A pesar de todo

Hay situaciones en la vida en que dan ganas de decir «Vale… me rindo… se acabó». Es como si todo el universo estuviera en contra de uno, como si todo saliera al revés, donde, a cada paso que das, te vas acordando más y más del famoso Murphy y sus leyes. Un ejemplo: te levantas tarde porque el despertador no ha sonado, te quemas con el café, si es que consigues que la cafetera funcione, te quedas sin agua en mitad de la ducha, el atasco se forma cinco minutos antes de llegar al trabajo, te toca aparcar el coche quince minutos más lejos de lo de costumbre mientras empieza a llover de forma torrencial y el paraguas decide que no quiere abrirse por lo que llegas «hecho una sopa» al trabajo. El ordenador no quiere arrancar y al otro lado del teléfono, en vez de soporte informático tienes una especie de seta que no te hace ni caso.

Cuando consigues ponerte a trabajar empiezan a caerte marrones y más marrones, sales de uno y entras en otro peor. Esperas una llamada y no llega ni para atrás, por mucho que mires al teléfono. Cuando llega la hora, el coche no arranca, el móvil sin batería, nadie ayuda… y miras al cielo como diciendo «¿Qué, colega, te lo pasas bien?». Ante situaciones, exageradas pero a veces ocurre, de este estilo, podemos rendirnos o continuar. Reconozco que más de una vez me ha pasado por la mente el tirar la toalla y decir «hasta aquí». No sirve de nada pensar que hay gente que está peor… porque hay otros muchos que están mejor. Mal de muchos, ya se sabe.
 
No somos perfectos, por mucho que algunos se lo crean, nos caemos, nos cansamos y sin ánimo… a veces abandonamos, aunque tengamos unas herramientas estupendas. Pienso por ejemplo en un proyecto que hay en la empresa en la que trabajo, pero seguro que hay alguno en las demás empresas que es similar. Una herramienta de comunicación en desuso que, imagino, terminará quitándose porque no se actualiza. Y es una herramienta con un montón de horas de trabajo detrás; pero que nadie mantiene. Una pena que nadie la aproveche, salvo como tablón de anuncios… y cada vez menos. Podría hacer mucho bien por esa gran desconocida que es la comunicación interna en una empresa. ¿Comunicación interna en una empresa? Sí, eso ahorraría muchas reuniones y muchos cargos extraños… pero… como todos los departamentos pecan de «titulitis», porque no sabe lo que hacen… pero …. el cargo es lo primero que te ponen en las tarjetas de visita… de reuniones de dudosa utilidad en muchos casos pero de obligada asistencia sin importar el horario… hay herramientas que son eficaces, podrían emplearse y dar un muy buen servicio que se terminan arrinconando en una maraña de sitios web.

El ser humano es así, se aburre pronto de lo que consigue fácilmente. Ocurre con todo, herramientas de trabajo, juguetes, móviles… hasta las personas. Se llega al extremo de no valorar a los que tenemos al lado hasta que los perdemos. No me refiero sólo a los que fallecen. Continuando con el trabajo. Típico caso de persona que pasa desapercibida en un departamento hasta que dice que le han ofrecido un puesto en otra empresa y se va. De repente el jefe cae en la cuenta de que esa persona era útil y… ¡anda! Le hace una contraoferta. ¿Acaso no era útil cuando no le hacías ni caso? ¿Acaso no viste las señales de que esa persona existía? ¿Tan en su mundo estaba el jefe que sólo veía un número? Yo no acepto contraofertas.

Cuando he tomado la decisión de irme, por mucho que me ofrezcan, me voy. Porque ya tuvieron el momento, la oportunidad de mantenerme en ese departamento y, quién sabe por qué, no lo hicieron. Valorar «la infidelidad», premiar «la queja» no creo que sea lo mejor. Es algo que nunca he entendido de las políticas de fidelización de ciertas empresas. ¿Quieres conseguir un móvil gratis? Dile a tu operador que te vas con otra compañía. ¿No es absurdo? ¿Y el cliente que está contento con el servicio, con el trabajo que haces? ¿A ese no se le hace nada? Conozco personas que llevan años pagando en una misma compañía sin tener una disminución de la cuota, mientras que a los «quejicas» se les «premia» con descuentos. ¿Merece la pena aceptar el chantaje de esos clientes? No lo sé.
 
Rendirse. Vuelvo al tema original que una vez más me he ido por las ramas. Tenemos la tentación casi a diario de rendirnos ante los elementos, como si estuviéramos en una lucha constante contra todo. ¿Por qué entendemos la vida como lucha? Pues… realmente no lo sé. Supongo que es porque nuestro mundo es físico, sabemos del esfuerzo de conseguir cosas y de nuestra mentalidad dialéctica, es decir, para que alguien gane, tiene que haber alguien que pierda, siempre tiene que haber dos opciones. Y esas dos opciones son, primeramente, interiores. Actitudes personales de cómo enfrentarse a la realidad. Puedes levantarte e ir a por todas o rendirte por dentro, dejándote llevar por la corriente. Ambas opciones son válidas, aceptables en algunas situaciones. Aunque sólo sea para hacer acopio de fuerzas. No siempre podemos estar al cien por cien. Realmente no es una rendición, sino un momento de «repostaje», de parar el tiempo.

Porque siempre hay que tener alguna parada de tiempo, algún espacio en blanco. No se puede hacer una actividad constante, no sería bueno. Hasta la persona más activa necesita vacaciones, introducir un cambio en la rutina diaria. Cambiar de aires, variar un poco. No es una rendición, sino un punto. Quizá seguido, quizá y aparte. El propio cuerpo necesita el descanso, necesita dormir de vez en cuando, aunque nos empeñemos (o lo que es peor, otros se empeñen, en no dejarle descansar). Esos momentos vienen muy bien, para retomar la tarea con redoblado empeño, con nuevas ideas y más energía. Cada día, poco a poco, como si lleváramos batería al estilo el móvil, nos vamos desgastando… y al final… o nos conectamos a la corriente o, irremisiblemente, nos apagamos.
 
¿Desanimarse? NO. A pesar de todo. Aunque parezca que no vamos a ningún lado, que nuestros esfuerzos no sirven para nada, que está todo el pescado vendido y que el mundo no cambia. ¿Desanimarse? NO. Porque si uno se desanima, a lo mejor, otro sigue su ejemplo y se desanima también y al final se produce efecto cascada. Pero… al contrario, si uno sigue, un poquito más, quizá otro, continúa otro poquito más, y otro, y otro… y el efecto cascada se convierte en una contracorriente que puede cambiar algo. ¿Desanimarse? NO. Porque tarde o temprano tendrás que pelear, te guste o no y, a nadie le guste tener al lado a alguien que no para de quejarse, que carga con un montón de piedras. ¿Desanimarse? NO. Porque, aunque no lo veas, siempre hay alguien al lado que cuenta contigo.