Chamán

¡Puto viejo! ¿Quién se ha creído que es? ¿De verdad este tipejo es un chamán? En su cabeza se instaló la canción de Canalla mientras sorteaba las piedras de un camino que solo usaban las cabras. Sí, le pegaba mucho a su extraño guía, empeñado en levantarlos a horas intempestivas, si es que les dejaba dormir. No se identificaba con los abraza-árboles como tampoco lo hacía con los abraza-farolas de las madrugadas del fin de semana. Sin embargo, allí estaba, en mitad de ninguna parte, siguiendo a alguien que cada vez más le parecía un vende humos, de copal eso sí pero humo en cualquier caso. ¿Cómo se había dejado convencer? Siempre le había gustado lo misterioso y lo tradicional ya no respondía a sus inquietudes. Tenía, por así decirlo, sed del mundo oculto, el que no se ve y parece que rige las vidas de las personas. Si existía la famosa Matrix, no quería ser la chica de rojo. Ya había estado durmiendo demasiado tiempo en su vida.

Pero había cosas que rayaban la excentricidad y que no tenían sentido. Se le notaba demasiado la carpintería. Demasiado ego para ser un espíritu elevado. ¿Se creía un ser de luz? Pues sería luz negra, porque su compasión era verde y sin duda se la había comido un burro. No hacía falta ser tan borde, tan mal educado, para ser espiritual. Por no hablar de que, según su experiencia, y ya llevaba años en el mundillo del crecimiento personal y las terapias alternativas, los gurús solo buscaban sexo, dinero o poder. El viejo seguro que no era una excepción.

Estaba convencida de que el método científico era válido en cualquier aspecto de la vida. Lo que no podía replicar por ella misma era un… ¿Cómo explicarlo? Un truco de magia, una ilusión, un engañabobos, solo teatro. ¿Una persona aprendería a leer por sí misma y sin embargo, cada vez que quisiera adentrarse en una nueva historia, era imprescindible que estuviera el maestro que le había enseñado? Entonces ¡¿Qué gracia tenía eso?! No, eso no era aprendizaje, sino dependencia. Era absurdo. Sin embargo en los cursos de desarrollo personal se requería siempre a un guía. De hecho, insistían en que cuantos más cursos hicieras, mejor. Mejor para los bolsillos de quien los impartía, claro. ¿De verdad servían para algo? Tenía serias dudas a pesar de ir con la mochila por caminos entre riscos detrás de un viejo que comía, cagaba y roncaba como todos los demás.

Entonces, si lo sabía, ¿qué hacía en esa comarca perdida de la mano del dios de turno? Podía estar en mil sitios mejor que ese. Se lo preguntaba a cada paso. Quizá, en el fondo, seguía con la ilusión de encontrar algo que fuera real, que le diera un vuelco a su vida. Algo auténtico. Si tantas personas seguían a ese viejo, sería por una razón, ¿no? Estaba claro que no era por su amabilidad.

Sus miradas se cruzaron y la llamó por su nombre. ¿Sabía quién era? La sorprendió aunque si esperaba devoción por su parte no la iba a encontrar. No se había ganado su confianza. El viejo quería que caminara a su lado. Sus compañeros la miraron con una mezcla de envidia y asombro. No la dirigió la palabra. ¿Para qué la quería allí entonces? ¿Se habría dado cuenta de lo reacia que estaba a sus indicaciones, que estaba planteándose irse? No se atrevió a preguntar, ni el viejo dijo palabra alguna.

Llegaron a una construcción abandonada. Un antiguo caserío antes que las zarzas lo devolvieran a la naturaleza. Sus compañeros se arremolinaron alrededor del viejo, le ofrecían agua, comida, conversación. Él seguía con su parquedad en palabras, moviendo con suavidad el incensario, sin hacerles demasiado caso. Ella se había acomodado en una pared. No le importaba lo que hacía. Bastante tenía con situar bien sus cosas, tenerlas controladas.

Un anuncio sorprendió a todos. Más adelante se encontraba la cala del olvido y allí dormirían. El viejo no dijo nada más. Se sentó a su lado y sacó una especie de rosario de madera. No era un rosario porque no tenía cruz. Sus compañeros estaban alborotados, expectantes. Sabían por relatos de los veteranos que en la cala siempre ocurrían cosas difíciles de describir. Para ella fue una buena noticia. Dormir en una playa, con el sonido de las olas en la orilla de fondo, bajo un manto estrellado, sería una gran experiencia, siempre que eligiera el lugar más indicado para ello. Solo esperaba que les dejaran disfrutar del paraje.

Al llegar a su destino, el viejo comenzó a juntar madera en silencio en un círculo de piedra. No pidió ayuda ni permitió que ninguno de sus devotos fans lo hiciera por él. Solo les ordenó que comieran algo. No había ninguna duda de que había estado allí muchas otras veces. Hasta pudo descubrir un chamizo en una de las paredes del acantilado y una vieja barca. Sus ojos se volvieron a cruzar.

—Esta noche no dormirás en la cala —no dijo nada más.

—¿Por qué? —preguntó ella.

—Llevas toda tu vida buscando algo auténtico. Has venido hasta aquí y, a pesar de tus dudas y tus quejas, no te has ido. Si quieres respuestas, tendrás que arriesgarte y confiar.

Se marchó antes de poder contestar. En su mente surgieron miles de preguntas y supuestos escenarios en cuestión de segundos.

Estuvieron balanceándose alrededor del fuego por mucho más tiempo de lo que le habría gustado, como hacían los seres azules de otro planeta que vio en la tele la noche antes del viaje. El entusiasmo de sus compañeros seguía in crescendo. Alguno parecía que estaba poseído por un espíritu ancestral. A ella seguía pareciéndole más teatro que místico. Cuando el viejo ordenó cerrar los ojos, ella lo hizo a medias. Si iba a aparecer algo, no quería perdérselo. Era lo oportuno para saber dónde se había metido. El viejo sabía que ella miraba. Sus ojos volvieron a cruzarse. Se acercó a ella y le indicó con un gesto que lo siguiera. ¿Debía confiar? Le dio una manta raída y le indicó, de nuevo con gestos, que esa noche la pasaría en la barca. Como percibió sus reticencias, le mostró que el bote estaba bien amarrado, por una cadena a un espetón de la pared y a una estaca que estaba a unos metros de la orilla. Doble anclaje para mayor seguridad en el mundo de lo desconocido.

Ayudó al viejo, siempre en silencio, a llevar la barca hasta la orilla. Decidió confiar y se metió en ella con la vieja manta como único refugio. Remó un poco y ola a ola, se adentró en el mar hasta que la cadena se tensó con un crujido metálico que resonó en todo el acantilado. “Aislamiento sensorial de manual”, se dijo, acomodándose en una esquina con un gesto de desprecio; conocía el truco por otros cursos, era una técnica barata para inducir estados alterados mediante la soledad y la privación de estímulos. Pensó que el viejo se había librado de la única disidente que podía abrir los ojos a los demás. Escuchó el eco de los cánticos de sus compañeros que resonaban como si fueran un tambor. También les vio saltar por encima de la hoguera con un ritmo casi hipnótico. Ya no eran personas, solo sombras. Empezó a experimentar una extraña pesadez en sus párpados. No era sueño, más bien una respuesta a la música y al vaivén de las olas.

¿Qué tenía que hacer allí? No le había dado ninguna explicación. La barca era demasiado inestable para realizar cualquier tipo de balanceo. Podía contemplar las estrellas o esperar que ese salvador de Temu se acercara a ella, aunque seguro que no sería andando sobre el agua. El viejo no llegaba a tanto, por mucho que sus seguidores le trataran como un gran chamán. A su modo de ver, no lo era en absoluto.

Se resistió todo lo que pudo, pero terminó tumbándose en el suelo de la barca y se tapó con la manta. Total, no tenía nada que hacer. El olor que descubrió en ella no era el esperado copal del chamán. Era un aroma casi olvidado que su memoria había archivado bajo siete llaves de racionalidad. Su estructura mental se hizo añicos; en sus párpados las imágenes del pasado saltaban con una velocidad de vértigo. No eran visiones místicas ni luces de colores, sino por la aterradora nitidez de momentos pasados que la devolvía a una vulnerabilidad que no podía controlar. El viejo no le había dado una respuesta espiritual, le había lanzado un ancla hacia su propio pasado, dejándola a la deriva en un mar donde su intelecto ya no servía de remo. Se aferró a los bordes de la barca, su estómago revuelto quería vomitar. Su boca quería deshacerse en un grito desgarrador. Ya no podía distinguir si era realidad o sueño, si tenía los ojos abiertos o cerrados.

Las estrellas bailaban, se acercaban y se alejaban. Cedió, se asomó por la borda y dejó ir todo el contenido de su estómago. Había navegado muchas veces pero nunca se había mareado. Y tampoco había comido nada de lo que le habían ofrecido sus compañeros o el viejo. Volvió por completo al interior de la barca y algo hizo que se balanceara con brusquedad. El mar estaba en calma, como una balsa de aceite. Nada de viento. Sus pensamientos salieron disparados hacia un gigantesco tiburón. No se le ocurrió nada peor. Miró a la orilla pero ya no distinguía la costa. ¿Se habría roto la cadena? El corazón se aceleró con un nuevo golpe al casco del bote.

Su mente científica buscaba de forma desesperada una explicación. Se acercó a la popa, donde estaba la cadena, y la encontró tensa. Seguía unida a la tierra. Se frotó los ojos porque alrededor de ella vio objetos que no deberían estar en el mar: su ordenador personal, su taza favorita, su cartera del colegio, un par de cintas que grabó en su adolescencia de la radio… Flotaban como iluminados en un mar cada vez más oscuro. Escuchó con nitidez la voz del viejo, como si estuviera a su espalda en la barca y no en la orilla donde le había dejado: “Ríndete”. ¿Cómo esperaba que lo hiciera? Aquello no era rendirse, sino morir. Ahogada o devorada por un tiburón. Cualquier opción era mala. Podía intentar tirar de la cadena y volver a tierra. Su cuerpo prefería volver a tumbarse y que pasara lo que fuera a gastar energías en tirar de unos fríos eslabones.

No tenía sentido hacerlo, pero lo hizo. Se tumbó y no luchó con los temblores que el frío nocturno provocaba en su cuerpo debajo de la vieja manta. Su espalda se pegó tanto a la madera que parecía que la estaba tragando. La oscuridad del cielo devolvió puntos de luz que fueron cayendo sobre ella como las estrellas fugaces de san Lorenzo. Esos mismos puntos, al tocarla, se volvían en hilos que tiraban de ella hacia el cielo. En un instante dejó de sentir la madera y la tela para alzarse, sin cuerpo, hacia la inmensidad del universo.

Volvió a la orilla, donde vio a sus compañeros dormidos en sus sacos y al viejo con una pipa de madera en el chamizo. La estaba esperando, en silencio. Expulsó el humo despacio. En él, como si fuera la pantalla de un cine, ella vio proyectados los momentos de su vida que habían sido intersecciones, momentos que habían marcado un antes y un después. Era su vida y la notaba extraña al mismo tiempo. Las piedras del camino de cabras hasta la cala eran en realidad los errores cometidos y que trató en vano de olvidar. Se mezcló con el humo y se volvió de un color oscuro como el mar que mecía su cuerpo. Los puntos de luz agujerearon la densidad para devolverla a la ligereza. En esos hilos veía todo lo bueno que había ofrecido a su alrededor. El viejo se mantenía en silencio, pero sus ojos no eran sus ojos, sino de una serenidad, de una profundidad que solo la sabiduría podía tener. La misma que tenían los personajes de aquellas pinturas del pasado. Los mismos que las vidrieras de una catedral. Ojos de eternidad.

Cuando se despertó, estaba amaneciendo. No estaba en la barca, sino en su saco de dormir, como sus compañeros que, poco a poco, se desperezaban. El viejo no estaba. Buscó la barca al lado del chamizo. Parecía que nadie la había utilizado en décadas. Tenía un gran agujero en el lado donde creía que había vomitado. No había ninguna cadena cerca. Ni estaca que la amarrara. El chamizo estaba medio derrumbado. ¿Qué había pasado? Demasiado real para ser un sueño. Las preguntas volvieron a agolparse, como el vapor en una olla a presión. Su mirada buscaba al viejo para preguntar sobre lo ocurrido. No lo encontró. Preguntó a sus compañeros y cada uno había tenido una experiencia diferente. En lo único que coincidían era en los balanceos alrededor de la hoguera. Todos estaban convencidos de que habían vivido una experiencia sin igual y se lo contaban unos a los otros. Ella permaneció en silencio.

Le encontró con los pies a remojo, en mitad de la cala. Parecía que no tenía prisa por volver. Su mirada estaba perdida en el horizonte. Se le veía más cansado que a los demás. Como si en esa noche hubiera envejecido veinte años, uno por cada participante que le acompañaba. La pregunta de qué había pasado se disolvió en el agua que jugaba entre sus pies. Entre los dos las olas depositaron un trozo de loza, muy parecido al de su taza favorita. Se miraron y ninguno rompió el silencio. Canalla ya no retumbaba en sus oídos. Tampoco el método científico tenía todas las respuestas, ni falta que le hacía. Sus ojos se lo dijeron todo. Cuando los murmullos de los otros participantes les llegaron de forma atronadora, ella se puso de pie de un salto y ayudó al anciano a levantarse. Con una sonrisa cómplice comenzaron el camino de regreso.

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