La lluvia de marzo golpeaba el asfalto con la misma insistencia con la que vibraba su teléfono en el bolsillo. La noticia ya era la comidilla en toda la oficina y aquellos que habían sido sus compañeros, libres ya de la amenaza de engrosar las listas del paro, le escribían mensajes de ánimo. “Hipócritas. Sí mucho ánimo porque vosotros seguís teniendo nómina” pensó. No quería responder, por mucho que el circulo rojo de los mensajes no hiciera más que crecer. El mundo seguía girando, aunque a él lo hubieran parado de golpe. Esta vez no contestaría. Ya no estaba obligado a hacerlo. Que la abeja reina y todos sus zánganos pelotas se dedicaran a la rumorología con otro. Él ya no tenía que aguantar su cinismo y su cháchara ni un minuto más. Era lo único bueno que podía sacar de su injustificado despido. Ya le echarían de menos en los resultados de fin de mes. O no.
Sus pies, sin rumbo, le llevaron al sitio más insospechado. Había salido de la que fue su oficina, pensando en lo que sería su vida a partir de esa firma y su razón le decía que su destino era la oficina del SEPE. Sin embargo, el dintel que estaba atravesando no se parecía en nada al de un organismo público. Un pesado portón de roble se tragó el bullicio de la avenida con un chasquido seco, dejando fuera el rugir de los motores y el parpadeo urgente de las pantallas. El sonido se cortó por completo, como si el aire sacro del templo tuviera el poder de anular todo lo mundano. Dentro, olía a una mezcla de cera vieja, friegasuelos de pino y piedra desgastada que se resistía a ser olvidada. Dio un paso y el eco de sus zapatos sobre el mármol, pulido más de cien veces, sonó como una impertinencia, un recordatorio de que su prisa no tenía lugar allí.
Lo cierto es que no tenía ninguna prisa. No buscaba una redención ni un milagro. No había sido una decisión personal, solo una reacción a la crisis que vivía el país. La ruleta había girado y le había tocado a él. Solo era mala suerte, le podía haber tocado a cualquiera. Tenían que cumplir lo acordado con los sindicatos. Así se lo habían dicho en el departamento de personal. Sus voces con las excusas vacías le martilleaban la cabeza. La migraña estaba asegurada. Solo quería que el ruido parara. Su cuerpo, sabio, le había llevado donde nadie le miraría con tristeza. No tendría que aguantar al privilegiado de turno que se sabía por encima de él, por aprobar un examen no por productividad, mientras que le tiraba las migajas de su atención, porque su vida laboral era menos interesante que su partida de Candy crush en horario laboral.
La vieja catedral no era un lugar concurrido un viernes cualquiera por la mañana. Ni siquiera para los turistas que inundaban las calles de la ciudad cada fin de semana. El horario de misas tampoco conseguía llenar de público los bancos de madera que acariciaban sus dedos con cada paso. El lugar estaba desierto, salvo por una señora mayor enlutada que susurraba mientras pasaba las cuentas de un rosario con la mano derecha. Le miró con la curiosidad de quien escucha un ruido extraño, sonrió por amabilidad o educación y siguió con su repetición rítmica ajena al «intruso».
Caminó hacia la nave lateral, huyendo de la luz que todavía se filtraba por el crucero, buscando la penumbra de los últimos bancos, cerca de las capillas que ya nadie visitaba, ni tenían siquiera una vela eléctrica encendida. Se sentó en el lugar más alejado del altar, lejos de todas las miradas. La madera crujió bajo su peso, un sonido orgánico que le resultó extrañamente reconfortante comparado con la silla de oficina que había ocupado el día anterior. Apoyó los codos en las rodillas y hundió la cara entre las manos, sin pantallas. Por primera vez en años, no tenía que fingir que estaba ocupado. No había un teclado que aporrear para justificar su sueldo, ni una reunión de «brainstorming» donde vender humo. No era un profesional resiliente, ni un activo estratégico, ni siquiera una baja en un Excel de recursos humanos. Solo era un hombre con los ojos cerrados escuchando el goteo lejano de la lluvia contra las vidrieras. El peso de la migraña empezó a ceder ante la bofetada de silencio que emanaba de las bóvedas, una paz que no necesitaba ser optimizada ni reportada en una reunión de seguimiento. Allí, en la frontera de lo invisible, nadie esperaba que diera el primer paso; simplemente estaba, como la piedra y la cera, esperando a que el ruido de su propia vida terminara de apagarse para poder, por fin, escucharse a sí mismo. Su respiración se acompasó al sonido de la lluvia y con ella los latidos del corazón.
Metió la mano en el bolsillo y sacó un teléfono mudo por el escudo de la piedra milenaria. La pantalla se iluminó, hiriendo la oscuridad con su brillo artificial. Tenía catorce llamadas perdidas y una avalancha de notificaciones. Una náusea repentina le subió por la garganta. Ese aparatito, que antes era su conexión con el mundo, ahora le parecía un arnés de perro que le apretaba en exceso el cuello. Lo apagó por completo, otra primera vez.
El silencio que siguió a la muerte de la pantalla fue liberador y reconfortante. La prisa se había apagado también. Sin el resplandor azulado, la penumbra de la catedral recuperó su textura. Alzó la vista hacia las alturas, donde la piedra se perdía en una oscuridad que no necesitaba píxeles para ser profunda. Allí, bajo el amparo de lo invisible, recordó las palabras sobre entrar en la habitación y cerrar la puerta; solo que su habitación era ahora una nave inmensa y la puerta era ese botón de apagado que acababa de pulsar.
El frío del banco le traspasó la ropa, un recordatorio de que seguía siendo barro, una criatura vulnerable y no un nodo de una red global. La señora del rosario seguía con su murmullo rítmico, como un arrullo. La apertura de la puerta inundó de luz la nave central. Desde la penumbra de su esquina observó a varios turistas, por sus rasgos faciales serían de oriente, que hacían una genuflexión más rápida que disparar una ráfaga de fotos y se iban. No tenían tiempo para más. Un guía turístico, que parecía un maratoniano, les había gritado tres indicaciones de las obras más importantes que podían fotografiar. Cuando estuvieran en casa podrían decir que las habían visto. Cerraron la puerta igual de rápido que habían visitado la catedral. La señora de negro ni se inmutó. Él seguía observando, porque no sabía qué hacer. Solo estaba allí, necesitaba estar allí.
Sus ojos se volvieron a un cuadro. No era auténtico, seguro. El original de Rembrandt estaba a miles de kilómetros, en el Hermitage de San Petersburgo. Lo sabía porque lo había visto con sus propios ojos en el último viaje que no fue de empresa. Esa reproducción, colgada en una penumbra que le devolvía la dignidad a los colores, parecía hablarle directamente a él. Se quedó hipnotizado por la escena. El hombre arrodillado, con la cabeza rapada y el pie izquierdo desnudo mostrando una sandalia gastada, no era un derrotado, sino alguien que por fin había dejado de huir. Los hombros del anciano, envueltos en ese manto rojo que parecía protegerle de todo el ruido del exterior, se inclinaban con una ternura que el mundo profesional nunca podría comprender. En ese abrazo pintado, el perdón no era una métrica de recursos humanos, sino un descanso absoluto. Sintió que su propia migraña se disolvía del todo al entender que él era aquel trabajador inútil, excedente de una sociedad que no le valoraba y también acababa de regresar, aunque fuera por accidente, a un hogar que no pedía resultados, sino presencia. Nunca fue un número, ni un error. Su nombre era más importante que las cifras de su cuenta corriente.
Había algo más. Las personas que estaban alrededor, ni sus opiniones no eran lo importante. Con ese gesto, el desecho descubría su dignidad que nunca había perdido, aunque sí olvidado, tal como podía verse en la expresión de su rostro. Se dio cuenta de que no tenía que esconderse en la penumbra de una esquina, él había entrado por casualidad y sin darle importancia, lleno de dolor, hasta de incomprensión, rabia, rencor. En el silencio de la catedral no había reproches por su tardanza, por no cumplir expectativas. Se levantó del banco con una lentitud que ya no le pesaba. Cambió la esquina en penumbra por el último banco de la capilla del Santísimo. Allí había dos personas de rodillas, en silencio. Ni siquiera se giraron cuando abrió la puerta de cristal. Nada podía romper la atmósfera. No tenía claro qué hacer, si arrodillarse, quedarse de pie o sentarse. Tras una genuflexión más pausada que la de las japonesas, se sentó en el banco, en silencio. A su mente no vino ninguna oración aprendida. Solo se quedó allí, sin nada que decir, presente, dispuesto a escuchar la voz del silencio.
Pasaron los minutos, o quizás fueron horas; en ese rincón de la capilla, ajeno a si la gente entraba o salía. Fue como entrar en otra dimensión, en otra época, en otro tiempo. El ruido de la “colmena” donde los humanos eran recursos, las notificaciones fantasmales en su bolsillo y la urgencia por justificar su existencia se desvanecieron ante la quietud del Santísimo. No necesitaba palabras, ni peticiones, ni siquiera pedir perdón por su olvido. Entendió que su valor no residía en el cargo que figuraba en su firma de correo, sino en esa capacidad recobrada de simplemente estar. Cuando finalmente se puso en pie, lo hizo con la certeza de quien ha recuperado algo que no sabía que le habían robado. Sacó el teléfono apagado e hizo caso a su intuición, tan silenciosa en los últimos tiempos. Borró todo su contenido, como si acabara de salir de la fábrica y retiró la tarjeta sim. Lo metió en un sobre con un papel que explicaba su decisión. Lo cerró y lo metió en el buzón de las limosnas. Seguro que el sacerdote al cargo le daría mejor uso.
Al empujar de nuevo el pesado portón de roble, el rugido de la lluvia de marzo y el tráfico de la ciudad volvieron a golpear sus sentidos, pero el estruendo ya no lograba atravesar el dintel de su nueva calma obtenida en una catedral vacía que en verdad estaba llena. Dio el primer paso sobre el asfalto mojado, sintiendo el peso ligero de sus bolsillos vacíos. El hombre que había entrado, se había quedado en el sobre que contenía su ex teléfono, apagado. Caminó bajo la lluvia, sin prisa, con la mirada puesta en un horizonte que, en una nueva primera vez. ¿Dónde le llevarían sus pasos? Lo desconocía. El SEPE podía esperar al día siguiente. Tenía una ciudad por la que caminar y contemplar con sus ojos donde la lluvia se había llevado las lágrimas y las legañas. Puede que el espíritu de Gene Kelly le acompañara a chapotear en los charcos que rellenaban los agujeros de las aceras. No había prisa por volver a su apartamento, su corazón ya estaba en casa.
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