No, no había sido la mejor idea. Y eso que parecía estupenda cuando cerró el ordenador de la oficina y decidió que, por una vez, no bajaría en ascensor al garaje. El lugar le daban miedo. Sería por el descansillo sin ventanas. O por el gotelé de tono pastel de las paredes. O ese olor a gasoil y motor. O por el parpadeo de un fluorescente que no acababa de apagarse. Daba igual. El pequeño habitáculo entre las puertas metálicas del ascensor y del garaje daba miedo. Más cuando no había nadie alrededor. El corazón pisó el acelerador para recorrer las cinco baldosas en un tiempo récord.
El tráfico colapsaba las arterias de la ciudad. Por fortuna había intercambiado el coche con su compañero de piso y se movía en un pequeño biplaza color mostaza. De garaje a garaje, cuarenta minutos. Aun tenía tiempo. Llegó a casa, dejó las llaves en el frutero reciclado y se encaminó al baño. Era pronto para que Lope estuviera por allí. El día no podía sino mejorar. Se duchó con la rapidez de los viernes, aunque era miércoles. Un fin de semana de cuatro días. Los astros se habían conjurado a su favor. Tenía que aprovecharlo.
Pantalones de trekking, ropa en capas, gorro y guantes. Por si acaso, un bocata con lo que había a mano en la nevera, un par de manzanas y una botella de refresco con agua del grifo. Salió de casa y nada más cerrar, tocó volver a abrir. Sí, se había dejado la mochila.
El plan era sencillo. Llegar al aparcamiento del restaurante y andar un par de kilómetros por la vereda hasta el prado del refugio de montaña abandonado. Allí montaría el campamento improvisado, sin acampar, y esperaría el acontecimiento: La última gran luna roja del milenio.
La camioneta amenazaba con desmontarse por los baches. La culpa de los accidentes siempre era de los conductores, jamás del mantenimiento, o ausencia de él, de las carreteras. Daba igual. Por eso había dejado el biplaza en el garaje. No eran caminos para coches de ciudad. El restaurante estaba cerrado, hacía unas semanas que la temporada había terminado. Mejor, así no tendría problemas al aparcar y no entrar a consumir. Aunque, un café caliente en el termo vacío le iría muy bien. Ya empezaba a refrescar.
Allí estaba, con treinta kilos de material fotográfico a la espalda y un frío que dejó su nariz a medio congelar. Eso que estaba bien equipado, con manta y saco de dormir. Nada ni nadie le iba a detener. Comenzó la ascensión al prado y fue ahí, cuando su mejor idea se despeñó. La mochila pesaba demasiado para su forma física. Fondant como le llamaban los colegas del club de pádel. Tardaría más de lo pensado para llegar a la meta. La luna le esperaría.
Al llegar al prado, había filas y filas de trípodes. ¿De dónde había salido tanta gente? Un poco más allá, un grupo grande, uniformados, con un gorro amarillo chillón, reflectante, “excursiones Matarile”. Entusiastas de los cielos cuando salía en los telediarios. Termos de café, guitarras, bolsas de patatas y un olor que recordaba a sus tiempos de universidad. Allí no se podía quedar. No era anti social pero el alma le pedía soledad para disfrutar del momento. No quería compartirlo con nadie. No había tranquilidad, no le apetecía hablar de nada. ¿Estaría la plataforma igual? El camino era más empinado y costaría mucho más esfuerzo. Sin embargo, merecería la pena. No habría otra oportunidad en 400 años.
El frontal era una ventaja. Utilizó el monópode como si fuera un bastón y después de un par de resbalones que casi dan con su cara en las piedras llegó al segundo mirador. Esta vez sí, no había nadie. “Matarile, rile, rile, hasta aquí no habéis llegado”. Un cartel de peligro le dio la bienvenida. Sí, era un mirador de estrellas, pero no solo para humanos. El proyecto de reintegrar lobos en la sierra había ido demasiado bien. Esperaba que con el bullicio de los excursionistas, la manada no se acercara en kilómetros a la redonda.
En aquel páramo no había dónde refugiarse. Desplegó la silla, adosada a la mochila. Se enfundó en el saco de dormir y esperó. Ojalá las nubes no hicieran acto de presencia. Podía controlarlo todo, salvo eso, lo más importante. No quería estar con Homer en Springfield.
Algo le rozó la pierna. El frontal no descubrió nada. Sería el viento colándose por la cremallera del saco. Si los cálculos estaban correctos, faltaban dos horas y quince minutos para la posición óptima de la luna. Todavía no estaba roja. Aun no era tamaño XXXL. Alguien tendría que inventar un saco de dormir con brazos. Cada vez que sacaba las manos, echaba de menos los guantes de esquiar. Tenía que aguantar. Solo eran ciento veinte minutos más.
Un aullido le tiró de la silla. Los lobos se quejaban de la fiesta de los Matarile. ¿Le harían una visita? Un escalofrío le recorrió la espalda, y no era por el frío. Al menos el trípode seguía intacto. Noventa minutos que parecían una eternidad. Café Quijano cantaban en los auriculares, desde Brasil. Le habría venido bien la taberna del buda para entrar en calor. Mejor tener la mente lejos del infierno helado. No era bienvenido para el viento.
Otra vez el roce de la pierna. Esta vez el frontal le mostró unos pequeños ojos y un hocico que olisqueaba en busca de calor. No era un lobo, no pasaba de chucho. ¿Qué hacía allí ese pequeñajo? No entendía de perros, y menos de los que no llevaban collar. El frío y el hambre habían hecho mella en su cuerpecillo. Lo leía en sus ojos. Él sabía bien lo que era el miedo. No pudo mirar a otro lado, actuó sin pensar. Abrió la cremallera lo justo para que se colara entre las piernas. Se hizo un ovillo a sus pies.
La luna desplegó toda su belleza. Ya vería las fotos en casa. Porque ni se enteró. Le pilló de espaldas, compartiendo el bocata con Golfo. Le recordaba al de la película de su infancia. Su esperada luna de sangre era en realidad una luna de chorizo.
