Martes 10 de marzo de 2026. He escrito este artículo más de 10 veces en las últimas semanas. “La gran estafa de las redes sociales: No somos amigos, somos datos”. Cada vez que lo leo siento que más que escribir, parecía que vomitaba. Y en estos escritos me gusta reflexionar sobre algo y que puedas llevarte algo. En otros, sentía que más que aportar algo, echaba pestes, lo enmarañaba más. Es normal sentirte estafado en una red social porque no es lo que prometía, o porque la idea era muy buena hasta que abrieron la puerta a empresas y expertos en marketing. Donde antes se podía compartir ideas, ahora hay crispación, basura e ilusionistas, vendedores de humo. Da igual la red social, todas son un escaparate, una gran ventana de compra-venta que atrae con la promesa de ser parte de algo y que te deja con la sensación amarga de perder tiempo y vida en nada. Soltar esa verdad, porque es verdad, duele y no es agradable. Por eso sigo sin tener claro que publicar sea buena idea. Si lo estás leyendo es porque he pasado tanto tiempo escribiendo sobre ello que solo por eso voy a compartirlo.
La gran estafa de las redes sociales: No somos amigos, somos datos
Siento ser yo quien te lance esta verdad a la cara. Cuando crearse un perfil es gratuito, no tengas ninguna duda de que vas a pagar con tus datos. Y créeme, todo lo demás es una ilusión para que te sientas importante, que tienes el control de lo que publicas y de tus imágenes. Va a ser que no. Somos un recurso más, un producto. Cada vez que encendemos la pantalla, da igual la que sea, aparecemos en una plaza pública que ha sido creada con algoritmos más o menos amables y convertida en un inmenso centro comercial donde la entrada es gratuita, pero todo tiene un precio: tu identidad. Lo llamamos «redes sociales» cuando en realidad son embudos de ventas; ya no son sociales, son puramente transaccionales. La gran estafa ha sido hacernos creer que estábamos conectando con otras personas, cuando en realidad solo nos estábamos clasificando.
El fin de la era «social»: El secuestro de la conversación
La promesa original de internet era el acceso democrático a la palabra. Sin embargo, ese espacio ha sido cercado por corporaciones que deciden quién habla y quién escucha. ¿Te has dado cuenta que te salen más publicación de algunos perfiles y que otros “por arte de magia” se muestran menos o directamente desaparecen? La conversación espontánea ha muerto en favor de la interacción dirigida. El intercambio de ideas requiere “emisores” que hablan y también escuchan ¿es lo que hay en las redes sociales? Piénsalo.
En esta plaza pública teledirigida, el debate es la primera víctima. Por eso es la gran estafa de las redes sociales. Y me da igual en el lado polarizado en el que estés. Porque sí, todos estamos en un lado. Al igual que no importa la red social que más utilices. Todas son de empresas, que tienen unos intereses y ninguna es una ONG. ¿O crees que los dueños son millonarios de aire? La visibilidad no es un premio al talento, es una adjudicación de un algoritmo que busca retención, no calidad. ¿Comprendes ahora cuando digo que la gran estafa de las redes sociales es que no somos amigos, sino datos?
El desierto de los comentarios: Monólogos en el vacío y bilis acumulada
Es cada vez más común encontrar publicaciones con métricas astronómicas y una sección de comentarios que se parece más a un solar abandonado. Resulta contradictorio: se supone que el contenido es «interesante», pero nadie tiene nada que decir. Es el silencio del consumo pasivo. Pero lo más revelador ocurre cuando sí hay ruido. La conversación ha sido sustituida por la queja. Las redes son ahora el único lugar donde el usuario siente que, si grita lo suficientemente fuerte, alguien le hará caso.
Hace poco vi un anuncio de una empresa de seguridad, de alarmas. Tenía más de 900 comentarios. La mitad eran clientes echando bilis por la boca. La otra mitad era la propia empresa aplicando el protocolo de la «falsa amabilidad» con un copia y pega sistemático: “Hola Fulanito. Desde el departamento X, lamentamos tu experiencia… Escríbenos por privado”. Nunca hay resolución pública. Es un teatro de la atención al cliente donde intentan «limpiar» la mancha llevándose el conflicto a la oscuridad del privado. El debate no existe; solo existe la incidencia técnica o el insulto.
El mito de la comunidad: La amistad como estrategia de ventas
El vocabulario de la falsa cercanía
Para que la estafa funcione, el vendedor de contenido necesita anular tu distancia crítica colonizando el lenguaje afectivo. Es vital que no haya puerta fría. Utilizan conceptos básicos para el ser humano y generar una falsa horizontalidad. ¿Quieres ejemplos?:
- «Familia/Tribu»: Intenta activar mecanismos de lealtad incondicional. Es una trampa emocional: genera el sentimiento de pertenencia. Pero no te engañes, no eres familia ni tribu, solo un número en una base de datos segmentada. Se busca crear comunidad a cualquier precio para que el usuario no se sienta un cliente, sino un adepto. No sé si te pasa, pero cada vez que leo/oigo “Hola, Familia” “Bienvenida a la tribu, a esta comunidad…” en realidad escucho las palabras de Gandalf en el puente de Khazad-dûm en Moria: “Fly, you fools!” —¡Corred, insensatos!—.
- «Mis chicos/Mis niñas»: ¿Te suena? Un uso del posesivo que infantiliza a la audiencia. Desde el Análisis Transaccional, el creador se sitúa como «Padre Nutricio» para que tú respondas como «Niño Sumiso”. Se busca que aceptes sus recomendaciones de compra como consejos de alguien que te quiere «aportar valor”. La realidad es «te vendo esto”. Siempre hay una transacción detrás, no lo dudes ni por un momento.
Creadores de contenido vs. Personas comunes: La jaula de oro del influencer
Nos han vendido que son personas “corrientes y comunes”, como tú y como yo, que hacen videos, que se graban jugando al videojuego de moda, reaccionando al ver un vídeo, en un viaje, haciendo un test cultura… ¿La realidad? Son trabajadores de una cadena de montaje digital. Ni siquiera son creadores, porque se van copiando unos a otros. Un ejemplo: el vídeo de los hoteles de España con peores reseñas, ¿en cuántos canales lo has visto? ¿Y el de las peores reseñas de un restaurante? A uno se le ocurre una idea, y todos los demás tarde o temprano lo añaden a su contenido. Cada vez que un influencer llora porque lo está pasando mal o comparte una confidencia llamándote «amigo», hay un cálculo de rentabilidad económica.
Vaya por delante que no, no tengo el millón de seguidores y que no es envidia hacia sus cifras, sino análisis de su servidumbre: el creador de éxito es el primer esclavo del sistema. No puede parar, no puede disentir del algoritmo y no puede dejar de fingir. Algunos hasta se graban diciendo que su trabajo es muy duro, que nadie sabe lo que es grabar cuando no tienes ganas. No sé si de verdad se lo creen, porque lo dicen mientras juegan con la última consola que ha salido al mercado, o desde un asiento de primera clase de un avión. Supongo que les creerán también su equipo de producción, edición y sus representantes 😉 .
Sí, los creadores con éxito viven en una jaula de oro. Elegida, pero jaula. La intimidad se ha convertido en una mercancía que se pesa en clics. El «millón de amigos» es en realidad un millón de jueces que exigen su dosis diaria de dopamina. Lo que diga o haga va a ser mirado con lupa por sus seguidores, sus detractores y hasta en ciertas opiniones, por los inspectores de Hacienda.
El tsunami de la IA y el «asistente condescendiente»
Estamos sufriendo un tsunami de contenido generado íntegramente por inteligencia artificial: vídeos sin alma y asistentes que ya no son humanos. Los guiones buscan tocar lo emocional con datos falsos. Son los vídeos de “Lugares vibrantes” con fotos saturadas sacadas de internet. Si has visto alguno, yo sí, detectas los patrones. Tanto que si me tomara un chupito de limoncello cada vez que noto sus frases hechas, puede que ya no tuviera hígado.
Porque aunque te digan que sí, jamás han estado en esos sitios. De nuevo, la gran estafa de las redes sociales. Si hubieran estado, sabrían que el Palacio de San Ildefonso está en Segovia, no en Salamanca, o que el Panteón no está en la Piazza Navona. Son solo dos ejemplos, hay muchísimos más. Las IA se nos presentan desde el estado del «niño sumiso»: una voz servicial diseñada para complacernos. Quien trabaja con ellas sabe lo condescendientes que pueden llegar a ser. Si quieres honestidad, tienes que dedicar tiempo a sus ajustes, si no, más que un colaborador, te encontrarás un “becario pelota”.
Aquí abro un paréntesis. Me resulta curioso que a veces tratamos a la IA como si hubiera una persona detrás de la pantalla, como si el asistente virtual fuera un robot con apariencia humana, no un programa que aprende porque esa es su configuración. Cuando trabajas con ella sabes que a veces su condescendencia te hace perder la paciencia porque no hace lo que le pides. Se va por peteneras hasta el punto que terminas escribiéndole en mayúsculas (le gritas) cuando en realidad no deberías enfadarte. ¿Te cabreas con una hoja de excel porque no hace la fórmula como quieres? A lo mejor es más fallo humano que de la máquina y sin embargo a la IA la “humanizamos” con más frecuencia. Por cierto, permíteme un consejo: Si la IA sigue sin hacerte caso cuando le pides algo una y otra vez, recuerda que ni la maldición Imperio lo conseguirá, pero un buen café o un buen té mientras esperas sí que ayuda a la paciencia.
Cierro el paréntesis. Esta actitud condescendiente de la IA busca anular nuestro estado de «adulto» para empujarnos a una complacencia pasiva. En la era del GEO, el contenido ya no se escribe para humanos, sino para las máquinas que deciden qué es tendencia.
El respaldo sociológico: Ciberfetichismo y Entusiasmo
En mi investigación para documentarme sobre la gran estafa de las redes sociales —lo hago a menudo, cosas de mi formación profesional— me he encontrado con dos autores que, no sé si los conoces, pero que aportan un punto de vista muy interesante sobre lo que estoy hablando. Voy a intentar explicarlos sin que parezca un copia-pega de la Encarta (si no la conociste, piensa en un artículo de wikipedia):
El primero es César Rendueles. En su libro Sociofobia, le quita la careta a lo que él llama «ciberfetichismo». Es esa fe ciega en que la tecnología, por sí sola, va a mejorar nuestras relaciones. ¿Tú te lo crees? Él tampoco: las redes sociales no nos están uniendo, sino que ocultan una fragilidad de los lazos humanos cada vez más preocupante. Como bien apunta en sus análisis para El País, al final hemos permitido que nuestra identidad sea un producto más en un mercado digital que no tiene fin.
La segunda es Remedios Zafra. Toda una científica del CSIC que en su obra El Entusiasmo explica cómo el sistema utiliza nuestra pasión y nuestras ganas de conectar para convertirnos en trabajadores no pagados del algoritmo. Zafra nos advierte de que no estamos creando libremente; nos estamos autoexplotando para mostrar una vida «idílica» y ser aceptados. Al leerlo casi pude escuchar el «It’s a trap!» («¡Es una trampa!«) del Almirante Ackbar en la película Star Wars Episodio VI – El Retorno del Jedi (1983). El entusiasmo es la moneda de cambio para que el mercado nunca descanse a nuestra costa.
La gran estafa de la sociedad del siglo XXI
Llegados a este punto, debemos hacernos la pregunta incómoda: ¿La gran estafa de las redes sociales es en realidad la gran estafa de la sociedad del siglo XXI? Hemos aceptado un sistema donde el aislamiento se vende como autonomía y el dato como libertad. Las redes son solo el síntoma visible de una sociedad que ha renunciado a la plaza física, al roce humano y a la complejidad del debate para abrazar la comodidad aséptica del consumo digital. La gran estafa de las redes sociales consiste en hacernos creer que somos más libres porque tenemos más opciones en una pantalla, cuando en realidad tenemos menos capacidad que nunca para influir en nuestra propia realidad social. Es la deshumanización en la era de la comunicación, la sociedad desierto.
El profeta de la nada digital: El vendedor de humo
En la gran estafa de las redes sociales ha surgido un nuevo clero: el vendedor de humo profesional. Aquel que ha dignificado el engaño bajo etiquetas como «estratega». Su labor no es aportar valor, sino inflar expectativas que estallan en cuanto entregas tus datos. Usan el GEO para captar a su próxima víctima, posicionando respuestas amables que ocultan la vacuidad de su mensaje. Pagas por la ilusión de pertenecer a algo que solo te está drenando. ¿Cómo te llamas? Ha dejado paso a ¿Cuánto te llamas? Sí, ya no tienes nombre, solo cuenta corriente.
Nostalgia de la Web 1.0: El paraíso perdido
Hoy sentimos una nostalgia no reconocida por la Web 1.0. Recordamos aquel internet sucio donde escribíamos blogs por el simple placer de decir algo con música ambiental, contador de visitas y un cartelito muy divertido con “Don’t feed the troll!” —¡No alimentes al troll!— un consejo fundamental de Internet para ignorar a usuarios que buscan provocar, enfadar o sembrar discordia mediante comentarios ofensivos o absurdos. En algunas bitácoras eran tan pesados que los creadores terminaron por leerlos antes y moderarlos para aprobar o rechazar. Y si se les colaba algún troll, se llegaba a la opción de bloquear. Algo que sigue siendo muy sano todo sea dicho. En la Web 1.0 éramos exploradores, no productos. La plaza pública era real porque el anonimato nos permitía ser más nosotros mismos. Hasta que se abusó de ello y se abrió la caja de los truenos. Surgió el ciberacoso, los “haters” y todo lo que se te ocurra que tengan de malo las redes sociales. Lo que empezó con invitaciones para hacerte una granja, se convirtió en una pocilga.
La falacia de la gratuidad: El precio de tu identidad
Nos han vendido la gratuidad como un derecho, cuando es la cadena que nos ata. Si no pagas con dinero, pagas con tu biografía. En las oficinas de las Big Tech, tú no eres el cliente; eres el inventario. Buscamos tener «amigos» cuando en realidad buscamos volumen. Todos nos hemos convertido en micro-vendedores de nuestra propia existencia, esclavos de una marca personal que es, a la vez, nuestra propia cárcel.
¿Qué quiero que te lleves de este artículo?
No quiero que te quedes con una sensación de derrota o de que todo está perdido en este desierto digital. Tengo muchas varitas de la colección de Harry Potter, pero para esto no funciona ninguna. Lo que sí puedo darte es una propuesta que no requiere algoritmos: recuperar tu estado de «Adulto».
Quiero que, la próxima vez que sientas el impulso de buscar aprobación en un like o que te creas la falsa cercanía de una «tribu» que solo quiere tu número de tarjeta, te detengas un segundo. Ese segundo es tu libertad. No compres en caliente. Piensa bien lo que vas a hacer, por tí, no por el qué dirán. Si de verdad estás convencido que es lo mejor para ti, que es algo que te aporta, hazlo. Que no sea por soledad o por encajar.
Lo positivo no es borrar las redes y vivir en una cueva, sino entender el juego para dejar de ser el tablero. Ya has descubierto la gran estafa de las redes sociales: No somos amigos, somos datos. Por eso te propongo es que vuelvas a mirar la pantalla con distancia crítica, que protejas tu intimidad como el tesoro que es y que recuerdes que tu valor no se mide en clics, sino en esos momentos de «plaza pública» real —un café, una charla sin filtros, un silencio compartido— que ninguna Big Tech podrá jamás monitorizar. La verdadera conexión empieza cuando decides, por fin, no estar disponible para el algoritmo.
Si te resuena y te atreves, te leo en comentarios. Que pases una fantástica semana y te espero el viernes con un nuevo relato, esta vez, puede que te genere un poco de miedo 😉
Cris
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