El Tesoro

En la gran biblioteca hay una sección que solo se abre al público las mañanas de los días soleados, cuando la luz entra por las vidrieras y resplandece todo el interior. En otras secciones, los estudiosos pueden trabajar cuando fuera del imponente edificio hace mal tiempo o incluso de noche. Si entra un nuevo ayudante, los veteranos es lo primero que le dicen: “Nada de velas en El Tesoro”. El gran bibliotecario es muy estricto y no concede excepciones. Tanto es así que se cuenta que, una vez, el mayor de los eruditos del reino, un mago sin igual, quiso acceder un martes de lluvia por la tarde y su petición fue rechazada. Cuando, desafiante, intentó usar la magia para acceder, sufrió las consecuencias de los hechizos protectores y estuvo más de tres semanas con la imagen de un burro en la frente, para disuadir a otros magos. Bakthar, que fue el encargado de la protección mágica del Tesoro, no se ganó por azar su cargo de líder absoluto del Gremio mágico. 

El Tesoro guardaba el pergamino de la Unidad. Escrito con pluma de fénix y sangre de unicornio, era el texto más sagrado del reino. Lo firmaron en el inicio los representantes de las cinco secciones: Ejército, el Gremio de Magia, Corona, Justicia, Ladrones. No se habían vuelto a juntar desde entonces. Cada uno de ellos ocupaba un territorio y salvo para comerciar, tenían sus propias leyes. Los únicos que podían recorrer la muralla eran los integrantes del ejército. 

El pergamino de la Unidad estaba custodiado en la sala central del Tesoro. Solo el máximo representante de cada sección podía acceder, siempre con permiso del bibliotecario mayor. En los tiempos antiguos se accedía en la festividad principal del reino. Pero hacía varias décadas que las puertas permanecían cerradas. La cohesión entre facciones era un tímido recuerdo. Las disputas eran cada vez más frecuentes y habían surgido dos nuevos grupos: Marcados y Eruditos. Los Marcados eran los más conflictivos, expulsados de las secciones por alborotadores o criminales. Su hábitat eran los subterráneos de cada sección y debían su nombre al tatuaje obligado que recibían por una condena de Justicia. Los eruditos defendían la sabiduría ancestral depositada en La Torre. Su líder, el Bibliotecario Mayor, elegía entre las secciones a los más capacitados para ese cometido. Lo abandonaban todo, hasta se sometían voluntariamente a un borrado de memoria y deseos carnales para después jurar llevar la túnica negra hasta el final de sus días.

Sin embargo, algo ocurrió con Vael. Su fuerza se debía a ser Hijo de un soldado. Su madre ladrona le proporcionó una gran astucia, la magia despertó desde su primera carcajada de bebé, algo que solo los maestros del Gremio habían visto en otra ocasión: en el nacimiento de Bakthar. Así ya fueron tres las secciones que lo reclamaron. El Rey se unió al interés porque la ladrona regentaba una casa de citas que frecuentaba extraoficialmente. Sí, Vael mostró una rara nobleza en sus acciones, impropia de soldados y ladrones. El Alto tribunal lo recibió como un peligro más que una bendición y quiso marcarlo en el primer conflicto en el que se enredó. El Bibliotecario lo examinó. Sí, Vael no era normal. Lo reclamó para la Torre con 5 años. Era la decisión más justa. Encerrarlo entre sus muros de por vida impediría que pudiera provocar una lucha entre secciones. Los representantes aceptaron la propuesta. Pero, la ceremonia de borrado salió mal. La magia ancestral que moraba en Vael lo impidió sin que casi nadie fuera consciente de ello.

Bakthar decidió aparecer en los sueños del joven aspirante a erudito cuando cumplió 7 años. Estaba intrigado con su incipiente poder. Era consciente de que rompía las normas al haber lanzado el hechizo para despertar la magia ancestral durante el borrado. Así, Vael aprendía en la Academia las leyes del mundo natural, del reino, las lenguas de cada sección, la historia y los diferentes saberes que podían encontrarse en la Biblioteca. De noche, al amparo de la invisibilidad, respondía a la invitación de Bakthar y aprendía los arcanos del poder ancestral en el despacho del Gran Mago. Con 12 años podía crear cualquier elemento de la nada, solo con el pensamiento. Algo que solo era posible si el Gran Mago le había marcado como su pupilo, lo que les concedió una conexión directa. Lo que veía Vael en la biblioteca, lo veía Bakthar. Si el Bibliotecario lo descubría, no volvería a poner un pie en el Tesoro ni volvería a ser el encargado semanal del cuidado del pergamino. 

La magia de la sala central del Tesoro notó el vínculo. No fue para bien. El pergamino comenzó a dar muestra de degradación. Al principio los cambios fueron muy sutiles. La tinta era poco legible en una palabra. El color se oscureció en una esquina. La mano derecha del Bibliotecario dio la voz de alarma. Las consecuencias del deterioro se materializaron en un altercado fuera de los muros de la Torre. Los Marcados asesinaron a dos soldados que velaban por el polvorín de los cuarteles. La represión del ejército en los subterráneos tiñó las cloacas de sangre durante varios días. Entre las víctimas había un sanador del gremio que estaba ayudando a una parturienta. Los magos se tomaron la justicia por su mano y la comida de los cuarteles se pudrió. El Anciano, tras firmar un pacto con los Marcados, expulsó a los soldados de la ciudad de los ladrones. Las nubes de guerra se posaron por todo el territorio. El Alto Tribunal, el Mariscal, el Rey y hasta el Bibliotecario se reunieron con Bakthar, suplicándole que impusiera el orden en el Gremio. Su respuesta descolocó a todos. “¿Qué ha pasado en el Tesoro?”. La sutil sonrisa de sus labios dejaba claro que conocía de antemano la respuesta. 

Los ojos del Rey, el Mariscal y el Alto Tribunal iban del cielo al Bibliotecario. Ellos conocían también la primera norma de la Torre. El sol se había ocultado y nadie podía acceder al Tesoro. Pero el reino requería respuestas con prontitud. Al gran erudito se le había pasado algo que el protector mágico sabía. El Bibliotecario Mayor abandonó el despacho de Bakthar. Los ayudantes tardaron en entender lo que decía entre los jadeos. Ya no era el joven atlético que salió de los cuarteles. Vael le observaba desde un lugar alejado de la estancia y escuchaba la carcajada del Gran Mago en su interior cuando vio que llegaban poco después el Mariscal y el Rey. Después de ellos, el Alto Tribunal y el Anciano, que se había enterado de la reunión por los Ojos, la red de espías de los Ladrones. Todos exigían ver el pergamino. Sin embargo, el acceso estaba cerrado. Bakthar no había acudido.

La paciencia no era la principal virtud del Rey. Cansado de excusas, ordenó al Mariscal que los soldados derribaran las puertas. Las protecciones mágicas les hicieron saltar por los aires. Funcionarios de Justicia corrieron hacia el Gremio, para suplicar al Gran Mago que fuera a la Torre. Los Ladrones aprovecharon para hacer fuego en la biblioteca demasiado cerca de los incunables, la sala anterior al Tesoro. No fue la mejor de las ideas. Los eruditos respondieron a golpe de cubos y encharcaron el suelo. Entonces, el Bibliotecario hizo lo impensable. Desató la memoria de Vael con el único hechizo que sabía y podía conjurar. Fue en ese momento cuando descubrió que la memoria de Vael seguía intacta. Sus gritos alteraron al resto de representantes presentes de las secciones. El negro de la túnica de Vael se convirtió en dorado por arte de magia. En su frente apareció el semicírculo del Pupilo del Gran Mago. Las velas de toda la biblioteca se encendieron y las puertas del Tesoro desaparecieron, lo que dejó a la vista de todos la columna vitrina quebrada del pergamino. El aire viciado de la sala penetró en el vacío de la vitrina, lo que aceleró el desastre. El deterioro que sufría ya no tenía vuelta atrás. La mitad de las letras del pacto entre secciones se habían borrado y los dibujos ahora eran una mancha de tintas de colores. Fragmentos del pergamino yacían en el suelo, como las cenizas de una sociedad unida que ya nadie recordaba. 

Bakthar hizo su entrada sin ningún tipo de prisa en la biblioteca. Los representantes de las secciones y el Bibliotecario no sabían si era héroe o villano. Con Vael a su lado nadie podía hacerle frente. Con un gesto de su mano todo volvió al orden. La vitrina volvió a lucir inmaculada y el pergamino resplandecía. El Rey, el Mariscal y el Anciano no podían creérselo. La mirada del Bibliotecario era asesina.

—El sistema está corrompido —comenzó a proclamar Bakthar cuando se hizo silencio—, no por la magia, sino por las ansias de poder de aquellos que juraron defender la sabiduría y cambiaron el servicio por la posesión. Los eruditos se han creído por encima de todos, secuestraron el pacto cuando no lo firmaron. Su pureza solo ha generado podredumbre. Ha llegado el momento de que el reino decida su futuro y aprenda la fragilidad de sus pilares. La sociedad actual, si quiere prosperar debe transformarse. Volved a vuestras casas. Yo, Bakthar, Gran Maestre del Gremio de los Magos —puso su mano en el hombro de Vael, lo que generó que su túnica resplandeciera igual que la vitrina—, solicito la reunión inmediata del Alto Consejo del Reino para establecer los nuevos términos del Tesoro que es la Unidad. 

Sin esperar respuesta de los presentes, Pupilo y Gran Maestre se desvanecieron ante sus ojos. El Rey y el Mariscal salieron juntos de la sala. Les siguieron el Anciano y el Alto Tribunal. En pocos segundos, el Bibliotecario se quedó solo a oscuras dentro del Tesoro. En su mente fueron apareciendo diferentes imágenes de su vida con Vael. No había querido ver las señales por estar ocupado en sus sueños de grandeza. La humillación a la que le había sometido Bakthar era demasiado. Su mente le devolvió a dos momentos que ahora cobraban sentido: Cuando obligó al Gran Mago a lanzar las protecciones y le dejó fuera del Tesoro para colocar el pergamino en el centro. Y cuando reclamó para la Torre a Vael, tachando a la magia de una superstición del pasado, algo que el reino debería arrinconar para modernizarse. 

El Alto Consejo se reunió en la Sala Capitular del Palacio Real. Solo había cinco sillas. Eruditos y Marcados compartían situación en la parte del público. El Bibliotecario se mostraba demacrado. Uno a uno los representantes de las secciones fueron declarando sus argumentos y exigencias. Se acordó por unanimidad que Ladrones se ocuparía de Marcados como si fuera un grupo de ellos. Eruditos por su parte quedarían bajo la autoridad del Gremio de Magia quien se ocuparía de elegir a sus integrantes. Ya no tendrían distintivo, sólo una línea de tela color negra en el puño derecho de la túnica. El borrado de memoria obligatorio sería anulado. El Bibliotecario quedaría bajo la jurisdicción del Gremio y de Justicia. El Alto Consejo del Reino elegiría al sucesor más preparado para esa función. El actual sería cesado de su cargo y desposeído de todos sus privilegios. Se le concedía, eso sí, la capacidad de seguir accediendo a la biblioteca, aunque con supervisión de un funcionario de Justicia. Además, se le otorgó una residencia oficial en los jardines colindantes al palacio del Mariscal.

El viejo bibliotecario escuchó los decretos como reo en un tribunal. Todo por lo que había entregado su vida se desvaneció con un movimiento mágico de mano. Vael no pudo evitar sentir tristeza por ello. Sabía de primera mano todas las injusticias y maldades que se habían hecho en nombre de la sabiduría en la Torre. Injusticias que, si bien fueron conocidas y en parte promovidas por el Bibliotecario, no justificaban a ojos de Vael el castigo colectivo a toda la orden. Bakthar sintió la tristeza de su pupilo y se apiadó más de lo esperado del antiguo amo de la Torre. 

Todas las secciones acordaron que Vael sería el nuevo Bibliotecario. Cuando se acomodó en el cargo, después de realizar todos los cambios solicitados por el Alto Consejo, en uno de sus paseos matutinos, dejó los dominios del Gremio mágico y se acercó hasta los cuarteles. Los soldados ni siquiera le interrogaron, sabedores de lo que podría hacer el comandante de la guardia, su padre. Encaminó sus pasos a la residencia de su predecesor en el cargo. Le encontró dormido, a los pies del arroyo, con un libro de pastas desgastadas en el regazo. Era un ejemplar de la historia del reino. Parecía más anciano todavía que la última vez que le miró, cuando le cesaron del cargo. 

El anciano abrió los ojos y miró a Vael vencido, esperando que hiciera leña del viejo tronco caído en desgracia. Se lo había ganado a pulso y así habría actuado él en otros tiempos. Pero en los ojos del joven no había venganza sino compasión y perdón. Ahí estaba la nobleza que tanto le caracterizaba. 

—¿A qué debo la visita de su excelencia el Bibliotecario? —dijo el anciano. 

—No soy excelencia, maestro. Solo quería ver cómo se encontraba en su retiro —Vael se sentó a su lado tras una leve reverencia que no pasó desapercibida para el anciano.

—Para eso podrías preguntárselo a tu padre. 

—El comandante de la guardia sólo responde al Mariscal.

—Ahora eres el favorito del Alto Consejo. Puedes hacer lo que quieras. 

—Solo sirvo al Reino lo mejor que puedo y que sé, maestro.

—¿A qué has venido? ¿Tu mentor quiere revisar el fondo de mi armario? Este es el único libro que me han dejado, por su gran amabilidad —recalcó con sarcasmo la última palabra.

—El Gran Mago no se inmiscuye en las decisiones de la Biblioteca —respondió sin entrar en la provocación.

—Claro, para eso ya se mete en tu cabeza. ¿Qué es lo que quieres, Vael?

—Maestro, a partir de ahora puede acceder siempre que quiera al fondo completo de la biblioteca. 

—¿Sin niñeros? ¿Acceso total? ¿También al Tesoro?

—Todo como cualquier ciudadano del reino, maestro. Si quiere entrar en el Tesoro, deberá presentar una solicitud y podrá acceder cuando sea aprobada.

—¿Por qué me llamas maestro? Eres el Bibliotecario y el Pupilo del Gran Maestre. 

—Usted me acogió y me formó en los Eruditos. Siempre será mi maestro —dijo mientras se levantaba y repetía la reverencia. 

Mientras se alejaba, notó el desacuerdo de su mentor ante su decisión, al mismo tiempo que este confiaba en su criterio. Vael sabía que, por encima de todo, el anciano amaba cada uno de los volúmenes de la biblioteca y que, sin el borrado de memoria, su influencia sobre los asistentes de la Torre era nula; sobre todo cuando el actual bibliotecario era un gran mago.

A la mañana siguiente, el sol brilló con fuerza tras las vidrieras de la biblioteca, iluminándola como había hecho durante años, siglos. Vael se detuvo ante las puertas del Tesoro, que ahora solo se abría al interactuar con su magia. Entró solo. Su túnica dorada bañaba los estantes con una luz más pura que cualquier llama. Se acercó a la vitrina que contenía el pergamino y lo contempló despacio, como si nunca lo hubiera visto antes. Vael sonrió levemente al ver que un nuevo párrafo aparecía en una nueva página. El futuro del reino estaba asegurado. Ese era el verdadero Tesoro.

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