El tiempo de los escritores

Estaba contento. Tras echar tantos curriculums como horas tienen tres meses, por fin, ¡por fin!, le habían dado una oportunidad para trabajar en una pequeña editorial de barrio, en la parte Este de Salamanca. Hacia allí se dirigía en su viejo C3 color cielo. vestido con un traje, era su primer empleo, había que dar buena impresión aunque la corbata de las bodas le apretara demasiado el cuello. 

La primera en la frente. El securata le mandó a talleres sin preguntarle nada más. El encargado al verle le indicó el camino de los vestuarios y así, enfundado en un mono azul con lunares de grasa y que no era de su talla, comenzó a revisar las rotativas. 

No tenía ni idea de lo que estaba haciendo. Lo suyo era escribir no la mecánica. No habían llegado a las once y Julián, el encargado, ya lo había mandado a la oficina. Allí sabrían qué hacer con él sin que estropeara nada. 

Se puso el traje y tampoco pegaba nada allí. En la primera sala todo eran mujeres mecanografiando a un ritmo vertiginoso. Santi no sabía hacer eso. Se defendía con los teclados e iba rápido, pero no tanto. Una de ellas le miró por encima de las gafas y con un gesto le marcó el camino de salida. Si le habían contratado sería para algo. 

En la siguiente sala le esperaban cientos, miles, de cajas de cartón y una mesa vacía. No había ventanas, solo una pequeña luz de escritorio. Allí, por fin, conoció a Emma. Ella había dado el visto bueno para su incorporación. Llevaba un rato esperándole y no le interesaban las excusas. Su labor consistía en leer manuscritos y hacer una pequeña criba. Cuanto mas rápido lo hiciera, mejor para su bolsillo. ¿Criterio? Sin faltas de ortografía lo primero y que la historia le enganchara en las primeras páginas. Si pasadas las veinte primeras, no quería seguir, el manuscrito iba al contenedor azul. Si el autor quería recuperar su obra maestra, ya lo buscaría él mismo. 

Santi cogió un par de cajas. Más podían hacer que su vieja lesión de espalda hiciera acto de presencia. Y comenzó a leer, en soledad. El contenedor azul se fue llenando, un poco más de lo que ya estaba. Algunas páginas tenían más adjetivos que espacios en blanco. Otras estaban llenas de errores gramaticales, ¿las había escrito un niño de primaria? Una página entera para describir el azul del cielo en el atardecer. ¿Quién en su sano juicio iba a querer pasar el rato leyendo algo así? 

Cuando sonó el timbre de final de jornada, tenía tres manuscritos en la bandeja para revisar. Emma llegó, leyó la primera página y también acabaron en el contenedor azul. No respondían a la temática de la editorial. ¿Cuál era? No hacía falta que lo supiera, no iban a publicarlo. Le dio un sobre con su sueldo del día y le dio las gracias. La prueba había terminado. ¿Cómo? Buscaban otro perfil. No hacía falta que volviera.

En el regreso a casa se detuvo en un viejo bar de carretera. Allí, entre platos de jamón, se fijó en una persona que escribía ajena al bullicio en un viejo portátil. No preguntó. No quiso molestar. Solo le observó mientras cenaba. Estaba en el bar, sin estar. Se notaba que su mente estaba más allá de la pantalla. ¿Qué estaría contando? Tenía la mirada de un niño la mañana de Reyes. 

Terminó su bocadillo y él seguía batallando con el teclado. Había pasado una hora ¿cuánto para el escritor? Suspiró. Tanto esfuerzo para acabar en el contenedor azul. Si eso era una editorial pequeña, ¿cómo sería en una grande? Le dieron ganas de acercarse a decirle que lo dejara, que nadie leería esas palabras en papel. No lo hizo. Esa mirada infantil dejaba claro que hacía lo que le gustaba. Pagara o no facturas, le llenaba el alma. No sabía nada de él. Lo mismo tenía un empleo y le dedicaba a su novela el tiempo de un bocadillo, el de su descanso laboral. 

El tiempo de los escritores es diferente al del resto de los mortales. Eran, y son, saltadores entre tiempos. El de los mundanos y el de los soñadores. Los días pasan en entre suspiros que se convierten en eternidad. Siguen vivos más allá de los siglos, hermanos de tinta de personas inexistentes en su tiempo. Eran capaces de acariciar o de romper el alma. Su sensibilidad era distinta. La sociedad apremiaba para escribir la segunda o la tercera parte. Sin embargo, las obras no eran comida rápida. El tiempo no lo marcaba el reloj sino un hilo invisible que, al encontrarse con un nudo, detenía la historia. A veces no salía nada. No se podía forzar, entrenar sí, pero forzar no. Eso era artificial, cubrir un expediente. 

Santi lo sabía muy bien. También pertenecía al club. Más que a Emma, quiso parecerse al desconocido de la mesa del fondo. Su obra puede que no llegara a las cajas de una habitación en penumbra. Aun seguía en una carpeta de ordenador. 

Su refresco terminó. Debía volver a casa. Ringo tenía derecho a su paseo diario, aunque tuviera un cojín menos en la cama o un agujero más en el sillón. Un último vistazo a la sonrisa del desconocido. ¿Le vio? Sorprendía su concentración con tanto follón a su alrededor. Aun le quedaban kilómetros por recorrer. Sí, no sabía nada de su historia, su situación, su forma de vivir. Pero, le envidió. Santi tenía que volver a la rutina de mandar curriculums, se había gastado el sueldo en la gasolinera y el tentempié. El alquiler podía esperar un día más.

Solo había una certeza en su mente. Esa noche, cuando el silencio se hiciera con el barrio, en una habitación en penumbra, abriría la pantalla y se adentraría en la máquina del tiempo que es una historia en la mente de un escritor.