Hace tiempo leí que para muchos pueblos, el desierto era el jardín por donde paseaba Dios. Supongo que debe ser porque en la naturaleza, el hombre se siente pequeño, indefenso, no controla lo que ocurre. Es como en esas películas en los que los espectadores ven como los protagonistas se aterrorizan por tener que meterse en un pantano o en una selva donde siempre les esperan bichos poderosos, gusanos gigantes, arañas mortales, serpientes… etc. La naturaleza en su estado puro es un lugar que nos recuerda lo frágiles que somos, que no somos tan estupendos y señores de lo que nos rodea. Aunque a alguno le gustaría, el ser humano todavía no tiene poder para controlar los fenómenos naturales al estilo terremotos, maremotos, tormentas… Digo que todavía no puede porque es uno de los grandes retos que cada día se proponen los científicos. Si el desierto es lo «propio» de Dios, la ciudad es lo «propio» del hombre. Es la demostración más clara de que el hombre puede vivir sin DIos, dedicado sólo a lo suyo, al engrandecimiento de su ser. Es la manifestación del poder del hombre, de su dominio sobre los elementos, donde se basta y se sobra para conseguir todas sus aspiraciones.
¿Por qué escribo hoy sobre esto? Quizá porque por un día no quiero hablar de Dani, ni de trabajo, sino poner en claro algunas de las ideas que me rondan por la cabeza. Y es que El desierto y la ciudad son una base estupenda sobre lo que quiero exponer de las diferencias de las formas de pensar Dios y del hombre. Dios inventó el tiempo… el ser humano, la prisa… Dios inventó el servicio… el ser humano la burocracia… Dios inventó el contado… el ser humano el crédito. Pensadlo. ¿Tendrían sentido la prisa, la burocracia o el crédito en el desierto, en la naturaleza? No, porque las cosas tienen su tiempo y por mucho que les hables a las plantas no van a crecer más deprisa. Nosotros podemos proporcionarles mas medios pero eso no quitará que necesiten su tiempo. Podemos hacer trampas a la naturaleza pero siempre volverá a su curso.
¿Y qué decir de la burocracia? Si lo pensamos es sencillo descubrir que el ser humano lo que de verdad ha hecho genial es complicarse la existencia. Desde el principio. Nos creamos necesidades, dependencias de los más «absurdas». Nuestros abuelos vivían perfectamente sin móvil, sin televisión, sin ordenadores, sin internet, sin autopistas… quizá no se enteraban de lo que pasaba en el mundo en el instante de producirse pero no por ello eran menos felices. No tenían tanto dinero como ahora, pero tampoco sabían lo que era una hipoteca a 50 años. Tengo la extraña sensación de que su vida era más dura pero menos esclava que la nuestra. Tenían su ropa de domingo y sus comidas de Navidad. Nosotros ahora tenemos comida en abundancia pero los alimentos no saben igual. Me pregunto si nuestros nietos tendrán la misma sensación respecto a nosotros. La evolución humana ha sido una complicación constante.
