Cuando un@ empieza a vivir en pareja se plantean una serie de cosas que, hasta entonces, ni nos podíamos imaginar. Después de un tiempo, parece que nos acostumbramos a las manías del otro… y entonces es cuando la fastidiamos del todo. Me explico. Leo en la prensa que el número de divorcios aumenta con las vacaciones. ¿Qué ocurre? Pues que en la rutina diaria no hay tiempo de ver los problemas. Uno llega del trabajo tan cansado que no quiere hablar. Si hay peques por medio, la vorágine es tal que prácticamente no le has dicho ni hola a tu pareja. Y claro, en vacaciones, el trabajo no está. O quizá sí. Porque yo no conozco a ninguna ama de casa que tenga vacaciones, aunque vaya a un hotel. Porque estar de vacaciones es una cosa y dejar de ser mami es otra. En la actualidad, hay mayor conciencia de que la responsabilidad de los hijos es cosa de dos, al igual que las tareas de la casa. De verdad, a nadie se le caen los anillos por barrer, fregar, planchar o limpiar. Ser mujer no significa que tengamos un gen que sepa hacer esas cosas. Un ejemplo. La semana pasada, yo me llevé de compras a Dani y mi marido se puso a limpiar la casa. Y seguro que no se sintió menos hombre por coger la escoba. Estuvo probando la eficacia de un producto «poderoso» que algo de ácido tiene que tener porque comerse la suciedad de esa forma no es muy normal.
Las vacaciones tienen que tener también sus rutinas, diferentes a las laborales; pero con una serie de planes para no dejarlo todo al tun-tun. Por lo menos saber dónde vas a dormir. A nosotros, por ejemplo, no nos gustan los «todo incluído» sino que nos gusta visitar los sitios a nuestro ritmo. Aunque sólo sea para hacer bien las fotos (de esas que hasta posan las piedras de lo que tardamos en hacerlas). Siempre que viajamos, tenemos en mente lugares que nos gustaría visitar. Planes flexibles que se pueden cambiar en el día; pero que están en la recámara. Está bien improvisar, siempre que haya opciones donde elegir. Si no, hacer siempre lo mismo puede cansar y puede provocar mal rollo.
¿Si pierde uno, perdemos los dos? Sí, cuando una pareja se entiende como una lucha de poder no como un equipo, cuando uno gana, pierde el otro y al final pierden los dos. No se trata de hacer al otro como pensamos o queremos que sea, sino de ser complementarios, de descubrir cada día a la persona que tenemos al lado. Recuerdo que el curso sobre el amor humano que hice hace años, la pareja que lo daba nos decía que nunca nos fuéramos a la cama sin hablar. Que no tuviéramos miedo de hablar de nosotros, de cómo va la relación, de las metas, de los sueños, de lo que nos gusta y de lo que no nos gusta. El hablar nos da conocimiento y no se puede amar lo que no se conoce. Si hay algo que me preocupa y no se lo digo a mi pareja, si lo dejo ahí, y añado otras preocupaciones, al final se hará una bola y cuando estalle le puedo echar en cara cosas que me enfadaron o que no me gustaron hace años. Vamos, que le puedo recriminar que no me mandara un mensaje cuando llegó a su casa en las navidades del 2002, por poner un ejemplo. Y es tragarse cosas que pueden solucionarse en tres minutos si llega cuando pasa. Se puede minar una relación con tonterías de esa forma. Además, si yo estoy con él, es porque ha habido algo que me ha gustado, que me ha hecho que apueste. Si me quedo en los malos detalles, puede que al final me olvide de lo importante.
No se trata de decir las cosas en caliente y hacer daño, sino de hablar, de partir del respeto y de la comunicación. De sacar cada dia unos minutos para hablar de nosotros. Somos padres; pero antes somos pareja. Y somos un equipo, los planes, los hacemos juntos, no se trata de imponer los gustos. Cierto es que tenemos gustos parejos por lo que nadie cede. No me gusta lo de ceder, porque si siempre cede el mismo al final pierde y se quema. Otra cosa es que a uno no le apetezca hacer algo o que necesite su tiempo. Otro ejemplo. Cuando comemos, yo necesito descansar al terminar, mientras que mi marido no puede quedarse sentado. Pues ya lo sabemos y ni yo le obligo a quedarse ni que él haga cosas me provoca que yo tenga que hacerlas. Por estar casados no significa que tengamos que estar siempre pegados el uno al otro. Yo puedo estar en el salón con mi portátil y él puede estar arriba. Ahora que somos padres, siempre uno está con Dani, tenemos nuestros momentos en solitario con él. Otro ejemplo más: el baño de Dani. Es un momento en el que yo suelo quedarme en el salón y es cosa de «hombres». ¿Por qué? Porque mi marido necesita sus momentos con el peque, de estar disfrutando de la paternidad y si yo estoy, Dani está más disperso. Yo tengo mis momentos de «mami» cada día con Dani, cuando jugamos, paseamos o cuando le cojo en brazos y se duerme. Ahora estoy de excedencia y tengo más tiempo. Cuando llega mi marido tiene derecho a disfrutar de su peque. Y el peque tiene derecho de estar con su papá.
El equilibrio en la vida de pareja es complicado; pero merece la pena intentarlo cada día.
