Disfrutaba de la danza del fuego en una fría noche de invierno, mientras por la ventana se colaba el arrullo de un pequeño arroyo. Con su libreta roja y un sencillo bolígrafo de cristal repasaba el día: anotaba lo más extraño que le había ocurrido, los pensamientos que habían aflorado y las emociones, observadas más que sentidas. Era un ritual que la acompañaba desde hacía algunos meses. En el papel, los miedos se diluían entre la tinta y la celulosa, dejando un rastro que podría recorrer siempre que lo necesitara. La soledad se había convertido en la silenciosa copiloto de un viaje sin retorno. Había aprendido a reconocer la paradoja de la vida: la dualidad no era entre vida y muerte, sino entre la soledad y la compañía de las personas esenciales, esos segundos templos más allá del propio cuerpo. Tanto el inicio como la partida estaban marcados por brazos y lágrimas. Al nacer, los brazos contenían lágrimas; al morir, eran las lágrimas las que contenían brazos. Así se cerraba un círculo difuminado, sin principio ni fin.
Cerró los ojos. Era necesario. Quería revivir instantes en los que el mundo dejó de girar, cuando el tiempo se detuvo y el espacio concentró su existencia. El latir del corazón la condujo con suavidad hacia otras llamas, otros ríos, otras manos. Buscó, a través de su respiración, las huellas de un olor tan intenso como familiar. La memoria de la piel evocó sensaciones de límites difuminados.
Silencio… Las palabras habían sido arrancadas de un momento más allá del lenguaje. No hacían falta. No aportaban nada, salvo quebrar la paz que susurraba ternura en sus oídos.
Un portazo la devolvió al presente. Añoró el laberinto mental en el que había querido perderse. El sueño seguía sin hacer acto de presencia, así que salió a su encuentro. Un paseo por la penumbra del bosque, siguiendo el sendero de cantos rodados, la guiaría hacia él. La luz de las estrellas bastaría para alumbrar el siguiente paso. La oscuridad exterior no podía ocultar el amanecer interior.
Ascendió por un estrecho camino hasta la ermita abandonada. En otro tiempo había sido un lugar de oración, donde divinidad y humanidad se daban la mano. Pero esa noche solo quedaban piedras unidas por la argamasa que resistía el paso del tiempo. El gris de la piedra, traída desde más allá de la comarca, se mezclaba con líquenes que habían hecho de ella su hogar. El candado de la verja estaba abierto, para su sorpresa. Podía entrar sin miedo, sin la sensación de estar haciendo algo prohibido o sacrílego.
En medio del altar, una vela blanca y sin adornos permanecía encendida. Elevaba su luz confiada hacia los cielos, donde se unía con los pequeños rayos que se colaban por las rendijas del techo. El altar era de piedra sin tallar. Sintió las voces de quienes la precedieron, las que alguna vez entonaron canciones entre esos mismos muros. Se arrodilló y comenzó un imperceptible movimiento al compás de la llama. La respiración y el corazón siguieron su ritmo. El tatuaje invisible de su espalda reapareció como si se estuviera grabando de nuevo. Esta vez no había temor, sino esperanza; no culpabilidad, sino aprendizaje. Las dos caras —soledad acompañada y compañía en solitario— se unieron bajo su piel.
Volvió a sujetar el hilo entrelazado de un instante compartido. Regresó al refugio de aquel tiempo pasado y presente, al semicírculo donde tantos suspiros se habían reunido. La mente comenzó a girar, con los ojos fijos en el parpadeo de la llama. El minúsculo punto que contenía el rojo y el azul la atravesó como una aguja sobre la piel, inyectándole una luz que se multiplicó en su interior a través de los miles de espejos que la habitaban.
Apareció el jaguar. Mas esta vez no era la fiera que amenazaba con despedazar, sino una fuerza que la llenaba de coraje. Se sentía capaz de todo, como esa vela que brillaba más allá de su tamaño. Nadie la juzgaba, la observaba con reproches. Dios estaba con ella. La entendía. Todo estaba bien. Todo estaba permitido. No había nada que demostrar. No existía juicio, ni burla ni ignorancia. Todo era un solo verbo: ser. Era roca, carne y fuego; luz y oscuridad; silencio y viento; vida y muerte. Era todo y era nada, al mismo tiempo, en el mismo lugar y más allá. No había límites, condena ni castigo.
Un recuerdo le trajo un nombre inesperado. Se escapó por sus labios al tiempo que los brazos se elevaban. Abrió los ojos y vio los suyos reflejados en la claridad de la llama. Allí estaba la puerta tras la cual la esperaban. Solo debía girar el picaporte y entrar. Su parte era la más sencilla: confiar y no censurar nada. Atreverse a cruzar el umbral. Con ese giro podía elevarse como una espiral. Nada era imposible si lo deseaba. Su energía era testigo: la había conducido hasta allí, sin engaños ni dobleces. Podía vivir y sentir cuanto quisiera. No existían límites para experimentar. Podía volver al cálido abrazo, a la luz abrasadora, al primer pensamiento, al sabor de cacao, de membrillo, de mozzarella, de café con canela.
Se dejó llevar, quizá por lo prohibido, quizá por el simple juego de vivir una experiencia distinta. No tenía que justificarse. Quiso hacerlo, y lo hizo. No importaba si era real o solo un paso a otra dimensión, fuera del tiempo y del lugar. Y quiso más. Mucho más. Aquello era lo que había estado buscando entre anhelos y vicisitudes. Siempre había estado completa. Era eterna, aun en su olvido. Sabía que se reencontrarían, porque ya lo habían hecho, porque siempre habían estado juntos. Su sonrisa era su hogar.
Voló sin cadenas por donde su libertad quiso llevarla. Y cuando lo creyó oportuno, regresó a los límites conocidos de su cuerpo y se incorporó. Las rodillas aún estaban rojas por las piedras desgastadas del suelo. La vela ardía en el altar y el agua canturreaba en el cauce del arroyo. Todo seguía igual y todo era diferente.
En la libreta roja, la tinta seguía quieta. La novedad era un papel extraño, doblado y guardado. Una verdad, un deseo, una ilusión aguardaba si se atrevía a desdoblarlo. Ella conocía su contenido antes siquiera de abrirlo. Lo cogió del cestillo de otra ermita, como un mensaje del allá para cuando las fuerzas flaquearan y costara seguir en pie.
En una letra que no era la suya, podía leerse:
“Igual un día de estos me sonríes”.
