El Espejismo de la Perfección: Por qué lo Aesthetic muere sin la Autoridad Moral en la comunicación

Martes, 13 de enero de 2026. Sería el día perfecto para hablar de supersticiones, pero no voy a hacerlo. Llevo desde la semana pasada dándole vueltas al espejismo de la perfección. La idea surgió al acabar el artículo anterior y reapareció en una sesión de aprendizaje con la asociación de coaching en la que, casualmente (recuerda que no creo en casualidades) se habló también del efecto Aesthetic y de la Autoridad Moral en la comunicación. Se citaron los tres conceptos por separado, pero en mi mente empezaron a crearse las conexiones que voy a intentar expresar en este artículo. Además, los tres me trajeron recuerdos de mis años de estudio en periodismo y humanidades. Así que, mientras escucho Avril 14th de Aphex Twin, me dispongo a dejar atrás la superstición de este martes 13 y escribir mi reflexión personal sobre el espejismo de la perfección. Veremos lo que sale. 

Puede que no todos estemos de acuerdo en qué es la belleza, pero sí en que nos gusta lo bello. Aunque no seas metódico o maniático del orden, existe una satisfacción casi instintiva en observar una mesa de trabajo ordenada —cada uno a su estilo por supuesto—, una tipografía bien elegida o una paleta de colores. ¿Un ejemplo? Piensa en las páginas web que atraen tu atención. En mi caso, me gustan las limpias, con pocos colores, como el blanco y el azul, y nada que desvíe la atención de lo esencial. Tienes el ejemplo de mis gustos más claro entre las manos ;-).

¿En qué se basa esa atracción? En lo que se conoce como el efecto aesthetic, que es la invitación visual que nos hace entrar en una historia. Sí, es un concepto mucho más complejo y lo trataré con detalle un poco más adelante, pero para que no te suene a chino, quédate con este resumen: es una herramienta de comunicación muy poderosa que nos permite abrir puertas, captar la atención en segundos y generar una primera impresión de orden y profesionalidad. Lo bello nos atrapa y nos empuja a dar “clic”, a pinchar en un enlace.

¡Cuidado! Esa imagen tan bella puede convertirse en un simple envoltorio si no hay nada que la sostenga. Me explico: Por muy bello que sea el reclamo, requiere de un contenido de valor para que nuestra atención se quede, para que le dediquemos tiempo sin sentirnos engañados. No solo tiene que ser bello, también tiene que aportarme algo para que no sea solo un espejismo.

Nuestro entorno digital está saturado de imágenes impecables; la belleza se ha vuelto tan habitual y perfecta que corremos el riesgo de ya no verla. Como bien apunta Byung-Chul Han en La salvación de lo bello, lo pulido y lo impecable de nuestra era acaba por eliminar la profundidad, convirtiendo la estética en algo que gusta pero que no conmueve ni ofrece resistencia. Es lo que ocurría con la embarazada del Efecto Batman: esa circunstancia en la que algo está ahí, delante de tus ojos, pero que tu cerebro ya no es capaz de procesar su valor porque se ha vuelto “corriente”. Lo miras, pero no lo ves.

En ese punto, donde nuestra mirada se topa con lo bello sin encontrar nada que chirríe, el espejismo de la perfección se vuelve peligroso. Te explico: el efecto aesthetic es un fenómeno cultural y digital que prioriza la creación de una identidad basada en la armonía visual absoluta. No es una moda aislada —simple postureo— sino la búsqueda de un estilo coherente, transformar lo cotidiano en un lenguaje propio para comunicar quiénes somos y cómo queremos ser percibidos. En otras palabras, que nuestras publicaciones en Instagram, en Tik Tok o en la red social que prefieras, sean coherentes con lo que nos gusta, nos motiva.  

¿Qué ocurre cuando la imagen se queda sola? Imagina que abres una nuez cuya apariencia es preciosa y no hay nada dentro. ¿Cómo te sentirías? Aquí es donde entra la autoridad moral en la comunicación. ¿Su definición? Podría decir que es la legitimidad invisible que alguien se gana ante su audiencia, basada no en su cargo o en su fama, sino por una trayectoria y acciones comprobables. Si la imagen se queda sola, tienes delante un vendehumos. Si la acompaña la autoridad moral, tendríás un modelo de vida, un ejemplo a seguir, un mentor.

En este sentido, el filósofo Javier Gomá desarrolla en su Tetralogía de la Ejemplaridad una idea interesante —al menos yo le he entendido así—: la verdadera autoridad moral en lo público surge de una conducta que se convierte en modelo (en ejemplaridad, de ahí el nombre): una fuerza que influye en los demás no por obligación, sino por el atractivo de su integridad y su belleza moral. Digamos que es el imperativo categórico de Kant actualizado para nuestros días. 

En resumen: si el efecto aesthetic es la invitación visual que nos hace entrar en una historia, la autoridad moral es el argumento sólido que nos convence para quedarnos en ella. El problema surge cuando la perfección se convierte en un espejismo, en algo irreal. Vamos, lo mismo que ocurre entre la hamburguesa del cartel y la que te sirven en cualquier cadena de comida rápida.  

La costumbre de nuestro cerebro hace que, a menudo, caigamos en la trampa que la psicología llama Efecto Halo. Es lo que explica Daniel Kahneman en Pensar rápido, pensar despacio. ¿A qué me refiero? Al sesgo cognitivo. Nuestro cerebro tiende a hacer que nos guste, o rechacemos, todo de una persona —incluyendo rasgos que intuimos o nos imaginamos— basándonos en lo que sí percibimos, en su imagen, en su apariencia. La primera impresión que nos transmite.

En comunicación, el efecto Halo hace que nuestro cerebro «asuma» automáticamente que alguien que proyecta una imagen armoniosa y aesthetic es, por extensión, honesto, veraz y digno de confianza. Le otorga credibilidad. Digamos que es un atajo mental que nos lleva a confundir la forma con el fondo. Si sale en la tele una persona famosa, como diría mi abuela “de buen ver” y dice algo, nuestro cerebro —que en el fondo es un poco vago— tiende a creerle más que si quien lo dice es un vagabundo sucio, de ropa raída y aspecto desaliñado.  

Todo esto no es una crítica a la actual cultura visual, sino una invitación a dotarla de peso. La estética, por sí sola, tiene fecha de caducidad; pero cuando se pone al servicio de una comunicación coherente, se transforma en un puente inquebrantable de confianza.

En última instancia, la belleza no tiene por qué estar reñida con la verdad. El desafío o lo ideal es asegurarnos de que esa armonía exterior sea el reflejo fiel de una autoridad moral sólida. Una comunicación poderosa es la que utiliza la estética como un altavoz de su verdadera autoridad, no como una máscara para ocultar su ausencia. La belleza es externa e interna.

Con el paso del tiempo, lo que pensamos que es bello envejece, se deteriora, pero la integridad permanece. Si te casas con alguien solo porque es guapo y tiene 20 años, puedes estar seguro que no tardarás mucho en divorciarte. En cambio, si logramos que la perfección no sea un espejismo sino que se convierta en un testimonio de algo auténtico, dejaremos de parecer para ser de verdad.

¿Qué quiero que te lleves de este artículo? La estética te consigue el follow, pero solo la autoridad moral en la comunicación —que te otorga el respeto y la credibilidad— hará que la audiencia se quede contigo.

Si te resuena y te atreves, te leo en comentarios. Recuerda que el próximo viernes te espera un nuevo relato y esta vez se sale bastante de mi estilo habitual. Que pases un gran día, a pesar de ser martes trece y una fantástica semana.

Cris

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