Aquel objeto no encajaba para nada en el blanco impoluto del salón. Era una pieza de vidrio pesado, rescatada de un mercadillo de artesanía de los que ponen en los pueblos cuando se vacía una casa. Se enamoró de él y sin pensárselo mucho se lo llevó. Pegaba tanto en su diseño minimalista y moderno como dos pistolas a un santo. Era un espejo herido, lo descubrió al desembalarlo: el azogue se estaba desprendiendo. Esa amalgama de mercurio y estaño, que en un principio fue una superficie líquida y brillante capaz de atrapar la luz, se había rendido ante la humedad y el deterioro de los años. El metal, que por siglos fue el alma de los espejos, se deshacía ahora en grandes escamas oscuras, como la piel de un reptil que se niega a cambiar de estación, dejando tras de sí manchas negras y calvas de transparencia absoluta.
Cuando era más joven, en clases de pretecnología allá por la EGB, la habían enseñado a tratar la parte de atrás de un espejo, con un punzón y un cincel, crear una figura y después pintarlos de negro para que resaltaran. Es lo que pensó hacer cuando lo vio por primera vez allí, sin marco, al lado de un trillo desconchado y unas puertas rústicas de madera a las que le faltaban las visagras. El suspiro de alivio del vendedor le dejó claro que el espejo que compraba no era tal ganga. En casa es donde se quedó con una escama en la mano y todo su sueño de restaurarlo se hizo añicos. Lo difícil no era la parte de atrás sino el frontal que estaba, nunca mejor dicho, mantente mientras cobro. Era demasiado tarde para devolvérselo al artesano. Hacerse otros 200 kms de ida, discutir por un final incierto no merecía la pena. Se sirvió una copa de blanco y lo dejó apoyado en la pared. Mañana sería otro día.
Preguntó en la cristalería del barrio y el aprendiz de tercera generación le dijo que por el precio del arreglo, se podría comprar tres en cualquier tienda sueca. Era antiguo, con lo que su reparación era costosa y no todos los cristaleros podían hacerlo. Ni siquiera su padre. El chaval dijo que si alguien podía curar su espejo herido sería a lo mejor el abuelo y eso solo cuando su demencia senil le diera una tregua. Si quería aprovechar su inversión lo mejor era quitarle todas las escamas y usarlo de barandilla. Hasta le saldría más barato el trabajo. En una mañana podrían hacérselo con la nueva tecnología que había llegado de China. Rechazó la idea de inmediato. Pensar en ese espejo como una barandilla tenía el mismo sentido que usar un cartón de Goya como alfombrilla de ratón.
En el camino a casa, con el espejo embalado con papel de burbujas, se cruzó con un par de chicas que estaban haciendo un streaming por la calle, como si fueran divas en una alfombra roja. Bailaban, tiraban besitos a la cámara y corazoncitos coreanos. Sabía quiénes eran porque en su búsqueda de información en redes sociales, las había visto alguna vez. Se enfadaron y mucho porque se les había colado en el plano justo en un momento en que no podían activar los filtros y ese objeto tan feo les obligaba a hacer de nuevo la coreografía por completo. Si bajaban de seguidores, tendría que pagárselo. Se enteraría de quiénes eran ellas. Sí, pensó, unas niñatas de diecisiete, muy retocadas y sin ninguna educación. La vida tarde o temprano las pondría en su lugar.
En la soledad de su hogar, con el pijama puesto y una taza de te sin teína, se detuvo frente al viejo espejo herido, apoyado en una pared que iba a ser su sitio y que estaba claro que así jamás lo sería. Aún cubierto por el paño morado, le recordó a un crucifijo el Viernes Santo. Sí, no encajaba en un mundo de rostros editados y superficies lisas. Ese mundo donde lo visual era una dictadura de la nitidez, donde cada imagen que se consume es procesada hasta el más mínimo píxel, editada y reeditada, donde las sombras son errores y las líneas de expresión, fallas que deben ser borradas. En las pantallas, todo era una llanura sin accidentes, una belleza gélida que no respiraba, protegida por un azogue digital que no permitía que nada se filtrara a través de la imagen. Lo sabía bien. Ella era diseñadora gráfica. Ya no podía distinguir entre imágenes reales y hechas por IA. Sus clientes las querían perfectas, tanto, que a veces más que profesional se sentía una esclava de la perfección en un mundo irreal y artificial.
Pasaba el día curando la piel de influencers en una pantalla de 27 pulgadas, pero era incapaz de detener la hemorragia de mercurio de aquel vidrio viejo. El azogue era un metal inquieto, una sustancia que en su estado puro se escapa entre los dedos, y en aquel cristal parecía estar protagonizando una rebelión lenta. Donde debería estar su frente, el mercurio se había oxidado hasta desaparecer, lo que permitía ver el vacío de la pared detrás del cristal. Era como si su pensamiento estuviera expuesto, integrado en la estructura misma de la habitación. Se movió un milímetro. El reflejo era errático, caprichoso, una coreografía de luces y sombras que no obedecía a ninguna orden de estética preestablecida. En las zonas donde el metal aún conservaba su capacidad de respuesta, su piel se veía cansada de maquillajes y cremas. ¿Existiría un Kintsugi para los espejos? Difícil porque el oro no reflejaba las imágenes en un espejo herido. Se fijó en su rostro. Allí estaba la pequeña cicatriz en la ceja, rastro de una prisa infantil que acabó pagando con sangre en la pared alicatada de la piscina municipal. También encontró el surco gris que el cansancio y el insomnio habían cavado, con la paciencia de un artesano, bajo sus ojos.
“Esto no es una imperfección”, pensó, mientras la punta de sus dedos recorría la superficie fría y picada del vidrio. “Esto es mi biografía escrita en la cara, y el azogue nunca tuvo la fuerza y la intención de ocultarla. Será un espejo herido pero aun muestra la realidad no editada”.
Mientras que en su trabajo las imperfecciones se perseguían y se eliminaban para siempre con un clic, en la vida real, la imperfección tenía derecho a existir, aunque fuera el triste recordatorio de la temporalidad vital. La vida de las pantallas era pura intención, artificial, filtrada en sus dosis justas para provocar reacciones, admiración o venta. Inmortal en el mejor momento, hasta que alguien decidiera que el canon de belleza había cambiado. El espejo sin azogue, en cambio, le devolvía una imagen fragmentada, herida, pero profundamente vibrante. Al perder parte de su capa de plata, el espejo perdía también su soberbia. Un espejo perfecto siempre dice “Si me miras, te verás”. El discurso de un espejo herido es más un susurro, como si fuera el aliento de Dios para recordar “Mira lo que hay detrás. El tiempo pasa quieras o no”. Sí, ya no contaba con la autoridad de un juez; le permitía, simplemente, estar presente. En los huecos donde el mercurio fallaba, ella podía ver lo que había detrás de su propia efigie: la realidad del espacio, las sombras de la pared, que tampoco era perfecta, o de los muebles, el aire denso de quien habita un lugar de verdad.
Allí, ante el espejo herido, se dio cuenta de que el azogue funcionaba como una armadura de vanidad. Paradojas de la vida. Esa superficie lisa, pulida, brillante, impoluta tenía un precio muy alto en la fábrica. El mercurio es una sustancia tóxica si se respira demasiado tiempo. “Quizá la perfección también lo sea” pensó mientras contemplaba su reflejo. Pensó en el streaming de las chicas. No sabía su número de seguidores. ¿Las seguirían viendo cuando pasaran los años? ¿Dónde estarían todos los youtubers y los tiktokers que veían los jóvenes y para los que trabajaba ella en edición de vídeos cuando tuvieran cuarenta, cincuenta, sesenta años? Vivir de cara a la pantalla tenía un precio muy alto y quizá fuera como el dicho popular: “Vive rápido, muere joven y serás un bonito cadáver”. La perfección sería cruel, siempre lo era cuando la juventud pasa y el tiempo pesa.
Cuando el espejo es impecable, solo te permite ver la superficie; te obliga a quedarte fuera, rebotando infinitamente en tu propia imagen terminada. Es una barrera que te devuelve tu propia máscara. Pero cuando el metal se oxida y cae, cuando el espejo pierde su capacidad de reflejar con exactitud, se convierte en una ventana. Una frase se coló en su cabeza más advertencia que amenaza: La perfección es un entorno estéril donde nada crece. Nada en el mundo de los seres humanos es perfecto y buscarlo era igual de tóxico que el mercurio. Claro que buscaba la perfección en su trabajo como un periodista la objetividad. Ambas eran unas tiranas inalcanzables. Hasta la naranja más perfecta y con mejor pinta del supermercado podía ser insípida, hasta ácida.
Apagó la luz del salón, dejando solo la chimenea de la televisión que la acompañaba en sus momentos de relax. Bajó un poco la playlist de Lounge fuera del trabajo. No iba a encender el ordenador hasta el lunes por la mañana. Se sentó con los pies bajo las piernas en el sofá y se dedicó a mirar los restos de azogue que brillaban con una luz opaca. Le dijeron que era un objeto feo, sin arreglo, un desastre. Cualquiera lo habría escondido en un sótano o en el trastero, si es que no acababa en el punto limpio. Pero ella no lo hizo. Ya estaba rodeada de intentos de perfección en su día a día. Era un objeto que ya tenía sitio. En su rincón de lectura para que cuando levantara la cabeza, en vez de un juez, un inquisidor, la superficie de un espejo herido para el mundo le devolviera algo genuino, una mirada de aceptación y compasión. Un reflejo que sin ser perfecto era real y muy vivo.
Aquel objeto desvencijado le daba una gran lección de coraje. No era un espejo herido que se negaba a ser tratado como una barandilla. No, era un espejo, igual que cuando salió de las manos de su hacedor, al que el paso de los años le habían hecho mella. Era un espejo que ofrecía la realidad sin filtros y que invitaba a ir más allá de las circunstancias, de los reflejos que no se podían tocar. Era un grito, un recuerdo visual de trascender lo que la rodeaba en su día a día. Aunque su mundo laboral fuera mostrar la perfección, la juventud, la belleza en todos los sentidos, ella no era eso. No era una imagen perfecta diseñada para agradar, sino un ser de carne y hueso, que se gasta y desgasta con el servicio, que cambia, que se erosiona con cada decisión y cada año cumplido. Al final, la verdadera belleza no residía en lo que el espejo devolvía, sino en lo que dejaba pasar a través de sus grietas que no eran de oro, pero sí muy valiosas. Cada arruga de su cara, como cada cana de su cabello, era muestra de su proceso vital, de dejar de ser una potencia, una promesa, para ser una realidad. Sin filtros, sin mentiras, solo ella.
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