El triunfo del espejo

Una de las cosas que mas llaman la atención en nuestra casa es que en dos de los baños no hay espejos. Y no es que no nos guste mirarnos en ellos, es que aún no hemos encontrado el que nos guste. El espejo es siempre un aliado, que me recuerda constantemente que puedo ser feliz y que merezco serlo. John Powell contaba en uno de sus libros que había puesto una frase en su espejo que decía, algo parecido a: 

«Mírate. Tienes delante a la persona responsable de tu felicidad». 

Parece una tontería; pero es una gran verdad. Mi felicidad no depende de nadie de fuera, sino de mi misma, de encontrarla dentro. No depende de que los que me rodean me hagan feliz, ni de tener, ni de que me toque la lotería. No depende de que mi vida sea un cuento en el que todo sale bien. No depende de las circunstancias, sino de mi. Y eso cambia toda la perspectiva.

La felicidad no hay que buscarla fuera, sino que la tenemos dentro y depende de cada uno de nosotros encontrarla y ser feliz. En nuestros líos, en nuestros baches, en nuestra vida cotidiana, se puede ser feliz y de verdad. La felicidad no es un sentimiento en plan montaña rusa, sino una forma de entender mi vida, depende de mi. Y no sabéis lo que ha costado aprender que mi felicidad depende de mi. Y es verdad, porque no vale de nada tener muchas cosas o tener a alguien que te ame con locura si tú no eres capaz de amarte a ti mismo. Si yo no soy feliz, no podré hacer que lo sea otra persona. Algo vital y que, desgraciadamente, no nos suelen enseñar.

Creemos que la felicidad depende de las cosas que hacemos. Proviene de un pequeño escollo de nuestra niñez. Lo decía Martín Valverde, los padres comenten un error sin querer queriendo con la frase:

Si te portas bien, te quiero mucho

Y esa frase tiene una experiencia implícita, que es si te portas mal, te quiero poco. Y convertimos el querer en algo que tenemos que conseguir a base de hacer cosas. Siento decirlo, pero el cariño no puede nunca conseguirse. Los padres quieren a los hijos, hagan lo que hagan, les guste o no, es algo que firmas en el «contrato» de ser padre. Yo no he hecho nada para que mi marido me ame; pero lo hace. ¿Por qué?. Aparte de porque le da la gana (y esa ya es una buena razón) porque descubrió en mi algo que despertó su amor. Él ya lo tenía dentro, Sólo él sabe los motivos.

Mi felicidad depende de mí y mi autoestima juega un papel importante. Yo puedo apoyarme en el amor de mi familia, de mi marido, de las personas que me quieren para darme cuenta de que merezco la pena. Mas el trabajo es mio. Soy yo, quien se tiene que querer primero. Con fallos y virtudes. Porque yo soy así, tengo defectos y también virtudes. No soy ni una santa de escayola, ni una diabla con cuernos y todo. Y si yo no me quiero, difícilmente podré aceptar el amor de los demás y tampoco podré amarlos. Con lo cual, todo depende, todo parte de mi. Y lo que cuesta en esta sociedad volver al uno mismo. Vemos los libros de autoayuda o de los gurús de la New Age y pensamos que eso no lo necesitamos. La verdad es que no sé si los necesito; pero sí que sé que de hasta las cosas mas nimias se pueden sacar cosas buenas. De todo se puede sacar algo. Evidentemente no puedo pensar igual leyendo filosofía que leyendo a Paulo Coelho; pero sí que puedo sacar ideas de ambas partes que me ayuden en mi vida, pasándolo por mi tamiz.

Escuchamos la radio, vemos la tele, hasta leemos el periódico y ¿qué nos queda? Un recuerdo y poco mas. ¿Lo llevamos a nuestra vida? Quien sabe, porque la mayoría de lo que nos ofrece la sociedad es difícil de que se quede. Eso no significa no pensar, simplemente que tienes que currar un poquito. Todo lo tienes en ti. Todo está en el yo. Tienes que empezar a pensar que eres parte de la solución de tu vida, porque depende de ti. No puedes ser parte del problema, porque tu vida eres tú y los problemas son un 1% de ella, nada mas. Una vez que te quieres, empiezas a tener seguridad, serenidad y a disfrutar del paso del tiempo. Y, una vez mas, aprovecho para insistir en que soy yo quien tiene al tiempo y no el tiempo quien me tiene a mi.

Cada día, el espejo tiene que triunfar, tiene que recordarme que soy la protagonista y quien es responsable de mi felicidad. Y cuando llegue la noche y vuelva a pasar por el espejo antes de irme a dormir, echarle un vistazo y decirme: eres mi nº 1, lo has conseguido. Ah!, se me olvidaba, suelo usar un truco para conseguirlo, lo llamo GPA. No es el Gran Premio de Automovilismo, sino el acrónimo de tres palabras: GRACIAS – PERDÓN – AYUDA. Se trata de unos pequeños momentos en que en el día pienso en cosas por las cuales tengo que dar las gracias. Reconocer aquellos fallos por los cuales tengo que pedir perdón y ver en qué situaciones tengo que pedir ayuda. A lo largo del día puedo tener momentos en los cuales puedo descubrir cualquiera de las tres palabras, y me hace estar al tanto, para vivir el día con fuerza y sabiendo lo que soy y quien soy.