Aparcó en uno de los sitios autorizados y se adentró por el sendero con una pequeña mochila a su espalda y la mente demasiado alborotada. ¿Qué se cuentan los pájaros al cantar? ¿Acaso hablan de la sombra del gavilán que se alza sobre sus cabezas? ¿Cómo llamarán al que puede arrebatarles la vida? Con un cielo tan despejado, la tarea de sobrevivir se complica. Además los polluelos requieren sus cuidados. Sí o sí es necesario salir del nido.
El cantar de un arroyo reclamó su atención. Si llegaba el momento volvería a los jilgueros que le habían acompañado. Ahora su curiosidad se centraba en encontrar el lugar desde donde el agua le llamaba. El teléfono vibró en el bolsillo. No, esta vez no marcaría la importancia en su día. Llevaba una temporada demasiado larga esclavo de ese maldito aparato electrónico. ¿Qué iban a decirle que no supiera? Un impacto para comprar algo que no necesitaba. Noticias de personas que más que su nombre buscaban conocer su cuenta bancaria. O el lúgubre panorama de catástrofes. No, la ciudad y sus prisas quedaban muy lejos del baño de bosque estaba disfrutando. O al menos lo hacía antes de que su mente se volcara en todas las posibilidades. Sabía que luchar contra esa corriente no llevaría a ningún lado. Sacó el teléfono y vio que sí, publicidad no pedida a golpe de SMS. Tomó la mejor decisión, apagó por completo el aparato y lo devolvió al bolsillo.
¿Dónde estaba el arroyo? Lo descubrió tras unos arbustos que se parapetaron para impedírselo. Le llamó la atención un árbol seco a su lado. ¿Cómo era posible? El agua estaba a tres pasos como mucho. En medio de tanto verde, su color marrón no encajaba. La nota discordante en la canción del bosque. Medio caído, medio muerto, pero en pie. Allí no habían llegado los leñadores del servicio de conservación forestal. Las posibilidades eran muchas. Si el caprichoso viento, en un momento de enfado, soplaba más de la cuenta, podía quebrarse, caer al arroyo y formar una improvisada presa. Sin embargo, si caía hacía otro lado, se convertiría en astillas contra las piedras, por mucho que el musgo amortiguara su caída. No valdría ni para leña. O quizá le ahorraría ese trabajo a algún paisano despistado. No sería él. En los pisos no hay chimeneas. Al menos no en su lejano barrio.
¿Haría ruido si nadie escuchaba su último grito entre tanta vida? En otro tiempo una pareja de pájaros lo había elegido como su hogar. De eso haría muchas primaveras, porque la ley de la gravedad había vencido al nido. Sus ramas habían albergado vida. ¿Había mayor sentido para la existencia? Lo había dado todo, sombra y fruto. ¿Qué más podían pedirle? Aún había movimiento. Su corteza era una autopista para las hormigas. Hacía unos años, quién sabe por qué, leyó un artículo sobre la sensibilidad de las plantas. ¿Sabría el árbol que el agua rejuvenecedora estaba tan cerca? ¿O que su fin se acercaba? En la mente de los escritores y guionistas, los árboles eran conscientes. Algunos hasta habían luchado en antiguas guerras, no solo aportando su madera. Hasta soñaban en una ciudad humanizada.
Estaba solo en medio de la vida. No tenía raíces, sin embargo, sus pies, libres ya de cordones y calcetines, se hundían en el fondo del arroyo. El agua estaba fría, lo propio de un tiempo que se acercaba al invierno. Si alguien pasaba por allí ¿qué pensaría? ¿Le trataría de loco o de fumado? Estaba solo. A una larga caminata de distancia el coche dormía, era la única muestra de su presencia en aquella serranía. ¿Habría depredadores? El único animal con el que se había cruzado era una vaca que se había fugado de un vallado cercano.
La meta de sus pasos la marcaban sus fuerzas. El reloj también se había apagado en la pantalla. La soledad en el bosque, invitada no impuesta, era muy diferente a la de la ciudad. La mente se empeñaba una y otra vez en volver a la lista de tareas pendientes. ¿Qué iba a decirle a su jefe cuando le pidiera el informe? ¿Que había recibido una noticia? ¿Que cuando quiso darse cuenta, su coche ya estaba aparcado en medio de tanto verde? Tampoco es que hubiera huido. No había informes médicos ni bancarios en su buzón. Todo estaba bien. No había quejas. Sin embargo requería dejarlo todo atrás y quedarse en silencio. Allí no había motores, ni voces, ni pantallas. Solo una canción susurrada al ritmo de su respiración. La reconocía sin saber la letra.
Las ramas danzaron con el viento. Sin sacar los pies, se tumbó en la orilla, en la hierba que servía de alfombra. Un par de respiraciones profundas y acepta la caricia de la luz en sus ojos entrecerrados. Tocaba hacer acopio de vitamina D. Mejor así que con pastillas. Una gota juguetona decidió ir a parar al medio de su frente, lo que produjo un escalofrío. A su lado, la temperatura de sus pies era caliente. La respiración abrazaba al silencio, dejando para después todo lo demás. La mente se resistía a dejar ir cualquier recuerdo. El árbol enseñaba quietud. El arroyo a dejar ir lo que no podía retenerse. La humedad de la tierra comenzó a superar el obstáculo de su ropa, como si quisiera atrapar su piel y devolverla a la naturaleza. Pero lo que se llevó a lo profundo fue el peso que portaba en su corazón. Extraño intercambio, recibía paz y dejaba un dolor invisible que solo a él le hacía daño. La canción del bosque no exigía réplica, solo presencia.
Llegó un momento en que no sabía si tenía los ojos cerrados o abiertos. Estaba como suspendido, aletargado el cuerpo por el agua, dejó de pesar. La mente se expandió hasta los límites de lo racional y los superó. No había peligro, la supervivencia no estaba en juego. Los temas de preocupación pasaron a un quinto plano. La luz y la oscuridad se fundieron. El oído se centró en su latido mientras dejaba pasar a la canción susurrada en la quietud. Un pensamiento cruzó la mente. ¿Qué diría su profesor de meditación? Lo dejó ir. Estaba muy lejos de su juicio. Todo era como tenía que ser. Se estaba muy bien en el presente.
Un chasquido, quizá una rama o un animal, activó el sonar. No había prisa en volver a lo cotidiano. ¿Cuánto tiempo había pasado? No era importante. Abrió los ojos y allí seguían los pájaros en sus quehaceres diarios. Su teléfono seguía apagado.
Sin prisa se calzó las botas y se mojó la cara mientras un “gracias” escapaba de sus labios. Una pequeña piedra brilló y salió del rio para acompañarlo en el camino de regreso. Al llegar al vehículo, que se abrió al detectar su presencia, sus ojos se posaron en el espejo retrovisor. Su reflejo era distinto. El hombre que huía ya no estaba. En su lugar apareció alguien que, por primera vez en mucho tiempo, sabía exactamente dónde estaba. Arrancó el motor, pero no puso la radio. El bosque seguía cantando y, por fin, él estaba escuchando.
La canción del bosque no exige réplica, solo presencia. Suscríbete para recibir mis nuevos relatos cada viernes.
