Se levantó temprano. Su cuerpo seguía en modo trabajo. Aunque había desactivado la alarma de las siete, los ojos se abrieron de golpe cuando faltaban cinco minutos. El sueño se deslizó en silencio por la puerta antes que él se bajara de la cama.
Al subir la persiana, el horizonte le devolvió un saludo ambiguo y frío. El blanco horizonte contrastaba con las nubes negras amontonadas sobre el acantilado cercano. «Nubes de nieve». Tuvo la certeza de que, antes del anochecer, un manto blanco cubriría el lugar. Repasó mentalmente sus planes: esta vez, su único aliado sería el ordenador. Nada de bajar más escalones de piedra de los estrictamente necesarios.
Mientras en la cafetera caía la última gota del oscuro líquido, miró el calendario en la pared de la cocina. En origen, aquella alcayata debía sostener su viejo reloj, pero el tiempo parecía tener sus propios planes en este nuevo hogar: al primer intento de colgarlo, la cerámica resbaló de los dedos y estalló contra el suelo. Seguro que aún quedaba algún pedazo escondido entre los muebles de la cocina.
«¡22 de diciembre!». El recuerdo le golpeó con la fuerza de una ola. Se dirigió al salón, rescatando el mando de la televisión de entre los pliegues del sofá. El wifi era un milagro caprichoso de la modernidad, y rezó en silencio mientras pulsaba el botón de encendido. Aún no había empezado el sorteo. El canturreo de los niños de San Ildefonso, desde que tenía memoria, era el verdadero pistoletazo de salida de la Navidad.
Al abrir una de las cajas que más tumbos había dado en la mudanza, rescató un árbol pequeño y destartalado. Las luces, compradas en un bazar, eran una incógnita. Mientras intentaba desenredar el espumillón, el olor del ambientador barato le resultó ofensivo. Su nariz buscó, sin éxito, el aroma a rosquillas recién hechas y el dulzor del mazapán que impregnaba la casa de su abuela.
Buscó refugio en el espíritu navideño del pasado. Mientras los niños de San Ildefonso seguían con su cantinela, volvió al ordenador. Había muchos mensajes nuevos que requerían su atención como si fuera el aguinaldo. Estaba de vacaciones y no iba a caer en la tentación de abrirlos. Lo que puso en marcha fue el Spotify.
Le dio a crear nueva lista. El nombre no fue nada original: Navidad. Había muchas listas así, pero aquella iba a ser la suya. Quería poner las que significaban algo. Sí, estaban muy de moda los villancicos estilo Tandori como les llamaba. Era divertido, si los veías en los memes que acumulaban las redes sociales. Pero, por un instante, sintió la mirada de reprobación de su abuela. A ella no le hubiera una casa tan poco decorada y con música extranjera.
El tamborilero marcó el ritmo de bajar las escaleras. Estaba solo, los cascos dormirían en la mesilla durante mucho tiempo. Cargado con dos cajas descubrió que un quinto premio había caído en Vigo. ¿Sería donde había comprado los suyos? No recordaba si fue allí o en Pontevedra. Ya habría tiempo de comprobar que la salud seguía siendo lo primero.
Campana sobre campana, aun recordaba las de la misa de diez de la antigua casa. Para ese momento su calcetín ya colgaba de la barandilla. No tenía chimenea desde la última reforma aprobada por el Ministerio.
Con el burrito sabanero fue a la cocina. El Gordo seguía sin salir. ¿Alguien más bailaba con un villancico? Seguro que sí, aunque fuera en los festivales de los niños de primaria. Ninguno lo hacía tan bien como Tony Stark, pero bueno, eran entrañables e inocentes.
30 canciones eran pocas. Era hora de abrir la lista a otros clásicos. Le apetecía la compañía de Michael Bublé o el especial de Luis Miguel. Se sentó y echó un vistazo a su otra lista, la de tareas pendientes. ¿Cuánto tardaba en descongelarse un cuarto de cochinillo? Nadie iba a recorrer los tres kilómetros por el acantilado para darle una sorpresa.
Con la voz de Miliki deseando la paz en sus oídos, colocó el último detalle: una bandeja de plata heredada, rescatada de entre los paños de la última caja del día. En ella puso las marquesas y las peladillas, que le habían dado en la cesta de navidad. El turrón se lo había comido ya. No esperaba visitas; ni siquiera al repartidor de Amazon. Aun así, le llevó su tiempo colocar la corona navideña en la puerta de entrada.
E relámpago gris cruzó su retina. La soledad de Punta Robaleira tenía sus ventajas: nadie se quejaría de la música alta ni de sus bailes solitarios. Desde que tomó posesión de la plaza de farero, solo había visto a dos excursionistas lejanos y un pescador valiente que desafió las aguas traicioneras del acantilado.
Terminó de mejorar la lista de reproducción justo cuando la luz del día se ocultaba en el Atlántico. Se ajustó la capucha del chándal y subió la escalera de caracol para la puesta a punto de la linterna antes de la noche. Allá arriba, la luz blanca, visible a kilómetros de distancia, guiaría a los que todavía estaban perdidos en el inmenso azul, mientras él, en su refugio rojo, se dispuso a cenar con la mirada perdida en el mar.
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