Hace unos días releí a uno de esos autores a los que tengo especial cariño, Jose Luis Martín Descalzo. Periodista, como yo, su estilo era catalogado a veces como sencillo, incluso alguno diría simplón. Trataba cosas de las vida ordinaria, de lo que se encontraba al mirar por la ventana o pasear por la calle. Fáciles de reconocer en la vida de cada lector. Quién sabe lo que es plantarse delante de la pantalla en blanco, sabe que es precisamente eso, escribir de forma sencilla, la mejor manera de llegar a los lectores. Si usas palabras complicadas, no llegarán al final. Y da igual su nivel cultural. Si conoces bien un tema, puedes escribirlo de forma que todos lo entiendan. Si no, te escudas en palabras complejas, como si fuera una marca de autoridad que no mereces porque no entiendes lo que dices.
Releí sus textos y conecté con la persona que fui hace mucho tiempo. Casi pude escuchar en mis oídos su pregunta ¿A qué derrota llegas, muchacha? Él dijo muchacho, pero me gusta personalizarlo, darme por aludida.
¿Por qué lo releí? Porque estamos terminando 2023 y con 2024 en el marco de la puerta. Observo todo lo que he hecho este año que finaliza, las experiencias que quería vivir, las personas con las que quería compartir caminar… y sí, llego a varias derrotas. No me entusiasma usar la metáfora de la guerra para explicar mi vida. Porque lo que dices es lo que atraes. Más que derrotas, lo veo como cambios de camino, que no de alma. Lo que me despertaba ilusión en enero me ha demostrado que casi no me mueve en diciembre. Es normal porque el cansancio hace presencia con el paso de los días.
¿Me equivoqué en las metas? No. Todo es aprendizaje para descubrir hacia dónde quiero ir y por dónde puedo hacerlo. Si quieres ir en coche de Madrid a Barcelona, el camino más corto es, sin duda, la A2. Pero eso no quiere decir que no puedas ir primero a Andalucía y después coger la autopista del Mediterráneo. A veces nos empeñamos en llegar de una manera cuando nuestro nuestro recorrido nos muestra con claridad que hay que resolver ciertas cosas antes. Sin los aprendizajes de este año, sin soltar las cadenas que pensaba que eran imprescindibles, no sería quien soy hoy. Todo es aprendizaje, sí.
Hoy, con una nueva libreta de Bola de Dragón, mientras sitúo las diferentes coordenadas en el nuevo mapa de mi recorrido, hago silencio y proyecto lo que quiero para 2024. El camino ya se ocupará de mantener el plan si es lo que más me conviene o llevarme por sendas desconocidas. Si algo he aprendido en este 2023 que comienza a despedirse es la flexibilidad. Y si tengo alguna duda, un dolor en la espalda me lo recuerda, como un chivato, para no detenerme y estar atenta a las señales de certezas y misterio.
