¿Alguien tiene respuestas para todas las preguntas?

Esta mañana me han dicho una frase que sigue rondando en mi cabeza. «Conviértete y cree en el Evangelio». Hoy es Miércoles de Ceniza. Comienza la Cuaresma. Y aqui estoy en casa, viendo una película y pensando en esa frase. ¿Convertirse y creer en el Evangelio? ¿Qué es convertirse? ¿Se trata de volverse un sapo al estilo el cuento de la niñez? ¿Convertirme? ¿A qué se refiere? ¿En qué debo convertirme? Algunos dirían que en una persona mejor. ¿Cómo se hace eso? Si sigo las reglas del mundo debería convertirme en una triunfadora, en una persona que busca y tiene lo mejor: reconocimiento, un trabajo que te gusta, una carrera laboral impoluta, un coche de gama alta, con grandes conocimientos del mundo, idiomas… ¿En eso debo convertirme? Creo que los tiros no van por ahí. Porque… ¿eso da la felicidad? ¿Tener más responsabilidad te hace más feliz? A diario veo a gente más importante que yo, con la agenda apretadísima, llena de reuniones… tan embobados en sus cosas, que… quizá se pierden la realidad cotidiana. Al estilo Zapatero cuando no sabía el precio de un café. Yo no tengo reuniones, de hecho la pasada semana cancelaron la única que tenía en el horizonte y aún no sé si se pondrá nueva fecha. Mi trabajo es extraño, depende de cómo «sople el viento», cuando parece que todo está controlado, es cuando más te das cuenta que no, llega alguien te da un «palo» y descubres que has acabado donde menos lo esperas. Y es duro, porque una siempre piensa en el mañana, espera que las cosas rueden, vayan bien… pero los deseos no siempre se cumplen. Eso sí, hay un momento especial en el día que lo cambia todo.

Puede que tenga un día fantástico o uno horrible. Puede que me haya comido un atasco monumental o que con tantas prisas no me haya acordado de comer. Si para algunos su hora especial, segun el anuncio de los refrescos, son las 11.00, para mí ese momento especial son las 16.30. A esa hora subo unas escaleras, avanzo por un pasillo y miro por una ventana unos segundos. Una carita sonriente me espera. A veces no sonríe; pero mi corazón sí que lo hace. A veces se me olvida que es mi gran motor, mi gran motivo para seguir adelante. Esa carita pequeña, sonriente, por quién me enfrentaría a todo y a todos si fuera necesario, que me cuenta su día, que es exigente y que no siempre tiene buenos días. Una personita que me dice con su mirada si está bien o si necesita algo. SÍ, claro que necesito convertirme, ser esa persona que puedo llegar a ser, no por metas económicas ni por halagos humanos… sino por esa mirada que me devuelve a la realidad, que hace que vea mi vida, lo que no me gusta y lo que sí que me gusta. Y le cojo de la mano, bajando la escalera, mi sé que puedo tener más, pero no ser más. Y necesito convertirme, porque a veces me olvido de ello… aunque ahí está mi «Cuco» personal para despertarme, para hacerme cantar y sonreir. Porque a la vida hay que sonreírla… y puede que te devuelva la sonrisa.

Si la primera parte, la de «Conviértete», es complicada y necesita que se pida ayuda, que otro te saque de ti mismo y te haga mirar alrededor. La segunda «Cree en el Evangelio» parece actualmente más complicado. No se trata de ponerse una cruz que te ocupe todo el pecho y poner cara de santote. Creer en el Evangelio es darte cuenta de que no estás solo. Que lo que nos sucede, también le ha pasado a otra mucha gente. Y lloraban, y les perseguían, y no les entendían, y pasaban hambre, sueño, sed, frío… no estaban conformes con su mundo ¿quién lo está? Pero miraban la persona. Y eso es harina de otro costal.

Nos cuesta tanto mirar a la otra persona. ¿Reconoces en tu jefe a otra persona? Porque, ellos también tienen sus problemas. ¿Reconoces en tus compañeros a otra persona? Cada uno somos de nuestro padre y de nuestra madre, tenemos educación diferente, historia diferente y nos cruzamos en un momento concreto. Hay gente que mira la cola del paro y sólo ve cifras. Mirar a las personas es duro, es que el corazón se exponga a temblar, abrir las orejas a los demás, quitándonos nuestros cascos para oír lo que pasa fuera. No ser una máquina que va por el mundo a lo suyo. Ver a los demás y a tí mismo con otros ojos. El Evangelio no es un libro, es un manual para ser. Es ver que no estás solo, ni en lo bueno ni en lo malo. Es la promesa de Dios a los hombres de que nunca nos dejará solos. A veces se me olvida, pienso que tengo que conseguirlo yo sola… y me canso, me aburro, veo que mis fuerzas son insuficientes… No me doy cuenta de que no estoy sola. Otro me indica el camino a seguir. No me quita ni un ápice de lo que es la aventura de vivir la vida, ni impide que me roce las rodillas si me caigo. Pero está conmigo, está contigo.

¿Nos lo creemos? Buuuuffffff, la gente que vive en el tercer mundo casi seguro, los del segundo, más o menos… pero los del primero, los que viven en ese Occidente moderno… caray cómo cuesta. ¿Por qué? Porque para creer primero hay que darse cuenta de cómo estás, ver y aceptar tu humanidad… y eso no siempre es fácil. Por no decir otra cosa. Nos hemos metido tanto en una mentalidad de «yo puedo», en un vivir con mis fuerzas que nos hemos creído eso de que la religión es para los débiles, para los frágiles, lo que nos hace borreguitos. Y nuestro orgullo se cabrea si pensamos que somos ovejas. Podemos serlo; pero no pensarlo. ¿Se puede creer hoy en Jesucristo? Bueno, viendo el panorama que nos rodea… sí. No es fácil… ¿o sí lo es? Cada uno que responda. Los que viven sin Él van creando caminos para ir andando por esta vida como mejor creen o pueden. Los que creemos en Él, aunque dijo que la senda era recta, andamos casi siempre a bandazos, como si fuéramos péndulos. Porque creer cuesta, abandonarse cuesta, tirar el manto de las tranquilidades cuesta.

«Conviértete y cree en el Evangelio» Mira tu vida y deja que te cambie. Abandona lo malo y lo bueno y camina. Deja lo que te hace retrasar la marcha, no cargues con demasiadas cosas y camina, vé en pos de lo que estás llamado a ser. Aprovecha el ahora que es lo único que tienes y no te cierres a los que te rodean. Cambia. A propósito de cambios. Hace poco me corté el pelo, de estos «rapes» que te dejan con las ideas «claras». Para algunos no fue la mejor decisión porque la climatología estaba a punto de cambiar y mis ideas se podían «helar». Para mí era el momento perfecto.

Lo hice el viernes, después de una semana laboral dura, muy dura. No comí, me fui a la peluquería a teñirme y a cortarme el pelo. Puede que alguno piense que cortarse el pelo que acabas de teñir es tirar el dinero. No, el cambio de look es cómodo, aunque alguno crea que me he alistado en los marines. Y sobre todo responde a un propósito de cambio. Cuando te cortas el pelo, luego te crece con más fuerza, rejuvenece. Yo ya estaba cansada de mi imagen, así que necesitaba nuevas fuerzas. Y el pelo crece, al menos a mí sí. En mi caso es como Sansón, pero al revés. Y si hace frío, te pones un gorro y arreglado. Ahora sólo me queda quitarme el dolor de espalda. Es que «la mochila vital» pesa conforme van pasando los años.