No sabía dónde estaba al abrir los ojos. Era una habitación de hotel, seguro. Ese techo no era su buhardilla de Lavapiés. En el tiempo que duró su primer bostezo mañanero descubrió tres cosas: estaba sola en la habitación, eran las ocho y media de la mañana y estaba en Roma. Mientras el agua fría del lavabo le quitaba la modorra, se fue situando. Hacía dos semanas que el anciano Papa se había marchado a dar cuentas de su vida al Gran Jefe. Aunque parecía muy apetecible para cualquier reportero, nadie en la agencia quería ir a cubrir el cónclave, por lo que hicieron un sorteo y la pajita más corta decidió. Una reportera deportiva cubriría la noticia. El sentido del humor del destino había hecho acto de presencia.
Su hotel, aunque al llegar pensó que era un hostal, estaba a dos pasos del metro de Ottaviano. Lo llevaba un matrimonio y, como todo en Roma, la primera impresión era equivocada. Por fuera parecía un edificio viejo y destartalado que se podía derrumbar en cualquier momento. Por dentro era un palacio, limpio y decorado con un gusto exquisito. Estaba completo. El salón había sido tomado por periodistas extranjeros todos cortados por el mismo patrón: blusa o camisa blanca, corbata negra y chaqueta oscura a juego con los pantalones o falda de tela. Quedaba muy lejos de su camiseta del Steaua de Bucarest, regalo de un antiguo novio. Lo más gracioso es que no le gustaba el fútbol europeo. Pero esa camiseta era la más cómoda de su armario y, para empezar su jornada laboral, la iba a necesitar.
¿Qué se hacía en Roma con la sede vacante? Ella no tenía ni idea de los juegos políticos vaticanos. Los nombres de los papables no querían alojarse en su cabeza, así que les puso apodos. Cuando escribiera la crónica, los sustituiría por los verdaderos y listo. Ahora que le daba un par de vueltas y que el ristretto había despejado por completo su creatividad, el cónclave era “con clave” para ella. Pensarlo con humor le quitaba la sensación de estar más perdida que un pingüino en Benidorm. Allí debería estar Salva, el que había colgado sus hábitos de carmelita descalzo por estar con Edurne, la de Economía. De eso hacía ocho años, ya tenían tres hijos. Él se ocupaba de las noticias de Religión cuando no estaba en el hospital con un nuevo retoño recién nacido. El permiso de paternidad le había librado.
Salió del hotel dispuesta a hacer un poco de turismo por la Ciudad Eterna a cargo de su jefe. Eso por cambiarle su viaje a conocer el Lumen Field, la casa de sus adorados Seattle Seahawks, por una pajita corta. Tendría que quedarse allí hasta que el humo blanco de una chimenea, que parecía de churrería, diera la noticia del nuevo inquilino de la silla de san Pedro. Sí, era irreverente, porque nunca había sido creyente. Todo lo que estaba sucediendo le quedaba muy lejos.
El centro quedaba lejos andando. Había mucha seguridad y la plaza de San Pedro parecía Atocha en hora punta. Lo primero que tenía que hacer era acreditarse en la Sala Stampa. La monja que se encargaba de ello la miró de arriba a abajo tres veces. No hizo falta que le dijera nada. Peor para ella. También los otros periodistas la miraban con extrañeza. Ya que estaba allí, decidió investigar un poco. El anciano Papa era noruego. Primera noticia. De la orden de los benedictinos. Segunda noticia. Había estado en el cargo siete años. No sabía si podría hacer una crónica decente; cada vez estaba más perdida. Empezaba a plantearse llamar a Salva y que le diera unas cuantas claves para la crónica.
—¿Tu favorito es el rumano? —le preguntó un hombre con alzacuellos.
—¿Disculpe? —No le salió responder en italiano.
—Lo digo por tu camiseta.
—Lo siento, pero los únicos cardenales que conozco son los de Arizona.
—No sabía que era papable.
—Yo tampoco.
La conversación terminó antes de que se volviera más surrealista. Sor Agnes reclamó al sacerdote. Iba a volver a su pantalla cuando sus ojos se cruzaron con otros, risueños, que estaban cuatro asientos más allá en su fila. El desconocido le hizo un gesto como si quisiera que salieran a tomar un café.
—Te lo reconozco. Me gustan más los osos —dijo cuando estuvieron frente a frente.
—Parece que por fin alguien habla mi mismo idioma —respondió al tiempo que cerró la sesión—. ¿Está lejos la máquina de café? El ristretto se me ha quedado corto.
—Lo tuyo no es la religión ¿me equivoco?
—El titular ha sido “papá”, así que me ha tocado este particular draft a mí.
—Si sor Agnes te escucha pondrá el grito en el cielo —dijo entre carcajadas—. Por cierto, soy Matteo de La Stampa.
—Curioso apellido para un periodista.
—No, no, trabajo para La Stampa.
—Perdona, el jet lag me está costando. Jessica de EFE. ¿Eres cura? Me da que todos los de aquí lo son.
—Tu olfato no se equivoca del todo. Fui seminarista. ¿Quieres probar un café de verdad o prefieres el diurético de la máquina?
—Lo que sea mientras salgamos de aquí. Sor Agnes parece que quiere echarme a patadas.
Callejearon un poco por el Borgo y terminaron en un local con manteles de papel y sillas de plástico blanco. El olor a fritanga callejera era más familiar que el incienso reinante en vía della Conciliazione. Y Matteo resultó un guía fantástico, aunque sintiera simpatía por los rivales de los Cardinals. Entre café, aperol spritz, pizza rossa al taglio y tiramisú, el tiempo pasó muy rápido. Nadie esperaba a ninguno de los dos. Por lo menos Jessica ahora tenía más claro que el cónclave se dividía entre conservadores y progresistas. Jamás habría dicho que esas facciones estaban en el Vaticano como en el resto de países europeos. El papable progresista era el italiano Assisi que era “así no”, según Jessica, y el papable conservador era rumano, Popescu. Le renombró “Steaua”, como su camiseta.
—¿Cuánto crees que durará este partido? —preguntó Jessica mientras andaban de regreso a la Sala Stampa.
—No lo sé. Clemente XV fue un Papa moderado, distante y frío como su origen. Sus nombramientos de cardenales fueron la continuación esperada de una gran partida de ajedrez. Las fuerzas en este cónclave están muy igualadas. No esperes un Touchdown en la primera votación.
—Se me va a hacer muy largo entonces.
—Puedo ser tu guía por Roma, si quieres. Esta ciudad tiene mucho que ofrecer —le guiñó un ojo.
—¿Sor Agnes no te regañará?
—Tranquila, ya no soy seminarista. Vivo solo en la vía del Pescaccio. Y tengo el pase de la NFL en la televisión, si quieres —volvió a guiñarle el ojo.
—Ahora tengo que trabajar un poco o mi jefe me tirará el pañuelo amarillo. Pero no creo que nadie me eche de menos en la cena. ¿Tienes coche?
—Mi dispiace, signorina, ma io non ho una macchina —dijo Matteo como el antiguo anuncio—. Yo me muevo en moto. ¿Te recojo a las ocho en la entrada a Ottaviano?
—Perfecto. Solo espero que los cardenales no se pongan de acuerdo esta tarde. Hoy juegan los Seahawks.
Mientras los cardenales salían de la capilla Sixtina en dirección a Santa Marta sin haber decidido nada, Jessica entraba en el apartamento de Matteo con una camiseta de Seattle, unos jeans y una ropa interior tan roja como el fajín de los cardenales. Terminó en un recoveco del sofá cuando los Seahawks hicieron su primer Touchdown a los 49ers. La actualidad informativa estaba detenida por un ritual sagrado y antiguo. La vida real —el sexo, el deporte, el azar— seguía su curso en aquel apartamento del Pescaccio. La muerte de un Papa y un nuevo nacimiento esperado por un “papá” se habían conjurado para que Jessica tuviera su particular Dolce Vita. El futuro Papa, fuera el que fuera el elegido por el Espíritu Santo, dormiría solo mientras Jessica se aplicaba a fondo en su particular marcaje a Matteo debajo del edredón.
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