3 años sin tí

Hoy hace tres años que nos quedamos sin Juan Pablo II aquí en la tierra. El Papa que marcó a una generación de jóvenes, para los que era un referente, un puente entre Dios y ellos. Recuerdo que con sólo que te mirara a los ojos era como si lo supiera todo de ti. Con él no había término medio, o le querías o le odiabas. No dejaba indiferente a nadie. Algunos le tacharon de ultra conservador, otros de que se aferraba al poder dando un espectáculo lamentable por lo mayor y enfermo que estaba. Pero él siguió hasta que su cuerpo dijo «hasta aquí».

Recuerdo bien el 2 de abril del 2005. Volvía de una boda. Hacía muy poco que me había casado y cuando pusimos la tele, en todas las cadenas estaba la imagen del vaticano, la gente apostada en la plaza de san Pedro, con velas, con rosarios, con lágrimas en los ojos. Yo no estaba en Roma, pero mi mente y mi alma estaban allí, en la fuente de debajo de su ventana, esperando que se recuperara. Que fuera otro sustillo más, sólo otro susto más. No quería que se fuera. No me imaginaba el mundo sin él. Y creo que él sabía que éramos muchos los que no queríamos que se fuera. Sí, éramos egoístas, pero nos dejaba casi huérfanos y con una gran incertidumbre. Muchos habíamos vuelto a la Iglesia por su ejemplo, por su dedicación. ¿Quién vendría después? Las apuestas eran casi intimidatorias. El futuro Papa lo tendría difícil porque como Juan Pablo II pocos, muy pocos. No, nadie quería pensarlo. Desde todos los rincones del mundo, se elevaban plegarias para que se quedara un poco más. Gente completamente diferente, mayores, jóvenes, ricos, pobres, de izquierdas, de derechas, que no se conocían de nada, lloraban ante el televisor, en las iglesias… se nos iba Juan Pablo II y todos los católicos (y también no católicos) estábamos allí, a su lado.

Se marchó hace tres años. Su legado queda en cada uno de los jóvenes, que ahora lo somos un poco menos. En todos aquellos que le sentíamos cerca, aunque estuviese en Roma o en alguno de sus viajes. Era como un faro en la vorágine diaria. Desde el cielo nos sigue cuidando, pidiendo por nosotros. Más de un regalo le debo y una visita a Roma también. A veces sigo soñando con él, no me resigno a que no esté. Me sigue hablando tan claramente como siempre. Ahora puedo hablar mucho más con él que antes. Pero, sigo sintiéndome triste cada vez que se acerca este día. Sé que donde está es donde quería llegar y que allí sigue pidiendo y cuidándonos… aun así, le echo de menos.