El beso del abuelo

Lo que voy a contar me ocurrió el domingo. Fui a la Eucaristía, aunque no como todos los domingos. Normalmente, me voy un rato antes para rezar un poco. Este domingo salí de casa a las ocho menos cinco, con lo que iba con la hora pegada. Cuando llegué a la parroquia, ya había comenzado y me senté en el primer banco que vi con un hueco libre. No veía el altar porque una estupenda columna me lo impedía, ni tampoco veía a quien estaba leyendo. Pero bueno, como lo importante era estar con Dios y a ése se le ve con los ojos del alma, me dispuse a escuchar las lecturas. Era el Corpus. Cuando mis padres eran pequeños había un dicho popular que decía:

«Tres jueves hay en el año que relumbran más que el sol: Jueves Santo, Corpus Christi y el día de la Ascensión».

De los tres, que sean fiesta mayor en jueves, sólo queda el Jueves Santo y porque pasarlo al domingo es algo complicado, que si no, creo que no quedaría ninguno. Ahora se hacen otras fiestas. El caso es que el domingo se celebraba el Corpus y la iglesia estaba engalanada para una de las mayores fiestas del calendario litúrgico.

El sacerdote nos contaba que, tras la Misa de 12 habían hecho una procesión con el Santísimo por las calles del pueblo. Yo ya había visto los petalos de rosa en el suelo de las calles, los restos de los altares cerca de las casas, con flores y otros adornos, mientras iba de camino a la parroquia. Que, porque fuera a buen paso no significa que no viera los detalles de mi alrededor. Habían ido acompañando a la custodia, todos los niños (85) que habían hecho este año la comunión, con sus trajes y caritas de bueno. Lo que yo no sabía es lo que contó el sacerdote. Y es que justo cuando salió la custodia de la iglesia, empezó a llover, en plan cataratas del Niágara. Vamos que se mojaron hasta los huesos. Pero siguieron con la procesión. Les acompañó todo el recorrido. Algunos se marcharon, pero la mayoría aguantó estoicamente el chaparrón, por acompañar el Corpus Christi por las calles. Estaban dando testimonio de su fe.

Supongo que alguno estará hoy en el ambulatorio o en la cama con un buen trancazo encima. ¿O no? Pues no lo sé, porque entiendo que ya que hacen el «sacrificio» de quedarse, a lo mejor se les concede el no ponerse malos. No lo sé. Yo no estaba allí. No soy de procesiones, creo que ya lo he comentado alguna vez. No tengo nada en contra; pero es algo que nunca me ha llamado la atención y en lo que no suelo participar. Quizá porque las que he visto parecían más un pase de modelitos estrafalarios que un acto de devoción. Pero allá cada cual con sus creencias.

Vuelvo a la celebración de la Eucaristía. Hubo algo que me llamó muchísimo la atención. A mi lado estaba sentado un abuelo. Pero no de los actuales, de los que lo son con 50 años, sino que yo diría que rondaba los 80 y pico años. Vamos, como mi abuelo, no como los abuelos de Dani. Vestido de traje impoluto me llamó la atención. ¿Por qué? Porque no suele ser normal que un hombre vaya solo a la iglesia. Suelen ser las mujeres las que entran, mientras que los hombres se quedan en «la iglesia de la esquina» tomándose una cervecita mientras ven un partido de futbol. Pero en este caso, este abuelo estaba solo. Había llegado un poco más tarde que yo y se había sentado en el otro hueco del banco. Lo que despertó mi curiosidad fue el momento de la paz. El abuelo cerró los ojos y besó su dedo anular de la mano derecha. Después abrió los ojos y me dió la paz a mi. En una milésima de segundo pude ver que en su dedo anular llevaba dos alianzas de boda. Era viudo. Y en ese momento de la paz, lo primero que hizo fue acordarse de su esposa. Como si ella estuviese allí, besó su alianza con gran cariño y naturalidad. No sé si los que le rodeaban se dieron cuenta del detalle. Pero a mi me llamó mucho la atención. Porque nunca había visto un gesto así en el momento de la paz y porque era un hombre quien lo hacía.

En nuestra sociedad eso de que los hombres muestren sus sentimientos en público es complicado, pero que lo hagan los hombres mayores más todavía. Yo recuerdo cómo mis abuelos me contaban que en su época, los hombres no cogían en público a sus hijos, ni les daban el biberón o les cambiaban el paño (los pañales como los de ahora no existían). Tampoco les paseaban con el carrito. Los bebés eran cosa de mujeres y un hombre se podía ganar apodos tan «cariñosos» como calzonazos, si lo hacían. Parece que como eran hombres no podían demostrar afecto, ternura u otros sentimientos. Tampoco estaba permitido llorar. ¿Los tiempos han cambiado? Yo diría que no mucho en ciertos aspectos. Sí, los padres ejercen de padres cada vez más, pero eso de mostrar sentimientos en público o llorar es algo que sigue sin estar del todo bien visto. Sin embargo, el abuelo que estaba a mi lado en la parroquia, lo hizo de forma natural, sin importarle lo que los demás pudiésemos pensar.

Yo a veces beso la alianza, no como los futbolistas cuando meten un gol para dedicárselo a su mujer, sino que suelo hacerlo cuando mi marido está de viaje. Es como si, inconscientemente pensara que lo va a recibir en su alianza, como si estuviésemos conectados por ellas. Hace poco comentándolo con él me decía que él cuando estaba lejos, miraba la alianza como para no sentirse tan solo. La verdad es que llevarla le costó un gran esfuerzo. Por no llevar, no lleva ni reloj. Pero sabía que para mi era importante que lo intentara. Ahora si se la quita, nota la mano extraña como si hubiera un vacío. Y si eso pasa con tres años de casados, no quiero pensar lo que puede suceder cuando se pasan casi toda la vida juntos. Ese abuelo, besando sus dos alianzas me ha hecho pensar en lo que puede ser pasar tu vida con una persona y que se vaya y te quedes solo. No me extraña que algunos se mueran de pena, se queden como si se les hubiera acabado la vida o estén tristes. Es normal, yo me siento extraña cuando Jose no está y llevamos muy poquito juntos. No quiero imaginarme lo que puede suceder cuando uno de los dos le falte al otro. Un cambio drástico en la manera de entender la vida. Aunque tenga hijos, nietos, o demás familia. La pareja es una apuesta personal para toda la vida y cuando falta, debe ser como si se hudiera el suelo bajo nuestros pies. No sé, no puedo imaginarme lo que debe ser. Supongo que se continúa con la vida, un poco mermada, pero que también habrá esperanzas y alegrías.