Otro día que amenazaba tormenta en Madrid. El sol ya era un recuerdo que solo se hacía presente en los anuncios de la tele. Y viernes 13, ya para rematar. ¿Saldría algo bien? Cerró la puerta del cuchitril en que vivía con la idea de sonreír, de ser aquello que estaba tan de moda en los cursillos de crecimiento personal. “Lo importante es la actitud”, se repitió tres veces antes de comenzar su jornada.
El ascensor no funcionaba. Le tocó bajar los ocho pisos a pie. No tenía muy claro si lo que peor le sentaba de la situación era el quejío constante de sus rodillas al bajar los escalones —pasaba de contarlos— o el olor insoportable a humedad de una escalera que conoció tiempos mejores. En un momento de recuperar el aliento, se encontró al moroso del 5ºC. El típico vecino insoportable, con carnet del partido por supuesto, que se creía con todos los derechos y ninguna obligación, sobre todo si era pagar la cuota de la comunidad. Y encima, siempre miraba por encima del hombro, con esa superioridad moral de un discurso ideológico que no se mantenía en cuanto rascabas un poco, como la pintura de la escalera. A pesar de que las ganas eran pocas, por la educación recibida y la actitud positiva con la que había cerrado la puerta, dijo un neutro “Buenos días”. El del 5ºC ni contestó, muy ocupado en preparar sus folios de firmas para decir No a una guerra lejana cuando la gente de su calle le importaban tres pimientos, ecológicos por supuesto.
En el portal, donde siempre hacía frío y olía mal, casi se comió los cubos de basura que los porteros aún no los habían recogido. El señor Gutiérrez estaba a punto de jubilarse y le enseñaba el oficio a su nieto Tarik, contratado en prácticas tras una bronca en la comunidad con el del 5ºC que quería que la portería, estigma de la opresión de otros tiempos según sus palabras, fuera para un colega del partido por el cual él podía cobrar una subvención en su ONG si utilizaban el lenguaje inclusivo. La realidad se empeñaba a cada paso en que mandara el buen humor al cuerno y volviese el modo gruñón, que tan poco servía para afrontar su día. ¿Cómo era esa palabra? Sí, esos que saltaban cada dos por tres cuando entraba en sus perfiles de redes sociales. A veces la entendía como resistencia y otras como residencia. La perseverancia del coyote cuando intenta atrapar una y otra vez al correcaminos con productos de la marca ACME, que nunca funcionan como se espera. ¿Cómo era? Resiliencia. Eso, resiliencia… mezcla de la resistencia del coyote y la residencia, de la longevidad del maestro Oogway. Lo cierto es que en los últimos años, el espejo le devolvía más veces al guerrero del dragón con el delantal sirviendo fideos que a Supermán.
Se paró en los buzones y el dia empeoró con un giro de llave. Otra editorial diciendo que “no”. Su novela era buena, pero no cumplía los requisitos. ¿Requisitos? Querían autores con 100.000 seguidores por lo menos. En el mercado editorial ya no importa la calidad, sino las ventas. Y todavía había gente que denigraba la autopublicación. Estómagos agradecidos de las editoriales tradicionales.
Entre negativas de editoriales, empleos que le rechazaban y publicidad del inmobiliarias, descubrió un sobre. El logotipo no auguraba buenas noticias. Ese directo al estómago no lo esperaba. Sintió que la sangre se le iba del cuerpo. Se tambaleó y habría acabado con la cara estampada en los adoquines desgastados si Tarik no lo hubiera evitado. Detrás de él, el señor Gutierrez pedía mil disculpas por los cubos. Estaba enseñando a su nieto que la electrónica del ascensor no se arregla con palabras, sino con cables bien trenzados. Javi sonrió y dijo que no habían sido los cubos, sino que se había pisado el cordón. Los tres participaban de la misma guerra, la real, la del barrio por poner un plato de comida cada día en la mesa. No podía enfadarse.
Caminaba por Alcalá como si arrastrara el peso de todo el país sobre los hombros. No estaba en su tramo lujoso del distrito Centro o Salamanca sino en el humilde San Blas-Canillejas. La prestación del paro no daba para más. Su laboratorio interno, como le llamó el último gurú online, estaba en plena producción de «química de guerra». Le tocaba caminar. “El torete” había cambiado la plaza del garaje por el taller. Solo le faltaba que Pipo se llenara de pulgas.
Cuando llegó a un semáforo, se puso en rojo justo para fastidiarle, según su mente. Escuchaba el podcast habitual y todo eran malas noticias. ¿Así cómo iba a mantener la actitud? El gobierno, siempre el gobierno, seguía beneficiando a todos, menos a él. Sentía que le habían declarado el enemigo público por ser hombre, mayor de edad, blanco y heterosexual. Y por supuesto del Atleti. Estaba en modo supervivencia, solo en medio de la multitud, convencido de que tenía que pedir perdón, o pagar, por respirar. Su capacidad de decidir se limitaba a elegir qué pie poner delante del otro para no caerse. Encima comenzaron a caer goterones, helados, que le hacían estremecerse por completo.
Fue al llegar a la altura de casa Eustaquio, con su olor a fritura, a café de torrefacto y las mesas de mármol viejo tienen surcos por abajo, donde el destino, el sabio de Hortaleza o la química decidió intervenir para cambiar su día.
—¡Javi! ¡Eh, Javi! —oyó a sus espaldas.
Se dio la vuelta con el ceño fruncido, listo para aumentar la ingente fila de la oficina de la mierda, pero se encontró con la cara ya polvorienta y amplia sonrisa de Berto, un antiguo compañero de la obra. Un tipo que, a pesar de ser cojo y mal divorciado, sonreía de forma natural. “Siempre hay alguien que está peor que tú”, pensó. El mal de muchos no era ni consuelo para los tontos como él.
Antes de que Javi pudiera ensayar una excusa para seguir su camino hacia la oficina del SEPE, sintió una mano callosa y pesada apoyada en su hombro. Un apretón firme, de los que dicen «aquí estoy» sin necesidad de romper el silencio. En ese microsegundo, algo en su interior se vio obligado a declarar un alto el fuego. La calidez de aquel contacto físico, tan alejado de los fríos «likes» de las redes sociales que a veces recibía, atravesó el cansancio y llegó directo a su estado anímico. El cortisol, ese veneno que le hacía ver enemigos en cada esquina, empezó a batirse en retirada.
—¡Joder, macho, menuda cara que traes! Parece que te has encontrado al Finisterre de la peli de Paco Martínez Soria —le dijo el amigo con una carcajada—. Entra, que te invito a un pincho de tortilla. Este viernes 13 no va a poder con nosotros. Ya sufriremos el sábado en el Metropolitano como para estar amargados fuera.
—Gracias, Berto. Aun no he desayunado.
—Jajaja. Pues yo me he puesto como el tío Kiko. Yanpier ha cocinado arroz con frijoles para todos mientras cantaba al puertorriqueño. Entre tú y yo, creo que ha mezclado el café de la mañana con el ron de la tarde. El cubanito sabe que la alegría es la única propiedad que los comunistas no te pueden quitar.
—¿Cómo puedes estar siempre así?
—¿Así, cómo?
—Joder macho, así, siempre sonriendo. Desde que te conozco, en aquella obra que hicimos juntos, siempre estás así.
—¿Cómo no voy a sonreír? Estoy de puta madre, tío. Esta tarde recojo al chaval del cole y me lo llevo al parque. Después de tanto tiempo, el juez ha obligado a su “progresista” madre a cumplir con las visitas que me corresponden. Me tocará hacer el doble de horas para pagar a la abogada, pero al menos veré al crío cuando me toca. Y a ti ¿qué te pasa?
—Que me ha mirado un tuerto, parece. No tenía bastante que esta mañana me he encontrado una carta de Hacienda en el buzón. No me he atrevido ni abrirla. Y el coche en el taller, que ya veremos por cuánto sale.
—Bueno, tarde o temprano todo mejorará. Ya lo verás. ¿Te ha salido algo? En la obra en la que estoy siempre, el administrativo se cayó escaleras abajo y está de baja. Si quieres, hablo con el encargado.
—No ha salido nada y empieza a ser desesperante.
—Creo que tú lo necesitas más que yo —dijo Berto sacando un pequeño frasco de plástico y poniéndolo encima de una servilleta.
—¿Qué es esto?
—Yampier lo llama el tocinon. En realidad es un frasco de oxitocina, aunque no tengo muy claro lo que es eso. Ya sabes que yo la química la dejé en el disco de Sabina. No sé si es superstición o no, pero funciona. Al menos a mi.
—¡Joder, Berto, si está vacío! —dijo Javi al quitar la tapa.
—¡Pues claro, macho! ¿Qué esperabas? ¿Pastis? Yanpier consigue los botes de la basura en la maternidad donde trabaja de celador. ¡No se los va a llevar con pastillas! Según el cubanito, cuando tengas un día de mierda, coges el bote, lo abres y sacas un buen recuerdo, un motivo por el que seguir adelante. A mí me funciona. No pierdes nada por probar, Javi.
—Esto es un engañabobos, Berto, y lo sabes.
—¿Por qué no pruebas? Lo abres, piensa en un buen momento, respiras y lo cierras.
Sentado en el taburete de Casa Eustaquio, sintiendo el calor del local y escuchando la risa de Berto, que repetía sus chistes de cojos con la autoridad del que lo es, Javi notó cómo se disolvía la neblina cerebral. Ya no importaba el ascensor, ni el vecino del 5ºC, ni el gobierno, ni las noticias, ni la lluvia, ni el semáforo que le había cortado el paso un par de esquinas más arriba.. La charla con Berto y el contacto físico habían sido el «reset» biológico que necesitaba. Por ello, fue el primer recuerdo que metió en su bote de oxitocina.
Ese apretón en el hombro había sido la llave que abrió el frasco que ahora contemplaba al lado del pincho de tortilla. No necesitaba cursillos de crecimiento personal ni palabras complicadas; necesitaba que alguien le recordara que no estaba solo en la trinchera. Aun con derrotas, tenía muchas victorias en el casillero por las que seguir en pie.
Salió de nuevo a la calle Alcalá y, aunque el gris de Canillejas seguía ahí y su cuenta corriente seguía tiritando, sus hombros ya no pesaban tanto. Caminaba de otra manera, con el paso más firme, como si el guerrero del dragón hubiera decidido, por fin, dejar de pelearse con su propia sombra. Había abierto el frasco y, por una vez, el coyote le había ganado la partida al correcaminos.
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