El mayor de los misterios se esconde en una gota de sangre. Algunos creen que es el hogar corporal del alma. La curiosidad y poder comprender quién era fue lo que hizo que se hiciera las pruebas. Aún recordaba la cara de su médico del seguro privado cuando le dijo que quería un volante para hacerse un análisis genético. No buscaba predisposición genética, como tampoco tenía interés de reclamación de ciudadanía. Le gustaba ser española. ¿Motivos? Resolver el puzzle. Si no la ayudaba, pediría un kit de saliva. Los resultados no serían tan fiables, pero al menos iluminaría un poco la incertidumbre. Tras tres consultas, consiguió el volante para una cita. Un prestigioso laboratorio internacional lo haría. Costaría más, pero Mar estaba decidida. Obtendría lo que quería a cualquier precio.
El cartero llamó solo una vez. Le faltó tiempo para bajar al buzón y hacerse con ese sobre marrón. Tras abrirlo y releerlo a toda la velocidad que daban sus ojos, no comprendió nada. ¿Qué era haplogrupo mitocondrial? Lo único que pudo entender con nitidez era «Variante Rara». La búsqueda por internet tampoco ayudó mucho. Estaba por cerrar el ordenador cuando recibió un correo electrónico del laboratorio. Ellos también estaban intrigados con su resultado. Le pedían que concertara una nueva cita, esta vez no sería en Madrid, sino en Londres. No tendría que preocuparse de los gastos. Ellos se harían cargo de todos, absolutamente todos. Desde el pasaje de avión en business hasta el chicle que compraría mientras esperaba el taxi.
La segunda prueba confirmó las sospechas del laboratorio. Su variante no era rara, sino fantasma. Su linaje basal se creía extinguido. Los investigadores no podían creérselo. Llevaba en su interior el santo grial de la genética. El hallazgo valía con creces cada penny que habían gastado en ella. Y más. Además de los marcadores habituales de una habitante de la península ibérica, el genetista había encontrado una secuencia que solo habían visto en una expedición de un cadáver encontrado en el yacimiento de Tarquinia, la antigua capital espiritual y artística de los etruscos.
Fue el fundador del laboratorio quien realizó aquel análisis. Sir Alistair Cornwell siempre fue considerado como un visionario entre la aristocracia londinense. Aquel viaje a Italia fue lo que despertó su gran pasión y lo que hizo que toda su vida cambiara. Tanto que dejó un precioso tesoro para sus herederos: un molar fechado en el siglo I d.C. Su muestra de ADN se guardaba en la caja fuerte de la Fundación propietaria del laboratorio. Solo el heredero primogénito tenía acceso a ella. Así que, cuando Sir Archibald —Archie para su abuelo— recibió el aviso de “variante rara”, hizo caso a su intuición y la comparó. El anciano duque de Shrewsbury fue quien insistió en la segunda prueba y quien le pidió un informe pormenorizado y detallado a su nieto sobre Mar Cortés. Archie compartía la obsesión de su abuelo y del más ilustre de los nacidos en el ducado por el ADN y el origen de las especies.
Las ruinas de la Abadía de Shrewsbury fueron testigos de la presentación entre Mar Cortés y Sir Archibald. Sir Alistair ya no podía salir de su domicilio; la edad había hecho mella en su salud y en sus piernas, y la silla de ruedas no era apropiada para el suelo irregular. Ella ahora sabía en sus propias carnes lo que podían sentir las obras de arte admiradas en los museos. En el trayecto en Rolls Royce hasta el castillo del anciano duque, decidió que su siguiente parada sería Roma. Siempre, Roma. La Ciudad Eterna siempre aparecía en los momentos relevantes de su vida.
Por mucho que insistieron, nadie pudo convencerla de que se quedase con ellos más de lo necesario. En parte, la obligaba intuir la cifra a la que ascendía la factura de lo que había sido en origen un capricho. Por otra parte, había algo de los Cornwell que la intrigaba. Archie —como le había pedido que le llamara— no era como lo había imaginado. Parecía más un estudiante de geología o de biología, con sus vaqueros y su camisa roja a cuadros negros, que un integrante de la nobleza. Fue toda una sorpresa cuando se ofreció a ser su acompañante por Tarquinia. Mar había pensado en sacarse un billete de avión hasta Madrid y de allí, tras hacer el equipaje apropiado, volar a Roma. Sus planes se esfumaron más rápido de lo que tardó en expresarlos en palabras. Sir Alistair y Archie eran muy persuasivos. No les debía nada; al contrario, era su invitada de honor. Quienes estaban en deuda eran ellos.
Por una vez, el dinero había servido para la felicidad. Había dado la mayor de las alegrías a un anciano que ahora podría encontrarse con sus ancestros en igualdad de honor. Archie heredaría el título y toda la fortuna sin ninguna cláusula; él no cargaría el peso que llevó a su padre a la locura. Así empezó todo para él: quiso estar seguro de que no había un marcador negativo en su sangre. La genética le ayudó a comprender lo oculto. Por eso entendía mejor que nadie su curiosidad, sus ganas de resolver el puzzle.
Tenía muchos apodos aunque Mar no los sabía: “Leviatán”, “el ático de los cielos”, “The G” o “la máquina del tiempo”. Para Archie, el Gulfstream G700 de la familia era simplemente Wyvern. El mítico dragón plateado sobre un fondo de azul marino era al mismo tiempo el guardián protector del ducado y el logo de la fundación. Impresionaba verlo en la pista del aeródromo. Majestuoso en su exterior, por dentro era una mezcla de buen gusto y tecnología. Archie se mostró como un anfitrión que cuidaba hasta los detalles más pequeños para hacerla sentir como en casa. Fue una grata sorpresa cuando, para acompañar su pinta de Guinness negra —lo mejor que ha salido de Irlanda según Sir Alistair—, la tripulación le sirvió un plato de jamón cortado a cuchillo de forma perfecta.
Apenas habían terminado de comentar los detalles de la expedición cuando el capitán anunció el descenso. Wyvern había devorado la distancia entre Londres y Madrid en poco más de cien minutos. Mar miró por la ventana ovalada y vio cómo la meseta castellana se extendía bajo ellos, bañada por esa luz de tarde que solo pertenecía a su casa. Archie tenía razón: aquel dragón plateado no solo cruzaba el espacio, sino que parecía comprimir el tiempo.
Su última llamada a uno de sus compañeros de piso había surtido el efecto deseado. En la pista le esperaba uno de los asistentes de la fundación con una maleta más apropiada para el trabajo de campo y la temperatura romana. Lo bueno es que no tenía que dar explicaciones. Había pedido dos semanas de vacaciones en cuanto recibió el sobre marrón con los resultados. Nadie en la oficina preguntaría los motivos de su ausencia.
Tras una breve parada, el capitán pidió permiso para despegar de nuevo rumbo a Roma. Wyvern cruzó el Mediterráneo a una velocidad de vértigo, ignorando las corrientes de aire sobre Cerdeña. Cuando el capitán anunció el aterrizaje en la terminal exclusiva de Ciampino, solo habían pasado ochenta y cinco minutos desde que las ruedas del dragón plateado habían dejado el suelo español. Roma la esperaba con una luz violeta y el aire afilado de enero.
No había un Rolls esperando en la pista. Para sus mejores clientes, el operador ofrecía los servicios de un Maserati Quattroporte con todas las lunas tintadas. El chófer vestía un traje gris marengo con el escudo de la Fundación en la solapa y en la gorra, que se quitó nada más poner en marcha el motor. Estaba muy claro para Mar que no era la primera vez que Wyvern dormía en ese angar italiano.
El Tridente de Poseidón no tenía nada que envidiar a Wyvern en lo que se refiere a velocidad. Cubrió la distancia entre Ciampino y el palacete en el barrio de Coppedè en apenas treinta y cinco minutos. Las farolas encendidas proyectaban sombras extrañas tras las figuras mitológicas que vio a su paso y al cruzar bajo el gran arco que une los Palazzi degli Ambasciatori en la Via Tagliamento, antes de detenerse cerca de la famosa Fuente de las Ranas en la Piazza Mincio. Mar había visto esos lugares solo en fotografías de sus libros de universidad. Se tiró de una goma de pelo que llevaba en la muñeca derecha para comprobar que todo aquello no era un sueño.
Il Palazzo, desde fuera, parecía abandonado. Archie ya le había dicho que a su familia le gustaba mucho su privacidad. La tecnología ocultaba la realidad que solo apareció cuando la puerta del garaje se cerró tras ellos. Entonces, pudo admirar un palacio digno del emperador romano más exigente.
¿Qué hacía allí? Aunque se esforzaba en demostrarlo, estaba claro que Archie no era solo un genetista. ¿Qué es lo que tenía su sangre para que los Cornwell la trataran como a una princesa? Con una sonrisa, el aristócrata respondió que era una respuesta demasiado compleja para darla con el estómago vacío. Le mostró la habitación preparada para ella y, con un besamanos, la dejó sola.
Quedaba un buen rato para la cena, así que decidió darse un baño caliente. Aunque el viaje había sido muy relajado, requería agua caliente para tener más claridad. Una extraña sensación estaba apropiándose de su cuerpo. La bañera era tan grande que si metía la cabeza, podía estirarse por completo y no tocar los grifos con la punta de los pies. Digna de los gustos de una emperatriz romana.
La cena fue acorde con el escenario. Ensalada de burrata con pesto, pasta fresca caccio è pepe, saltimboca y tiramisú. Al terminar pasaron a uno de los salones del palacete. Los ojos de Mar no podían apartarse del cuadro que lo presidía. En él había un guerrero con el escudo de un dragón y una mujer con un gran ciervo blanco. Había en él algo que le traía recuerdos de otra época. No sabía si eran recuerdos en sí o retazos de sueños.
—Woden y Artume —dijo Archie mientras servía un par de vasos de limoncello con hielo—. Él es el dios guerrero de la sabiduría. Una especie de Odín para los anglosajones. Su animal es el dragón. Ella es la diosa madre de los etruscos, la señora de los animales, de ahí que se le represente con el gran ciervo blanco. Una mezcla entre Hera y Artemisa. Mi abuelo siempre dice que ellos guiaron a nuestros ancestros y sus pasos hacia Tarquinia. Los consideramos los patronos de la fundación.
Mar no dijo nada. Solo se apuntó mentalmente los nombres para buscarlos cuando estuviera sola. Después se justificó por el cansancio del viaje y se dirigió hacia su cuarto. Cuando su curiosidad sobre Artume fue satisfecha, se abrazó a uno de los almohadones como si fuera el lomo del gran ciervo blanco y se durmió. En sus sueños, él la transportaba en su grupa hacia una Tarquinia muy diferente a la de la actualidad. Allí se encontraba con la diosa quien la acompañaba en su recorrido vital. Fue un sueño muy real, tanto que al despertar al dia siguiente, tardó treinta minutos en bajar a desayunar. Recopiló todo lo que pudo recordar en su libreta de sueños, un fijo de su mesilla de noche.
El viaje de Roma al yacimiento de Tarquinia duró menos que el aleteo de un dragón. El Quatroporte fue devuelto al aeródromo por el chófer. Archie decidió que sería él quien conduciría. En el aire se movía con Wyvern, en tierra prefería el Lamborghini Urus, el toro salvaje como le llamaba. Era el testigo silencioso de sus escapadas por la Toscana, uno de sus pocos caprichos como noble inglés o excéntrico millonario al estilo el joven Stark antes de volverse un super héroe. Pero esta vez no acabaría en el asiento de atrás con la mujer que era su copiloto.
Archie aparcó el Urus en el reservado del yacimiento para la fundación, pues era su principal mecenas. Cuando el rugido del motor se apagó dio paso al silencio sepulcral de la necrópolis de Monterozzi. Nadie estaba trabajando, a petición de Sir Alistair. Caminaron por las calzadas de la ciudad en sin hablar. Mar sentía que eran las mismas que había recorrido con Artume la noche anterior. Al descender a la Tumba de la Caza del Ciervo, la modernidad del Lamborghini quedó arriba, sustituida por el aire denso y mineral de la tierra. Archie encendió una linterna táctica de la Fundación cuya luz, blanca y aséptica, cortó la oscuridad hasta detenerse en el frontón central. Allí enfocó el lugar exacto donde Sir Alistair encontró el molar que dio origen a la variante fantasma, a los pies del ciervo blanco. Mar sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura del hipogeo; en la viga principal, el animal pintado hacía veinticinco siglos presentaba una curiosa marca en el lomo, una sutil asimetría que coincidía exactamente con el lugar donde ella se había aferrado en su sueño. Sin poder evitarlo, Mar extendió la mano hacia la pared. A pesar del milenario pigmento, la piedra no se sentía muerta bajo sus dedos, sino vibrante, como si su sangre, la portadora de la variante Fantasma, respondiera a la llamada de la sangre del animal mitológico. Habría jurado que notaba un latido, hasta su calor cuando rompió el silencio y le llamó por su nombre: Lauchum.
Al pronunciarlo, el aire en la tumba pareció ionizarse, cargándose de una electricidad que no procedía de las baterías de la linterna ni de ningún generador, sino de sus propios cuerpos. Archie dejó caer la linterna táctica y siguió un impulso para recorrer con su mano el lomo del ciervo donde estaba la mano de Mar. Ambas notaron la vibración que procedía del fresco y entrelazaron sus manos con la urgencia de quien reconoce una pertenencia olvidada. El impulso de la sangre de Lauchum despertó en él un hambre que iba más allá de la genética, y en los ojos de Mar, el misticismo de la diosa se transformó en un deseo puramente terrenal. No eran Mar y Archie, sino Woden y Artume poseyendo los cuerpos de sus herederos para actualizar su pasado en un futuro romance. En la penumbra del hipogeo, el latido de la piedra se fundió con el de sus sienes, confirmando que la variante fantasma no solo buscaba la supervivencia, sino la consumación de un fuego que llevaba veinticinco siglos esperando el momento de volver a quemar.
Mar, la heredera del Ciervo, el ADN de la nobleza etrusca emparentada con Artume, y Archie, el heredero del Dragón, del linaje de Woden que había guiado a sus ancestros hacia Tarquinia salieron juntos de la tumba etrusca sin ser los mismos que habían entrado.
Si te ha gustado esta historia de Mar y Archie, suscríbete para no perderte la siguiente
