La rubia del Cayenne

Hay personas que me demuestran una máxima universal: «Si no lo haces, es porque no quieres». ¿Por qué digo ésto? Es sencillo: todos los días, cuando voy a recoger a Dani al cole me encuentro con una mujer. No sé cómo se llama, para mí es «la rubia del Cayenne». Por si alguien no lo sabe, un Cayenne es un coche, el modelo 4×4 familiar de la marca Porsche. En algunas zonas de nuestras carreteras se ven bastantes y eso que no es precisamente un coche barato. El caso es que la rubia tiene un Cayenne y parece que por ello puede hacer cualquier cosa que le venga en gana: Aparcar en un paso de peatones, obstaculizar el tráfico parando en medio de la calle, dejar el coche «tirado» (eso no es aparcar) en bateria cuando todos los demás están en paralelo a la acera… Vamos que parece que es la típica que porque lleva coche grande es la dueña de la carretera y casi hay que pedirla permiso para ir por el carril de turno. Para ella no hay normas de tráfico (ni de civismo). El mundo entero se inventó, parece, para su uso y disfrute. No le importa lo más mínimo que su manera de actuar imposibilite el paso a las demás personas que van a recoger a los peques. Lo importante es lo que hace ella, lo de los demás no importa. ¿Cómo será su vida? No lo sé, supongo que tiene mucho dinero en el banco y que se dedica a lo que le da la gana. La típica que va a una tienda y pretende que la atiendan a ella siempre la primera. ¿Cómo educará a sus hijos cuando demuestra tal falta de educación en su forma de actuar? Debe creer que por tener una cuenta corriente de más de 4 ceros es diferente a los demás. Quizá es de las que piensan que los obreros deberían ser casi esclavos, que deberían trabajar sólo sin divertirse o sin ocuparse de los hijos. Vamos, que no me extrañaría que buscara playas privadas para no pisar la misma arena que pisamos los demás.

¿Y sus hijos? Buuufff, no quiero ni pensarlo. Desde pequeñitos pidiendo Levi’s, Lacoste, Nike o la marca pija que se lleve en estos momentos. Sin saber lo que son unos pantalones o un polo, porque lo nombran por las marcas, no por el producto. Pequeños tiranos del mundo consumista, que sólo miran sus caprichos, que lo tienen todo y que no valoran nada. Porque ¿sabrán valorar lo que tienen, la comida en la mesa, la ropa en el armario, una cama donde dormir y alguien con quién jugar? ¿Sabrán lo que es el compañerismo, el trabajo, el esfuerzo, lo que cuestan las cosas? ¿Sabran de la sensación que se tiene cuando recibes la paga de los domingos, cuando ahorras durante meses para comprarte un CD o un videojuego? ¿Podrán apreciar a los que les rodean por lo que son no por lo que tienen o pueden conseguir de ellos? ¿Sabrán querer de verdad? ¿Podrán enfrentarse a las dificultades de la vida? Porque siempre llegan, tengas dinero o no. Ojalá la vida fuera de otra forma; pero es que el dinero no te libra del dolor, físico o moral. Quizá podrás acceder a mejores médicos pero el dinero no compra la salud. Que se lo digan a las familias de los famosos que, aunque podridos de dinero, fueron presa del cáncer o del SIDA. El dolor no sabe de poder adquisitivo. Como decía aquella serie de TV «los ricos también lloran». Y quizá más que los que no tienen dinero, cuando se dan cuenta de que ellos valen lo que su cuenta corriente, no por ser mejores personas. Porque el dinero no les convierte en mejores personas, sino que produce dudas y miedos. Dudas porque no sabes si los que te tienden la mano lo hacen por ti o por tu cuenta corriente y miedo porque asientas tu vida en las posesiones y, el día que dé la vuelta la tortilla y quiebre la empresa, te quedas sin nada… o el miedo a que te lo roben, que enloquece a más de uno que deja de ser persona para ser Gollum diciendo «mi teeeesssooooorrrrroooooo». El problema no es tener dinero, sino dejar que el dinero nos tenga a nosotros. Se puede ser rico durmiendo en el suelo y pobre durmiendo en Beverly Hills.

Vuelvo a la rubia del Cayenne. Es el mejor contraejemplo que tengo actualmente en mi vida. Me muestra que si yo no actúo como ella es porque no quiero, no porque no pudiera hacerlo. Podría pensar sólo en mí, andar por la vida como si sólo existiera yo y mis circunstancias. Haciendo caso a Sartre en eso de que el infierno es el otro. ¿Quién quiere el infierno? Creo que ni siquiera los más frioleros quieren las llamas eternas. Podría pensar sólo en mí; pero entonces no podría quejarme cuando otros me hicieran lo que hago yo. Por lo que si a mi no me gusta encontrarme un coche aparcado en un paso de peatones, soy consecuente y no aparco mi coche en un paso de peatones, aunque eso implique dejar el coche a un kilómetro de casa. Si a mi no me gusta no poder dormir porque el vecino (o la feria) tiene la música muy alta, casi como si no llevara orejas… pues controlo el volumen y si es necesario me pongo los cascos. Si a mi no me gusta que un coche se me ponga pegado por detrás, yo no me pongo pegada al de adelante, dejo cierta distancia aunque eso implique levantar el pie del acelerador. Total, lo importante es llegar, no a la hora que llegues. No cuesta tanto pensar un poquito en los demás y si lo hiciéramos todos, quizá, el mundo sería distinto. Imaginaos por un instante que los que están de cara al público atendiesen como les gustaría que les atendieran a ellos. Sería fantástico poder hacer los trámites burocráticos pertinentes como personas, no como números. Dejarían de ser una pesadilla de pérdida de tiempo y malos humos, como si sellar una papeleta del INEM fuera hacer un favor al parado. ¿Lo que pido es una fantasía? Me gusta pensar que no, que es un síntoma de humanidad. Las cosas se pueden hacer con una sonrisa sin llegar a los extremos del joker de Batman. Quizá si nos empeñáramos en los pequeños detalles: sonreir, dar los buenos dias, saludar a los vecinos, dejar el mal humor o los problemas fuera del coche… pensar que estamos sirviendo a los demás para mejorar entre todos esta sociedad fría… quizá así todo sería más sencillo, más humano. Ojalá lo que digo no sea una utopía y haya más de uno que se levante por la mañana dando gracias por la persona que tiene a su lado, por poder despertar, por poder desayunar, por el dia que comienza y se esfuerce en ser el actor principal de su vida.

Por cierto, darle las gracias a la Rubia del Cayenne, no sé si estas palabras mías le llegarán algun día, porque ha sido una vez más piedra de toque para reflexionar sobre mi vida. El día que vea que piensa en los demás, le daré un gran aplauso.