La mayoría de las personas viven su vida a base de hacer cosas y mas cosas. Nos gusta tener nuestros horarios repletos de actividades. Vivimos bajo la dictadura del reloj. Nos levantamos y prácticamente tenemos todo el día ocupado: nos duchamos mientras se hace el café, cogemos el coche y ponemos la radio para oír qué pasa en el mundo corriendo mientras llegamos al trabajo. El tráfico nos acelera más por los atascos y si llueve, ni te cuento lo que es una «gran ciudad». Llegamos al trabajo y encendemos el ordenador. Mientras se enciende, ya nos hemos acercado a la máquina de café a tomar lo que se puede llamar agua caliente con polvos. Nos sentamos, abrimos los programas oportunos y un expediente, revisión, llamada. Otro expediente, revisión, llamada. Y otro, y otro… Y si tienes algún cargo, el trabajo es casi: llamar, hacer números y reuniones. Se para para comer, cerca del edificio, y tras una hora en la que caen, primer plato, segundo plato, postre y café, se vuelve al trabajo. Y lo mismo hasta el final de la jornada. A las 18.00 salimos y cogemos el coche a toda prisa para no pillar el atasco de rigor. Nos vamos al supermercado a comprar, que siempre hay algo que comprar. Llegamos a casa, recogemos la compra, se pone la lavadora, el lavavajillas si hace falta, se saca la basura, separada para reciclar. Si no se ha podido antes, se limpia un poco. Si no, se queda con amigos, o se va a una clase de gimnasio, o a pasear. Después se cena y a cierta hora, tras comprobar que no hay nada interesante en la TV, te vas a dormir.
A grandes rasgos, podría ser un día normal. Agobiante y a veces te queda la misma sensación. Que has hecho muchas cosas, muchísimas; pero el día se te ha ido sin nada que recordar. Nos han enseñado a no dejar huecos. Sí, existe eso que se llama el espacio vital que nos recuerda cierto anuncio de TV, pero sin huecos. Lo viví en primera persona hace años. Iba con un grupo, un autobús, haciendo una peregrinación a Santiago de Compostela. Yo era una de las monitoras que iba en la parte trasera del grupo. Y mi trabajo, en las marchas era vigilar que no hubiera huecos. Era peligroso ir un grupo de 50 personas desperdigadas por la carretera. Ni que decir tiene que mi frase más recordada es «¡EL HUECO!». Aún hoy, aquellos que fueron, me lo recuerdan y en las dedicatorias del librillo de peregrino muchos la pusieron. Conseguí mi objetivo de no dejar huecos a base de gritarlo casi una vez cada cinco minutos.
Así caminamos por esta vida, intentando no dejar huecos en la jornada. Para sentirnos llenos. Aunque como ya he dicho, con el amargo sabor de que los días se nos van sin tener algo en ellos que merezca la pena recordar. Y es que ante los espacios en blanco, los huecos del horario nos agobiamos mas que en el propio caos del dia a día. Pensamos en lo que tenemos que hacer y hasta nos da cargo de conciencia no hacer nada en unos minutos. Nos juntamos con nuestra pareja y nuestros amigos y, si no dices nada, el silencio termina por incomodar. Cada uno tiene que demostrar que su vida es interesante. Hay que decir cosas, constantemente, aunque no escuches a los demás o lo que digas realmente no sea interesante. Por no hablar de la repetición de temas y el estar «pisándose» unos a otros para no dejar espacios entre las palabras.
¿Os imagináis qué pasaría si al escribir hiciésemos lo mismo?. No habría espacios en blanco entre las palabras. Dudosa comunicación, la verdad. En papel, se correría la tinta y se emborronaría todo. En el ordenador, la barra espaciadora dejaría paso a otras teclas «utilísimas». No habría puntos, ni comas, ni signos de puntuación. Repito, dudosa comunicación. Gracias a Dios, la tradición humana ha aprendido a que hay que dejar espacios entre las palabras. Así hablamos y no nos ahogamos. Así escribimos y al leer tiene cierto sentido.
Los espacios en blanco son los que nos ayudan a coger la fuerza para seguir. Parece que no sirven de nada; pero son indispensables. Al escribir, permiten que puedas pararte a reflexionar sobre lo que vas escribiendo. Al leer, que puedas parar a pensar en lo leído o dejarlo para continuar con otra actividad. Cada espacio en blanco es una oportunidad de frenar, de cambiar, de alargar el tiempo. En la vida, esos momentos en blanco posibilitan conversaciones alrededor de una máquina de café. Un paseo por los rostros de los que te rodean, un pensamiento en el silencio que nos hace conectar con nosotros mismos. Porque los espacios en blanco dan esa posibilidad de llenarlos con rasgos propiamente humanos. En esos momentos, se puede marcar el teléfono de un amigo/a que hace mucho que no sabes de su vida. O escuchar a alguien que lo necesita. O escucharnos a nosotros mismos, que suele ser con el que menos hablamos. Nos ponemos la careta de la prisa; pero en la quietud no podemos.
En mi vida he tenido la suerte de poder hacer retiros. No sólo a nivel religioso sino personales. Oportunidades de tiempo en que como si estuvieses en una carrera, pasas por boxes. Te paras. Parece que no haces nada, pero estás llenando el depósito de combustible. Hay mucha gente que busca ese tiempo en blanco. Unos hacen retiros, otros meditación, otros oración, otros dormir… Todo está bien. Retomando mi experiencia, ese tiempo de parar, casi sin actividad siempre a la larga ha sido mas productivo que la jornada que no los tiene. Al principio son incómodos, una pérdida de tiempo. Un poquito de esfuerzo y serán lo mejor de la jornada. Un momento, para escuchar el latido del corazón, respirar, cerrar los ojos y descubrir que si en el interior no hay paz, fuera no la vas a encontrar.
Repito, al principio asusta. No se aguanta y se buscan grandes experiencias para no tener esos espacios en blanco que al final todos tenemos. Pienso en mi vida y lo veo. Si no podía hablar en la quietud de un retiro, me ponía a escribir, a leer por leer, hasta a hablar con el espejo preparando futuros encuentros. Siempre terminaba con una sensación grande de ridículo. Poco a poco, conseguí calmarme y usar esos momentos para hacerme un pequeño examen. No estoy hablando de examen de conciencia, en plan juez y con fiscal. No, ya me juzgan demasiado fuera como para que yo también me ponga como heredera de Torquemada a recriminarme cosas. Habrá momentos necesarios para ello. También hay momentos de mirarse y decir «caray, si no estoy tan mal». Tampoco en plan narciso, que eso sólo provoca engaño. Mirarse dentro y ver qué me pasa. Bueno y malo sin juicios. Irse conociendo.
Es duro. No siempre vemos esos espacios en blanco, esas fantásticas oportunidades de hacer repaso. PERO EXISTEN. Pienso en muchos amigos que me ido encontrando a lo largo de la vida, empeñados en vivir a tope, en hacer ruido para no oirse a ellos mismos. Al final, siempre reconocen que viviendo tan deprisa, realmente no se vive.
Hoy me alegro de los espacios en blanco y doy gracias porque mis gafas no me impiden verlos. Son mis cargadores particulares y cada día veo que en mi jornada no hay muchos; hay los que necesito.
