La Propiedad de los Olvidados

En mitad de la noche escuchó, o al menos creyó escuchar, un timbrazo. Se sobresaltó con el silencio roto por la bocina. Se levantó de la cama, sin hacer ruido y, a tientas, buscó algo de abrigo en la silla que ya no servía para sentarse. La casa estaba en penumbra, solo contaba con la luz amarilla de las farolas de la calle que se colaba por los pequeños agujeros que el tiempo había hecho en las persianas. Anduvo con cuidado para no tropezar con los zapatos y se paró en la puerta de entrada. Contuvo la respiración y se atrevió a asomarse por la mirilla al descansillo. Si hubo alguien, ya se había ido. Aun así, ni el corazón ni sus pulmones dejaron de ir al trote. 

Clac, clac, clac. ¿Qué podía hacer? Se había desvelado pero era pronto para vestirse y cumplir con las labores cotidianas. Volver a la cama tampoco era una opción, salvo que quisiera hacerse una croqueta con el edredón. No había nada interesante en la televisión. Tampoco quería leer. Nada de pantallas a las tres de la madrugada. Se dirigió a la cocina y cerró bien el grifo. Le ponía nerviosa el goteo. 

Se acurrucó en el sofá, cerró los ojos y se dejó ir. La mente seguía en su particular carrera contra el tiempo. Cuando volvió a subir los párpados, todo había cambiado. Se encontraba de nuevo en la cama. No recordaba el camino de regreso. La persiana estaba medio subida y el sol tenía prisa por dormir. En la silla no había ropa y el color de las paredes ya no era el rosa pastel que había pintado en verano. Es lo que más le chocó. No estaba en su piso, eso es lo que pudo deducir porque no se encontró las escaleras al lado de la puerta. Ni siquiera llevaba su ropa. Con desesperación buscó un espejo. El sudor frío le acarició la nuca cuando descubrió que en el baño solo había baldosines.

Fuera, la ciudad había dado paso a una nube blanca, iluminada, sin horizonte. Una bruma que se había alejado demasiado del mar. Percibió un sabor a salitre que tampoco cuadraba. Se calzó con prisa sus botas desgastadas que descansaban cerca del armario, pero no pudo salir porque en la puerta no había pomo al que aferrarse. Su corazón ya estaba al galope. 

Subió las persianas para abrir las correderas. La terraza era un patio, de cemento encalado, con un sumidero en el centro y una cadena oxidada que, en algún tiempo pasado, amarró a un perro. Una vieja caseta le seguía esperando en un rincón. Subió al muro por una escalera de cajas. Pagó con sangre su ascenso. Sí, definitivamente no estaba en la ciudad. Allí no había acantilados.

No podía salir de esas cuatro paredes. Intentó morderse el pulgar. No era el mejor modo de quitarse la astilla y lo sabía, pero no tenía pinzas. Se extrañó. El dolor que sentía no venía de ahí. Pensaba que sí, que ese pinchazo instalado en su mente que peleaba por su atención con el clac, clac, clac, venía de la herida de su palma. Pero no. Tenía una nueva. Con la mano sana palpó la piel de su espalda, contorsionándose, y se dio de bruces con una cicatriz que al acostarse no estaba. 

Volvió dentro para buscar el baño, pero no estaba donde recordaba. La casa había cambiado. El sofá había desaparecido y el reloj estaba mudo. El pasillo era tan largo como su nueva cicatriz, el ciempiés dormido que sus dedos habían descubierto en la espalda. El sudor frío hizo de nuevo acto de presencia. 

Entonces lo vio. Apoyado en la pared del fondo, había un espejo de mano. Un destello en el suelo en medio de la oscuridad. Era un objeto de plata ennegrecida y vieja, como el que había en casa de su abuela. Se arrodilló, lo recogió y al girarlo hacia su rostro, el silencio fue más fuerte que el grifo y la astilla. 

El reflejo no era humano. Carecía de nariz y de boca. Se sentía como siempre, sin embargo había cambiado. Sus ojos eran negros y donde antes hubo una pupila, el reflejo le devolvía un punto rojo, como una gota recién puesta por un pincel. Bajó la cabeza y con horror comprobó que donde antes estaba su pecho, ahora se hallaba una membrana oscura. Al tacto no era piel sino la boca de un conducto de gelatina que le atravesaba el cuerpo. Comenzaba en la membrana viscosa y terminaba en la costra rugosa de su espalda que se asemejaba en el tacto a un ciempiés. Su torso se había convertido en arenas movedizas. 

La escolopendra de la espalda tiró hacia atrás, hacia el sumidero del patio. Se agarró al marco de la puerta del pasillo en un vano intento de no retroceder. Su vista seguía fija en un espejo cuyo reflejo era engullido poco a poco por la niebla. Sin boca y sin nariz, solo quedaba su memoria. El timbrazo en la puerta sin pomo resonó de nuevo. Cerró los ojos y se dejó arrastrar, sus fuerzas habían perdido la batalla contra el sumidero del patio. Allí se enganchó su cicatriz, como una llave en una cerradura y se convirtió en un embudo del cielo al suelo. Todo pasaba a través de la membrana oscura del pecho y no podía hacer nada. El cuerpo temblaba, se agitaba con cada objeto que lo traspasaba. El dolor no se podía comparar con nada de lo que había vivido. 

Un tornado se instaló en su pecho y fue tragando sus recuerdos. Allí estaban su antiguo triciclo, el jersey de punto, una locomotora, una pluma de caoba, agua de mar… Cada uno de ellos iba entrando al ritmo del clac, clac, clac. Como monedas en una máquina tragaperras. El ciempiés de la espalda se tensó. Algo al otro lado del sumidero quería abrirlo para acceder a los recuerdos. Con cada pinchazo estaba segura que se desmayaría. Quizá así sería mejor. Giró la cabeza y ya no veía la  casa. Sus ojos de globos negros con esa gota roja se adentraban en la cabeza, como si también fueran engullidos por la membrana del pecho. Su única referencia como humanidad era su pensamiento. 

Con cada clac había ido perdiendo un sentido sin ser consciente hasta ese momento. Ya no era una persona, solo una propiedad, como una mochila donde otro guardaba cosas a su antojo. El ciempiés de la espalda era una cremallera que abrían y cerraban unas manos desconocidas. Se sintió como aquellos ositos de peluche que anunciaban, los que podían guardar el pijama o los secretos de los niños. 

Las manos se adentraron en la espalda como si quisieran hacer un águila vikinga. Las yemas de los dedos salieron por la membrana oscura del pecho y agarraron con fuerza el tornado. El tirón final fue seco, un chasquido que no dolió porque ya no quedaba sistema nervioso que procesara nada. Las manos desconocidas se llevaron el tornado y con él su pasado, su nombre, su voluntad, su alma.

La carcasa de piel que había sido su cuerpo, cayó sobre el cemento del patio, se deshizo en un charco, en una masa de fluidos que se tragó el sumidero. Ya no era una mujer, solo un rastro que se olvidaría tras un manguerazo. 

La bruma blanca comenzó a disiparse, revelando que aquel acantilado no daba al mar, sino a una extensión infinita de estanterías metálicas donde se apilaban miles de vasijas llenas de gelatina, igual que ella, cada una marcada con un número de plata ennegrecida y vieja: 100, 101, 102…

De pronto, un sonido familiar rasgó el silencio nocturno. Un timbrazo. El fundido en negro abrió el objetivo para centrar la atención.

En un piso cualquiera de una ciudad cualquiera, una mujer se sobresaltó en mitad de la noche. Se levantó de la cama a tientas, buscó algo de abrigo en la silla de la ropa y caminó hacia la puerta. Al asomarse por la mirilla, no vio a nadie, pero sintió un pinchazo extraño, una punzada instalada justo entre el pecho y la espalda.

La mujer se acurrucó en el sofá, tras pasar por la cocina a cerrar un grifo que goteaba, cerró los ojos y se dejó ir, sin saber que el inventario acababa de renovarse. En la Propiedad de los Olvidados, alguien acababa de colocar en la pila de una cocina, bajo el grifo, una vasija vacía con el número 103 grabado. El ciclo de la propiedad era perfecto: para que alguien recordara una vida, otro debía olvidarlo todo en la oscuridad del sumidero.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *