Martes, 21 de mayo de 2024. Hace ya un tiempo, una persona me dijo que una de las cosas que no le había gustado de mi novela, “Arcoíris de Medianoche” era que tenía musicalidad, tenía ritmo. A su entender, y me remarcó varias veces que me lo decía para que lo mejorara en futuras novelas, había que eliminarlo, no era profesional, se notaba que no había pasado por las manos expertas de una editorial, que lo tenía que haber corregido si lo había detectado en una de las numerosas lecturas de reescritura del borrador. No me lo tomé a mal, aunque no la hice caso. Aunque fuera autopublicación, contraté los servicios de un corrector, el manuscrito estaba muy trabajado y no me dijo nada de la musicalidad en los meses en que trabajamos juntos. De hecho he visto libros de grandes editoriales menos cuidados en ese aspecto que el mío. Además, lo que para ella era un error grave, forma parte de mi estilo, de mi voz como escritora. No sé escribir de otro modo, sin importar que sean relatos cortos, artículos de opinión o novelas. Sí, entre las líneas de mis escritos, jugando con las palabras y los espacios en blanco, hay ritmo, hay música. No es tan clara como si fuera poesía, algo que por cierto no me gusta más allá de la brevedad de los Haiku, no tengo sensibilidad para pasar de tres versos. Cada uno tiene su talento.
Para gustos, los colores
Cuando expresas algo en público, nos movemos una vez más en la dualidad. Habrá gente a la que le guste y gente a la que no. Lo importante es saber a quién vas a creer. En mi caso, por ejemplo, yo sigo escribiendo igual. Habrá gente a la que no le guste, y gente que le gustará. Está bien. Es imposible intentar agradar a todo el mundo porque en ese caso me perdería a mi misma por ser lo que otros quieren o esperan de mi. Lo más sencillo es ser auténtica, estar en coherencia conmigo mismo, lo que me resuena, lo que me hace levantarme cada mañana y seguir adelante en mi camino. Si le gusta a los demás y me acompañan, estupendo, si no, pues ha sido un placer recorrer este trayecto y continúo. Es mejor ser una misma y aportar desde mi centro a ser una copia de otro escritor, por muy bestseller que sea. No soy la nueva Cervantes ni tengo ninguna intención de serlo. Claro que me gustaría vender millones de copias de mis novelas, obvio, pero no es el objetivo de mi escritura y si dejo de ser yo, el precio a pagar sería demasiado caro por muchos ceros que pudiera tener mi cuenta corriente. Estoy convencida que no serían tantos porque los originales son preferibles a las copias y en escritura no hay autotune.
¿De dónde viene la música?
Las palabras por sí mismas, son sonidos, aunque las leas en la mente. La escritura tiene una cadencia de respiración, un ritmo. Si quieres provocar impactos, usarás frases cortas y puntos seguidos. Solo es un ejemplo, hay muchos cursos de narrativa que lo pueden explicar mejor. En mi caso, son conocimientos que los aplico casi de forma inconsciente. Cuando escribo sé si quiero un ritmo lento o un ritmo rápido. Y pienso en el lector, sobre todo para las pausas a la hora de respirar. Además, soy de las personas que escriben con música y claro, no es lo mismo estar con Bluebird de Alexis French que con Breathe de The Prodigy. La música provoca unos estados completamente diferentes a la hora de fluir. Conecta con recuerdos y emociones distintas. Algo que me hace preguntarme con qué conectará Stephen King que escribe con música Heavy.
Playlist especiales para leer novelas.
Escribir con música va más allá de usar los cascos para no ir los golpes de martillo de los vecinos que se acaban de mudar o las voces más altas de lo normal de la acalorada discusión de otros vecinos, los pitidos de los coches, la máquina que limpia las calles, el ruido de los bares, y otra serie de componentes de la banda sonora de las ciudades. Hay novelas que transmiten su propia banda sonora. Algunas veces es propuesta por el propio autor, si cita canciones en el transcurso de la misma o bien, que añada su propia lista como contenido extra. Ya he visto varios casos, ahora es más sencillo, se comparte en redes sociales el enlace de la diferente plataforma y es algo diferente que suele gustar al público. Otras veces somos los propios lectores los que preferimos hacer las nuestras propias. Recuerdo que al leer una novela, cuyo nombre no voy a citar, comencé a poner canciones que me evocaban el mundo que me transmitía el autor. Ahora, cuando las escucho, mi mente se va a los párrafos de esa novela. Asocio canciones con lecturas. Me facilitan conectarme con las emociones de los protagonistas. La música es un vehículo estupendo para viajar a los universos que creamos con las palabras.
¿Alguien podría entender el cine en el siglo XXI sin música?
La banda sonora complementa y cuenta su propia historia. En el cine se ve con mucha claridad. Basta ver lo que provoca la música de Tiburón cuando la escuchamos, el estado de tensión que nos crea. En la narrativa ocurre lo mismo, seamos conscientes o no. Diría que en cualquier actividad humana, el ritmo nos acompaña desde el continuo latir de nuestro corazón, nos da la vida. No puedo imaginarme un mundo sin música. Para eso no me hace falta ser una virtuosa del piano o de la guitarra, que no lo soy. Por decirlo de alguna manera, mi pensamiento es rítmico y sé que eso se transmite quiera o no. Lo que para algunos es un error grave, para otros es un impulso vital. Y me gusta que sea así. Es posible que comparta ritmo con los que resuenan conmigo, que en este mundo dual puedan conectar mejor por moverse en la misma frecuencia de onda. Y sí, estoy escuchando música mientras escribo, puede que algún día comparta el enlace de mi playlist para escribir. Lo tengo tan integrado que las creo al mismo tiempo que inicio un proyecto, como las fichas de personajes o la escaleta. De hecho, para mi es más importante para provocarme el estado en que quiero contar esa historia.
¿Escuchas música para leer o para escribir? ¿Te resuena? Ya sabes, si te atreves te leo. Que pases una estupenda semana.
