sino que alguien desconocido pulsara el botón «Aceptar» que parpadeaba en un verde neón delante de ella.

—Actualización crítica pendiente —resonó de nuevo en su interior, esta vez con la vibración estridente de una cuerda de violonchelo a punto de romperse—. Su rostro actual no cumple con los requisitos de visibilidad del Mercado actual.

Las manos de parafina flotaban en el aire. Eran dedos largos, sin huellas dactilares, que desprendían un vaho blanquecino, como el hielo seco. Se acercaron a su rostro de cera y ella sintió un calor súbito, el aviso de que su máscara estaba a punto de ablandarse para ser esculpida. Tuvo la certeza que si pulsaba de algún modo el botón verde neón, operarían el cambio de su cara con la precisión de un cirujano plástico de éxito. 

Quiso gritar, volver al cuarto donde había despertado y acabar con la pesadilla. Sin embargo permaneció en su sitio, inmóvil. En el escuadrón, ahora detenido a la espera de su decisión, todos lucían el ‘Rostro Estándar #04’. Eran cientos de clones con una nariz perfectamente perfilada y una boca cerrada en una línea de cortesía eterna. Su color transparente se volvía rosa chicle de impaciencia. Su indecisión les detenía, algo que les alteraba.

Ella intentó cerrar los «ojos», pero no tenía párpados que bajar. La luz del cuadro de diálogo se volvió más intensa, absorbiendo todo el skyline de la Sagrada Familia hasta que solo existió el verde del botón.

Las manos de parafina seguían revoloteando a su alrededor. En un acto de desesperación, intentó recordar el sabor amargo del vodka con naranja o el olor a humedad de los portales de Lavapiés, cualquier cosa que fuera sucia, real y no estándar.

Al hacerlo, su cuerpo de cuarzo transparente emitió un destello violáceo. Una grieta, pequeña pero real, cruzó la superficie de su máscara de cera.

—Interferencia detectada —dijo la figura de la parafina goteante, que ahora lucía la sonrisa #04—. El usuario intenta conservar metadatos obsoletos.

Las manos de parafina se detuvieron un instante, confundidas por la grieta. La superficie blanca del suelo empezó a vibrar con una frecuencia diferente, y bajo sus pies transparentes, la pizarra se tiñó de un rojo de advertencia para terminar abriéndose como en los programas en los que tras un fallo de sus concursantes, el suelo se abre bajos sus pies y caen al oscuro vacío. Si alguna puñetera vez conseguía salir del infierno artificial les metería una denuncia a los bares donde le sirvieron el vodka de garrafón. O no, porque gracias a ese recuerdo que llamaban metadatos obsoletos, su humanidad no se había derretido, aunque le llamaran error.

El vacío por el que estaba cayendo, o sentía que caía, no era negro ni estático, parecía un tobogán de números de piedra pómez que con cada roce, eliminaban la suavidad del cuarzo para devolverle una piel como de lija. La tela que la vistió era áspera, real. La grieta de su máscara no se cerró; al contrario, empezó a supurar un frío intenso que le recordaba al hielo de aquel último vaso de la noche. La parafina de su rostro se endureció y se rompió en mil escamas, como la piel vieja que mudan las serpientes.

No chocó contra el suelo. Se detuvo sobre una montaña de algo blando y polvoriento. Solo le faltaba que fuera una montaña de las rayas de coca que se había metido a lo largo de su vida. No lo eran. Al tocarlo, sus dedos —ya no tan grisáceos, casi recuperando el tono de piel bajo la mugre— reconocieron el tacto del papel. Eran periódicos. Miles de ellos. Ediciones impresas con fechas imposibles, amontonadas como un colchón contra el olvido.

En el silencio, denso y agobiante, escuchó el tictac de un reloj de pared como el que la acompañaba en las noches de insomnio en el sofá del salón de casa. Un sonido mecánico, analógico, maravilloso.

—¿Vodka de garrafón, eh? —dijo una voz que rascaba como una lija—. Hacía ciclos que no olía algo tan auténticamente podrido por aquí abajo.

Entre las pilas de diarios, surgió una figura. No llevaba máscara de cera. Tenía un rostro lleno de surcos, una nariz desviada y unos ojos que, aunque cansados, tenían pupilas que se dilataban ante la escasa luz. Vestía una gabardina que había visto tiempos mejores y sujetaba un bolígrafo con la tapa mordisqueada. Solo le faltaba el puro y habría jurado que era uno de los periodistas de las series de los 80.

—Bienvenida a la Caché de No Retorno —continuó el hombre, ofreciéndole una mano con manchas de tinta reseca—. Arriba te habrían modelado hasta convertirte en un anuncio de gafas virtuales. Aquí abajo… bueno, aquí abajo solo somos erratas.

—¿Dónde estamos? —logró articular. Su voz sonó quebrada, sucia, real.

—¡Vaya! Esto no me lo esperaba —dijo el hombre— A los otros veteranos siempre les preguntan primero quién soy o quiénes son ellos. Prometes mucho, baby. Estamos en el “lugar” —hizo el gesto de las comillas con ambas manos— donde el Mercado tira lo que no puede vender porque tiene demasiada arista. Soy Barquillo, de Local. O lo era, antes de que Madrid se convirtiera en una pizarra para profesores de autoayuda. Deduzco que eres periodista como yo.

—¿Cómo sabes mi profesión?

—Estás hablando con todo un veterano gato gato, guapa. A los madrileños de pura cepa no se nos escapa nada. Este lugar cambia con cada nuevo error. Tú tienes pilas de periódicos. Blanco y en botella. ¿Me equivoco?

—No, aunque nunca he trabajado en un periódico. Lo mío son los medios digitales ¿Y si fuera otra cosa, tú también lo serías?

—¡Buena deducción! Sí y no. Si fueras informática, te habría dado la bienvenida Charlie. Por cada novato, hay un veterano para enseñarte lo que va a ser tu vida a partir de ahora. Al final nos conocemos todos al fondo del tobogán. Hasta que te despistas o te cansas de los terremotos. Ya lo verás.

—No te entiendo.

—Lo entenderás muy pronto. 

—¿No voy a volver a la realidad? 

—Me temo que este es tu nuevo hogar, novata. Siento que no hayas podido despedirte de familia, amigos y todo lo demás. Así lo quisiste en la barra del bar —Barquillo olisqueó el aire como si fuera un sabueso— ¡No me jodas! ¿El cucaracha sigue abierto? Pili se habrá cabreado al tener un fiambre por allí. Aquellos fueron buenos tiempos.

—¿Todo esto por beber vodka de garrafón?

—En tu caso, sí. Lo mío fue por toner de impresora. Créeme que sabe mucho peor.

—¿Cómo dices? 

—Eres un error del sistema. Seguro que en algún momento de tu vida pensaste que no encajabas. Cuando acabamos desesperados y surgen las ideas de quitarnos de en medio, dejamos de ser perfectos y super felices, fabulosos para la sociedad idílica que nos hemos montado… y acabamos aquí. Poco a poco recordarás lo que te ha traído a este infierno digital. 

Barquillo rebuscó en el bolsillo de su gabardina y sacó un objeto con más polvo que color, viejo más que vintage y muy desgastado. Se lo dió. No era un dispositivo táctil; tenía botones que hacían un «clic» mecánico y una pequeña ventana donde se veía una cinta enrollada en dos carretes.

—Aquí tienes esta preciosidad —dijo Barquillo—. Es una Marantz, la Mari para los amigos. Vieja compañera de turnos eternos y fiestas en antros como el cucaracha. Todos en mis tiempos teníamos una y nunca salíamos de casa si ella. Era el móvil de los periodistas. 

—¿Para qué es este cacharro? —dijo mientras la miraba con curiosidad.

—Aquí dentro no hay códigos, hay voz. Tinta magnética. Somos el último reducto de lo analógico. El sistema no puede leer lo que hay grabado en ese cassette porque no sabe interpretar el ruido de fondo, ni los suspiros, ni el sonido de la lluvia en Lavapiés que quedó atrapado en la cinta. 

Apretó el objeto contra su pecho. Acababa de encontrar su ancla con una realidad que se desvanecía. Mientras la tuviera, el Mercado no podría volver a convertirla en transparencia.

—Úsala ya—susurró Barquillo mientras el techo de la Caché empezaba a agrietarse, dejando caer cascotes de luz blanca—. Graba la verdad de este agujero. Si logras que esa cinta gire, el algoritmo perderá la sincronía. Yo me despido, llevo demasiado tiempo aquí y esta vez me dejaré arrastrar. Es la regla de este mundo, para marcharte, tiene que llegar un novato como tú. ¡Que te sea leve, preciosa!

Un estruendo ensordecedor sacudió los fardos de periódicos. La pizarra blanca de arriba se estaba desmoronando, pero no para dejarlos salir, sino para engullirlos en un formateo final. El rojo de advertencia lo inundó todo.

Miró la grabadora y a Barquillo quien sonreía mientras la luz roja lo convertía en neblina. Se quedó sola, terriblemente sola. Pulsó el botón de Rec. El sonido del motorcito girando la cinta fue lo más hermoso que escuchó en toda la pesadilla. Era un latido real en mitad de la ficción.

—Viernes trece de marzo —empezó a decir, con una voz sucia a la que tendría que acostumbrarse—. Mi nombre es…

Antes de que pudiera terminar la frase, el suelo desapareció y comenzó a caer por una oscuridad donde ya no importaba el color de la ropa, sino la fuerza con la que se aferraba a lo que aún era capaz de emitir sonido. Esperaba encontrar a Charlie o a otro veterano cuando el suelo fuera firme de nuevo bajo sus pies. 

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