¿Quién necesita un salvador? Parece que es la pregunta que se nos plantea a escasos días de la Navidad. ¿Quién necesita un salvador? ¿Es verdad que no somos capaces de valernos por nosotros mismos? Hombre viendo la recesión que está pasando todo Occidente, las continuas guerras en diferentes países del mundo, el radicalismo absurdo de los que necesitan desahogar su frustración, la tristeza en los ojos de miles de «vagabundos» que pasan por las calles aunque lleven traje y corbata. Parece como si en estas fechas nos vendieran una especie de espíritu, una especie de sentimiento de solidaridad, de ser buenos que a muchos deprime y a otros no les deja ver la realidad.
La Navidad deja de ser un acontecimiento para convertirse en una época de abusos en nuestras maltrechas carteras, un comer y comer y seguir comiendo hasta que sientes que el estómago va a reventar, un escuchar en familia el mensaje del rey y terminar acabando viendo el especial de Nochebuena o Nochevieja de fondo mientras terminas jugando a las cartas, al trivial o algo por el estilo. Es ir avanzando los reyes hasta el portal como si de una extensión del calendario de Adviento se tratase. Sabes que te queda un día de vacaciones cuando llegan al portal y hay que volver a tener controlados la tarjeta de la empresa, o la cartera del cole.
Los anuncios dicen que la verdadera esencia de la navidad es el amor… pero es publicidad y se olvidan de lo importante: la navidad es el acontecimiento, el hecho de que todo un Dios se hace niño, nace ser humano. ¿Quién se acuerda de eso el día 24? Ponemos la mesa, pedimos deseos en la carta a los Reyes Magos o en algunos casos a Papá Nöel… y celebramos «un cumpleaños» olvidándonos del «cumpleañero». ¿Por qué? Quizá es en lo que hemos terminado de convertir un hecho concreto que marcó tanto la historia que hay un antes y un después en una simple excusa para juntarse en familia a comer. A lo mejor no fue exactamente hace 2008 años… pero eso es lo que menos importa, aunque a algunos les valga de excusa para dudar de todo. Algunos siguen esperando a un salvador, los judíos siguen pensando que tarde o temprano llegará el mesías. Y… viendo cómo están en esa parte del mundo… verdaderamente no creo que nadie diga allí que no necesitan un salvador, alguien capaz de arreglar las cosas y traer la paz. Aquella tierra, para algunos Palestina, para otros Israel, tierra santa para millones de personas de las tres religiones «de libro», necesita que alguien les lleve el mensaje de paz, de que cambiar las cosas es posible, de que todo se puede arreglar…
¿Quién necesita un salvador? Viendo cómo está el mundo… creo que todos. Pero no en plan superman, o en experto de economía que llene los bolsillos y los estómagos… que solucione esta crisis que algunos no quisieron ver y ahora hablan de esperar a que los expertos se vuelvan a equivocar, cuando son ellos los que no dan pie con bola. No, nuestros conocimientos en la materia de salvadores son escasos y confusos. Lo queremos hecho a nuestra medida, como los antiguos dotaron de sus mismos defectos a los dioses mitológicos. La mayor lección de la Navidad es precisamente que el salvador que se nos brinda es un bebé. Un ser extremadamente necesitado. Quien ha sido padre lo sabe, un bebé necesita por lo menos a un adulto las 24 horas del día, no puede valerse por sí mismo, no es como los demás recién nacidos de otras especies que en un par de días se mueven casi pueden vivir sin progenitores.
No, un bebé es una personita que necesita por completo de otro para vivir. Y lo que más necesita es amor. Está demostrado que los peques no se desarrollan igual cuando sienten el cariño de sus padres, el tiempo, la dedicación, el estar pendiente del peque, no sólo en si tiene cacota, tiene hambre o tiene sueño, sino de estar con él, de escucharle cuando se comunica, de prestarle atención , de pasear, del calor huamno. Sólo así puede llegar a ser realmente lo que tiene dentro, usando términos filosóficos, será en acto lo que es en potencia. Así, desde lo más pequeño, conoce el día a día de la humanidad. So hubiésemos elegido nosotros habríamos buscado a un poderoso, a un sabio, a alguien con prestigio demostrado… sin embargo los planes de Dios son diferentes. Y, curiosamente salen mejor que los de Hannibal del Equipo A.
¿Por qué el mundo sigue así si ya llegó? Porque para que nos salve, tenemos que dejar que lo haga, tenemos que estar convencidos de que lo necesitamos. Y echando un vistazo diría que el ser humano sigue con la idea de que no necesita a nada ni nadie, es como si hiciéramos propio el lema de «dejarme solo» y buscáramos primero con nuestras fuerzas. Entonces se enfrentan los intereses de las naciones, el color de la piel, el sexo, la religión. Pensamos que somos iguales en el mal sentido de la igualdad, es decir unos pocos «tiranizan» a muchos, imponen modas, sistemas económicos y hasta maneras de pensar. Y el salvador que llegó queda arrinconado, desfasado y casi olvidado. O lo convertimos en una historia bonita que nos enternece unos minutos y que no cambia nada.
Sí, creo que necesitamos un salvador que nos saque de nosotros mismos y que nos muestre el camino a seguir para llegar a ser nosotros mismos. Hace falta algo que nos ayude a vivir en mitad de este mundo con la esperanza de que vale la pena dar lo mejor de nosotros mismos, de que esta vida es algo más que pasar dias, meses y años. Que nos muestre que todo lo bueno, el amor de los seres queridos no se acaba aqui, que el dolor del corazón ante la despedida es algo que sirve de algo. Si no, el dolor de la muerte me parecería insoportable y una broma canalla del destino. Que la belleza actual se renovará, que las margaritas aunque se marchiten seguirán siendo bellas en otro momento, que no será algo efímero de lo que son muestra, del amor de mi marido que pensó en que me gustaban para regalármelas. Que pensó que podrían ser expresión de lo que siente y que, aun sabiendo que se marchitarían, podría disfrutarlas un momento de felicidad.
