El círculo de Tiza

—No me mires así, viejo amigo, yo no soy tan perfecta como mamá —dijo con un suspiro al ver que estaba empapada de arriba abajo.

Aquel viernes, la jornada de Vanessa había comenzado bajo la atenta mirada de Garibaldi en el departamento de ciencias del IES Ramiro de Maeztu. Se le había olvidado el paraguas en casa y el camino desde el metro se le había hecho eterno. Garibaldi, ese esqueleto que había sobrevivido a décadas de planes de estudio, a las travesuras de miles de alumnos y a los cambios en el profesorado, parecía ese día especialmente inquisitivo desde su soporte metálico. Escuchó el griterío habitual al otro lado de la puerta. Por esos pasillos habían pasado ilustres nombres de la historia española más reciente, algunos muy queridos y otros, no tanto. Todos habían sido adolescentes asustados que intentaban entender las leyes de la termodinámica mientras recorrían sus pasillos, jugaban al baloncesto y calentaban las sillas de sus clases. Lo sabía por experiencia. También era una antigua alumna.

Se dirigió a su perchero, compartido como todo lo que había en el despacho. Al descolgar su bata blanca, notó que el bolsillo derecho tenía más peso de lo normal, un bulto sólido con la insistencia de un secreto. Viajó mentalmente a la primera vez que se la puso en los laboratorios de la Facultad de Ciencias Químicas de la Universidad Complutense. Recordó los inviernos en Ciudad Universitaria, el frío cortante mientras iba desde Moncloa a su facultad andando, con el viento de la sierra colándose por la avenida de la Complutense, y las horas interminables frente a un espectrofotómetro. Vanessa era licenciada summa cum laude, no podía ser menos; pero por imposición, no por pasión.

Ella era la heredera de un linaje que no permitía fisuras. El papel de oveja negra se lo dejaba a su hermana, Claudia. Su tatarabuelo no era otro que Santiago Ramón y Cajal, el hombre que empezó la estirpe y que, con sus dibujos de neuronas que parecían bosques intrincados, había condenado a todos los primogénitos posteriores a la esclavitud del laboratorio. En su casa, el apellido Cajal pesaba más que cualquier elemento de la tabla periódica. Su padre hablaba de la ciencia como de una religión familiar, y su madre, que había sido jefa de su mismo departamento en el Ramiro durante treinta años, veía la química como el único camino digno para alguien con su sangre. Claudia no pensaba lo mismo. Las ciencias eran un “coñazo” según su criterio. La última postal que recibió de ella era desde Santiago de Chile, donde estaba estudiando artes circenses. “Para ser una payasa, no necesita irse tan lejos ni tener un título oficial”, sentenció su madre antes de romper la postal en ocho pedazos perfectos y tirarlos a la bolsa azul.

Vanessa, que en secreto llenaba sus cuadernos con bocetos a carboncillo —ironías del destino, pues su tatarabuelo también fue un artista frustrado que tuvo que canalizar su talento por el dibujo a través de la histología—, nunca se atrevió a decir lo que realmente deseaba: matricularse en Bellas Artes. Cada vez que intentaba balbucear algo sobre los pigmentos o la luz, la sombra del Nobel se proyectaba sobre la mesa del comedor como una red neuronal infranqueable. La seria mirada de sus progenitores era suficiente para hacerla callar y seguir en su prisión de niña buena.

Hasta su plaza de funcionaria de carrera no fue una victoria propia, sino el cumplimiento de un contrato no escrito para mantener el prestigio de la saga Cajal en el escalafón público. Había aprobado como la primera de su promoción, para acabar ocupando el mismo despacho donde su madre había sido implacable durante tres décadas. Vanessa se sentía como una jugadora de un equipo histórico obligada a llevar una camiseta que no era de su talla, con un número heredado no elegido. Ocupar esa silla era como sentarse en un trono de cristal que podía estallar ante el menor movimiento de rebeldía. Nunca quiso ser funcionaria. Sin poder dedicarse a las Bellas Artes, se veía siendo investigadora en el CSIC. La estabilidad de la plaza fija pesó más que su sueño, que se quedó a pocos pasos de su despacho. No supo rebelarse a los mandatos familiares.

Con la bata recién puesta, a través de la ventana, observó a un grupo de estudiantes que cruzaban el patio de baloncesto, de lado a lado, botando sus balones. El sonido rítmico y constante contra el pavimento era el latido inconfundible de la cantera azul, que parecía marcar el pulso de la calle Serrano. Vanessa fue uno de ellos en sus tiempos de adolescente, pero no era una demente; le gustaba el basket, claro, pero un esguince de rodilla y la opinión autoritaria de sus padres alejaron su metro noventa y cinco de altura de las canastas del Magata y la Nevera. Para ellos, el baloncesto era una pérdida de tiempo. “Eres la heredera de un Nobel, estás hecha para algo más”. Lo estaba; por eso se decepcionó cuando sus padres le impusieron estudiar oposiciones, porque, según ellos, “ser investigadora científica no da dinero en España”.

Era algo incoherente: le exigían honrar el legado familiar, pero la obligaban a buscar el refugio de una plaza fija. Resultaba irónico que su vida transcurriera en el Ramiro, una de las cunas del baloncesto en Madrid, a escasos pasos de los centros de investigación del CSIC que tanto ansiaba. Era una tortura, una crueldad de un destino impuesto. A veces, mientras explicaba los enlaces químicos, se quedaba mirando cómo un chaval fallaba un tiro libre y volvía a recoger el balón con una determinación que ella envidiaba. El patio era el lugar donde se permitía el error; su hogar, en cambio, era el lugar donde la perfección era la única norma admitida.

Al sonar el timbre, el aula se vació en segundos. El comedor esperaba a los estudiantes. Vanessa se fue en silencio al despacho. Prefería comer con Garibaldi. El resto del claustro siempre le hacía las mismas preguntas: “¿Qué tal está tu madre? Se la echa de menos”. “¿Para cuándo un nuevo Nobel en la familia?”. Ella no era Vanessa, sino la hija de la antigua jefa de estudios.

Por fin, sacó el paquete del bolsillo. Estaba envuelto en un papel marrón y tenía un post-it rosa fosforito pegado. Alguien había escrito: “Por si necesitas un poco de color en tu oscura vida”. ¿Quién podía ser? La letra le resultaba muy familiar. Era una caja de tizas de colores pastel, profesionales, de una pigmentación vibrante. Azul cobalto, verde esmeralda, amarillo radiante, rojo pasión. Al tocarlas, no pensó en valencias. La cara de una sonriente Claudia le vino a la mente de golpe. Sí, esa letra era de su hermana. ¿Cuándo había vuelto?

Esa tarde no fue a casa como era la costumbre. Cogió el Circular. Estuvo a punto de meterse en el suburbano, pero algo en ella necesitaba estar por la superficie; ya se había ocultado demasiado tiempo. Se dejaba llevar por algo en su interior que se había liberado al roce de esas tizas que ahora llevaba en el bolsillo de la chaqueta. Sin darse cuenta, estaba en la calle Pintor el Greco, ante la fachada de Bellas Artes de la Complu. No era la de Salamanca, donde los turistas y estudiantes se afanaban en su búsqueda de la rana, pero a Vanessa le pareció una maravilla.

—Sabía que vendrías aquí cuando encontraras mi regalo, hermanita —dijo Claudia desde la puerta.

—¿Qué haces en Madrid? Pensaba que estabas en Chile —respondió Vanessa.

—Mamá no te ha dicho nada, claro. Supongo que no quiere que te contamine. Me cansé del circo y, con lo que me pagaron, he vuelto a Madrid y me he matriculado aquí. Por fin va a servir de algo haber hecho la selectividad. ¿Qué? ¿Quieres verla por dentro? No es el Prado, pero el café es aceptable y el ambiente es más fresco que el de tu laboratorio. No sé cómo aguantas en el Ramiro.

—¡¿Cómo dices?! ¿Mamá sabe que estás en Madrid? ¿Desde cuándo?

—Es una larga historia y va a llover de nuevo. ¡Vamos! ¡Entra! Te lo resumo mientras llegamos a la cafeta ok? Para matricularme necesitaba el papel de la selectividad que mamá guardó con nuestros expedientes en su archivador de casa. Insistió en que fuera cuando tú estabas trabajando, no quería que perturbara tu paz, hermanita. Pero se le olvidó que sé dónde trabajas y conozco bien el Ramiro. Ayer, cuando ya te habías ido, fui a saludar al bueno de Antonio, el conserje. Él fue mi cómplice para poner el paquete en tu bata.

—¿Dónde vives? No creo que mamá te deje tu antiguo cuarto.

—Eso es lo mejor de todo, hermanita. Vivo en la colonia Metropolitana, en una casita baja compartida con otros estudiantes de Bellas Artes. El ambiente más bohemio que te puedas imaginar, muy lejos del ático en Padre Damián de nuestros padres. ¿Por qué no te vienes? Hay una habitación libre y tu sueldo de funcionaria llega más que de sobra.

—¿Irme a vivir contigo?

—¡Pues claro! Ya es hora de que vivas un poco.

—No sé lo que dirían papá y mamá.

—¿Y qué más da? —dijo Claudia al sentarse al lado de los ventanales de la cafetería—. Vane, eres mayorcita para seguir bajo sus alas. Así ¿cómo vas a conocer a gente interesante?

—Déjame que lo piense. Acabo de enterarme de que mi gemela ha vuelto a España.

Se tomaron el café entre mil anécdotas. Aunque gemelas, Vanessa y Claudia, eran como dos caras de la misma moneda, polos opuestos en personalidad y trayectoria vital. Se despidió de Claudia con un abrazo demoledor y caminó despacio hacia la parada del Circular. En la encrucijada de Cuatro Caminos, el metro la engulló y no pudo escaparse hasta el Bernabéu. Al contemplar sus láminas de acero inoxidable, Vanessa recordó la letra de uno de los himnos de la Demencia: “ser de los que ganan es muy fácil, ser del Estudiantes nos parece mejor”. Ganar había sido siempre complacer al linaje Cajal, mantener la estirpe impoluta. Claudia eligió vivir en la derrota de la desobediencia para ganar su propia vida. Sus padres ya no eran azules, sino “merengues”. Era lo mejor por su posición social; daba más poder y contactos el palco del Bernabéu que el Ramiro. Vanessa también tenía que ser de los blancos, por supuesto, aunque no le gustaba el fútbol. Claudia era de los “indios” desde pequeña, azul demente y rojiblanca como su abuelo materno, Vicente, el poeta de la familia. Él era otro oveja negra, desterrado de la memoria por la jefa de estudios desde que murió.

Por primera vez en su vida, contó una mentira. Justificó su retraso por una pila de trabajos por corregir. Su padre no le prestó atención; su madre no preguntó, pero no la creyó. Al pasar por la antigua habitación de Claudia, que ahora era el cuarto de la plancha, Vanessa recordó la propuesta y la caja de tizas. Tras lavarse los dientes, cepillarse el pelo y dar de comer a su tortuga, se puso el pijama que le había comprado su madre por Navidad y se sentó como los indios sobre la cama —sin la colcha, por supuesto— con su pizarra verde.

Con una tiza blanca pintó un círculo. No era perfecto, ni muy grande ni muy pequeño, tampoco estaba en el centro de la pizarra. Pensó en la imagen de su viejo libro de química de su tatarabuelo; le imaginó dibujando neuronas como si fueran caligrafía japonesa. Sabía que Claudia y el Nobel se parecían más de lo que le gustaría a su madre. Él no quiso ser científico, sino pintor, algo impensable para el hijo de un cirujano. Su estricto padre le rompió los pinceles y recibió más de una bofetada por su insistencia. La ciencia no entró, por mucho que le hicieron sangrar en la escuela, hasta que él decidió abrirle la puerta. Y ahí, el soñador científico se dio de bruces con un país de funcionarios anclado en el pasado. Sí, su tatarabuelo era un Nobel, pero también un rebelde que buscó la salida a su espíritu libre. Y fue él quien le lanzó una pregunta a bocajarro: “A ti ¿qué es lo que te gusta hacer?”.

El círculo de tiza seguía vacío en el contraluz de la habitación. Vanessa se puso los cascos y dejó que la voz rasgada de Sabina le susurrara en los oídos, por casualidad o no, los motivos de un sentimiento. Cerró los ojos y vio a su abuelo Vicente emocionado y gritando cuando su Atleti ganaba. Le recordaba cuando ignoraba las regañinas de su hija y llamaba a su cuarto mientras estudiaba la opo para darle a escondidas una mandarina de caramelo. Él fue quien heredó la habitación de Claudia cuando se fue a vivir con la familia a Padre Damián, el año del fatal accidente. Por una vez, su madre había cometido un error y le costó poder andar al abuelo. El carácter de la jefa de estudios no fue el mismo desde entonces; se quedó en aquella cuneta por la que el coche se salió. El abuelo, sin embargo, siguió sonriendo a la vida y volando con sus letras, a pesar de la silla. “Solo yo decido mis límites”, le dijo más de una vez a su nieta. También a él le escuchó preguntar: “A ti ¿qué es lo que te gusta hacer?”.

En toda su vida se lo había planteado con seriedad. Su vida se había convertido en un sí constante a lo que se esperaba de ella y a los deseos de sus padres. En su memoria no había ni un recuerdo de rebeldía. No luchó por su sueño. Lo curioso es que no culpaba a su familia. La responsable de sus actos era ella. ¿Qué le gustaba? Le encantaba enseñar. Lo descubrió al segundo día que entró en su aula. Adoraba a sus alumnos, hasta a los rebeldes. Sus locuras, sus caras cuando no entendían nada de lo que les decía y su sonrisa cuando sus neuronas hacían “clic” y descubrían lo divertido de la Química. Le gustaban los días de lluvia por el arcoíris. Le encantaba pintar, aunque no se lo permitía.

Su círculo de tiza comenzó a llenarse: el azul cobalto fue para la cara de Adam, uno de sus alumnos que era una joven promesa de la cantera; el verde esmeralda para Roma, su paciente tortuga cuyo caparazón era de ese color, y el rojo pasión fue el elegido para su monigote del abuelo Vicente, vestido de colchonero, por supuesto. No estaba muy claro si aquello era un andador, una silla de ruedas o unas muletas, pero no era importante. Le pintó unas alas a la espalda. Trazo a trazo, el círculo de tiza contuvo todo lo bueno de la vida de Vanessa. Ahora entendía el regalo proscrito de Claudia.

Las campanas de San Jorge se colaron entre la voz canalla de Sabina y la guitarra de los Fitipaldis. Aún había un cuarto del círculo que estaba vacío. Con el amarillo brillante, que le recordaba a la alegría de su película favorita, pintó cuatro figuras. Tenía que ser ese color para que su círculo y su corazón se reconciliaran con los momentos de oscuridad de su vida, con lo que quedaba fuera. Primero dibujó sin prisa a cada uno de sus padres. A pesar de todo, ahora entendía que habían hecho con su vida lo que habían podido; ellos también respondían a expectativas de un legado que pesaba más que el Nobel. También estaba allí Claudia, pero no con una nariz de payaso, sino con unos pinceles con los que hacía malabares. Con la última campanada, mientras miraba su círculo de tiza imperfecto lleno de grandes momentos, decidió que se iría a vivir con su gemela. A partir de ahí ya vería lo que le deparaba la vida. Iría partido a partido, como decía el Cholo.

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