¡Feliz 2011!

Lo sé, llevo sin publicar mucho tiempo; pero tengo excusa. Me encuentro en un momento en el que escribir «de cara al público» resulta un poco complejo. He dejado las pastillas antidepresivas. Me encuentro mucho mejor y eso implica nuevos proyectos, nuevas formas de tomarse la vida. Bueno, más que nueva forma, retomar mi manera de entender la vida. Si a eso le añadimos la Navidad, pues está claro que han sido días de no parar.

Siempre que se llega al fin de una etapa, al de un año, tendemos a hacer balance y a preparar lo siguiente. En mi caso, he hecho ya con la distancia, el balance del tiempo que he pasado en la empresa que he dejado atrás. ¿Cambiaría algo del 2010? NO. Se puede decir más bajo o más alto; pero más claro no. ¿Por qué? Bueno, creo que no estaría como estoy ahora, si el 2010 hubiese sido diferente. ¿Cambiaría un alpinista que está en la cima alguna etapa de la ascensión? ¿Acaso no se disfruta más cuando más te cuesta el reto? Sí, casi me cuesta la salud; pero también he aprendido cosas y tengo una experiencia diferente. Por no hablar de que no conozco a nadie que tenga una varita mágica para hacer olvidar, o borrar nuestra historia. Mereció la pena el 2010. Sin duda. Ha tenido lecciones duras; pero así se valora más lo bueno.

Navidades. ¡Qué distintas se ven las cosas con peques en casa! Son un no parar, a veces hasta agobia y pueden perder el verdadero sentido tan claro en la propia palabra. Que si adornos, que si lucecitas, ilusiones el día de los sorteos de lotería, comidas que causan estragos, cenas que dejan empachados, tradiciones, compras, cartas con deseos y buenas intenciones, propósitos para el año que empieza. Todos tenemos propósitos, aunque sólo sea empezar el año sin atragantarse con las uvas. Realmente, no hay mucho que cambie del 31 al 1. Somos nosotros los que hacemos que las cosas sean distintas. Podemos escuchar los valses de Strauss en otro momento, o ver a los esquiadores saltando en otras fechas… aunque no lo miremos igual. Hasta el turrón sabe distinto en Navidad. En alguna ocasión he encontrado por casa una tableta y al darle un mordisco fuera de las navidades como que sabe de otra manera, empacha más pronto, no está tan bueno… aunque no esté caducado. Cada cosa tiene su momento y me pregunto si en este mundo consumista hasta casi la adicción, estaremos perdiendo el gusto por ese disfrute. Ahora tenemos de todo gran parte del año. Antes había lo que se llamaba temporadas. Había cosas que tenían su temporada, su momento, las frutas, la verdura… hasta la ropa. Pienso en lo que se llamaba la «ropa de domingo». Se disfrutaba de otra forma. Ahora, en este primer mundo en el que vivimos en Occidente estamos tan llenos de todo que no llenamos nunca nuestra ansia.

Queremos más, más, más. Aunque no hagamos ni caso a lo que tenemos. Estamos más pendientes de nuestros deseos, que no vemos lo que ya está en nuestras manos. Como los niños que teniendo juguetes sólo piensan en los que no tienen. Y cuando los consiguen, siempre hay otros que se desean. Como si fuera un bucle eterno, sin fin, que va vaciando la felicidad. Aceptamos hasta sucedáneos de felicidad por no ser conscientes de que realmente nos estamos equivocando. Y el fin de año, cuando se hace balance, más de uno intenta hacerlo rápido para no descubrir la «nuez vacía». Luchamos contra lo que creemos malo, sin darnos cuenta de que quizá eso es lo que mejor nos puede venir. Nos pasa a todos. Sólo que a algunas personas se les ha girado la cabeza con tanto mirar a otro lado. Corremos tanto hacia lo que creemos la felicidad que realmente olvidamos realmente lo que es.

Sí, sé que me paso el día hablando de la felicidad y que parece algo abstracto. Pero nada más lejos. Felicidad es poder mirar hacia adelante, más allá de los 5 metros que nos pueden rodear. Es estar bien » en nuestro pellejo» pesemos 20, 30, 40 ó 100 kilos. Tengamos 2, 3  ó 4 ceros en el banco detrás de un número. Felicidad es hacer lo que nos toca hacer en cada momento, centrándonos en ello. ¿Parece sencillo? Lo es, lo que ocurre es que nos encanta complicarnos. La FELICIDAD la forman pequeñas felicidades, pequeños momentos. Y hasta que no nos damos cuenta de ello, vivimos en un amargor casi disfrazado. Pidiendo permiso a los demás para ser lo que pensamos que debemos ser. Aunque no seamos lo que somos realmente. Nos miramos constantemente en el espejo y en la aprobación de los demás. Intentamos vender un producto que nos oprime, que nos estrecha, que engaña… a quien se deja engañar claro. Intentamos hacer como esas dietas milagrosas que prometen resultados muy pronto comiendo piña, alcachofa o lo que sea. Intentamos que todo en nuestra vida sea «FAST». Recuerdo que hace un tiempo, en la empresa en la que trabajaba, en servicios recurrentes había algunos que llevaban una especie de pegatinas que ponía «Yo soy V…» (no pongo nombres por no hacer publicidad, que ya no me pagan… jejeje). Supongo que era por una especie de pertenencia, como un adherirse a unos valores que pretendían que definiera ese producto. Algo parecido al grito de «Yo soy español, español, español» que puso tan de moda el mundo futbolístico. Pertenecer a un grupo determinado puede dar orgullo, renombre, caché o como queráis llamarlo. Es como si quitara el resquicio de soledad que todos llevamos dentro. El caso es que las pegatinas de las que hablaba, duraron poco.

Quizá el tiempo en que a alguna mente brillante se le ocurrió otra idea sobre la personalización de la marca, como si ese «ente abstracto» que es la marca corporativa pudiera definir a las personas que trabajan en ese producto. El ser humano al servicio de lo que crea, de su trabajo… y no al revés. Parece obvio que son los productos los que están al servicio del ser humano; pero no siempre es así. En muchos casos, casi perdemos nuestra identidad a favor de un ente que nadie tiene claro lo que es. Hablamos de abstracciones como «la empresa», «la sociedad», «el Estado»… hasta la familia. Y perdemos de vista que la empresa si bien es una máquina de hacer dinero, también es un conjunto de personas con sus historias, con sus problemas, con sus ideas, con sus inquietudes y sueños. La sociedad es algo más que una masa dirigible, que noticias de corazón, el Estado es algo más que los politicos de turno que se dedican quién sabe a qué. Y la familia… es algo más que comidas, reuniones y otras extrañas historias. Todos los ejemplos son grupos humanos, más instituciones, son como organismos más o menos vivos, que deben responder a sus componentes. La pegatina «correcta» sería » Yo soy… » Sin más. es lo que nos recuerda cada año que empieza,. No sólo cada año, cada mes, cada semana, cada día. Cuando nos levantamos, es como si naciéramos al nuevo día, volvemos a la consciencia, despertamos. Cada uno elige como despierta. A veces dejándonos llevar, otras veces sabiendo el movimiento que hacemos. Despertamos, aunque sea para adentrarnos en el somnífero de la rutina.

¿Propósitos? El primero, como ya he dicho, no atragantarme con las uvas. Y no sólo con las del 31, sino con las que me den cada día. Podré quitarle los pipos, pelarlas… hasta que se hagan una especie de masa. Pero si me las meto todas juntas, se formará una pelota difícil de tragar, ni apreciaré su sabor. Seguro que habrá alguna mala, alguna más grande, otra más pequeña, una más dulce, otra más ácida. Puedo quedarme en los frutos, sin descubrir lo que pueden llegar a hacer esas pequeñas semillas que se me dan cada día. Porque no me las doy yo, no tengo en mi casa una parra que me dé uvas. Y, aunque la tenga, no puedo asegurar que dé frutos ni la cantidad ni el tiempo. Hay cosas que no controlo y que es mejor que no las controle. Así podré saborear hasta el recuerdo, imaginarme el olor, quedarme con algo más que con la presencia. Y dar las gracias por algo más que por educación. Sé que en el barullo de la fiesta, en la aglomeración de la plaza del reloj de turno, ya sea la Puerta del Sol de Madrid o en otro lugar, a través de la televisión (sea HD, o de las normalitas) podemos dejarnos llevar por esos segundos entre campanada y campanada y no pensar en lo que representan esas uvas, tradición por un excedente a la que se la pueden dar diferentes significados. Algunos, con comérselas todas tienen bastante. Y está bien. Cada uno debe amoldarlo a su situación, a su persona. Buscar alternativas, al menos razonables, porque sustituirlas por 12 sandías no creo que sea la mejor idea. Y después jugar las cartas que se nos barajan, sin mirar las del de al lado, porque no son las nuestras, por mucho que nos pese. Cada uno tiene que hacer lo que pueda, el mejor juego posible, sacarle el mayor beneficio, no siempre será económico.