Comenzó a dibujar, a emborronar con malos garabatos el papel, como le decía su familia, a una edad muy temprana. Hacerlos le permitía modificar su realidad, comprenderla más allá del rechazo y la soledad. Los apuntes del colegio y del instituto con prontitud se llenaron en los márgenes con dibujos. A veces era un dragón que salía de una ecuación imposible, otras solo figuras geométricas repetidas.
Se hartó de que en su casa le dijeran de dibujar no se vive. Cuanto antes dejara de soñar con tonterías, mejor. Todo lo que la apoyaban de cara a la galería, la infravaloraban dentro de las paredes de aquel lugar que su familia llamaba hogar. Hacía mucho que sabía que allí no había sitio para ella. Su verdadero refugio era el papel, la tinta. Se convirtió en su ventaja. No dependía de la aprobación de nadie. Viajar así era más barato e inmediato. Su realidad se transformó con cada trazo.
Ni ciencias ni letras, era creativa. Imposible de encasillar. Le llamó la atención Bellas Artes. La matricularon en Derecho. Pero no fue ni un solo día. No se creía sus palabras de las profesiones del futuro. Así que, tras un año en blanco, con más suspensos que abrazos, decidió buscarse la vida en la universidad del mundo y marcharse de esa casa donde nunca la entendieron. Vivía en el sofá de una amiga que la cobraba 350, gastos aparte. Trabajó en tiendas de ropa, baretos del barrio y en una galería de arte, limpiando suelos. Lo que fuera por no volver a donde en realidad no la habían querido tal como era.
Un día, mientras se arrastraba por la calle camino al sofá, vio en el parque a un grupo de chavales con pendientes en las orejas, pelos de punta, anillos en la nariz. No daban confianza. Pero le llamó la atención uno de ellos. Más que él, su camiseta con dos máquinas raras y una frase que la dejó paralizada, casi en shock: Métele tinta a tu realidad.
Llegó a la casa y abrió su destartalado portátil. Las máquinas eran de tatuar. Ella no era de deportes y nadie de su alrededor llevaba un tattoo. Ingenua, le preguntó a su amiga sobre ello y se ganó un sermón desmesurado de la madre de su amiga sobre que era algo totalmente prohibido por la Biblia, esas cosas las llevaban la gente de los malos barrios o los presos, que era una forma inútil de gastar el dinero, dolía una barbaridad hacérselos y con tatuajes no se contrataba a nadie en buenos empleos. Cuanto más hablaba, más ganas tenía de hacerse uno.
Volvió al parque a preguntarle al chaval de la camiseta si conocía algun lugar de tatuajes. Lo hizo con miedo, la verdad es que su pinta le echaba mucho para atrás. Pero pudo más las ganas. Se llevó una sorpresa. El chico también estaba un poco asustado. Le dirigió a un estudio de tatuajes, cuya puerta no llamaba nada la atención, al lado de un centro comercial. Desde fuera parecía la entrada a un cuarto de limpieza. Solo había una placa que ponía Aloha Tattoo. El interior estaba muy limpio, mucho más que cualquier facultad pública en época de exámenes y olía a océano. Le atendió un armario ropero, un guardaespaldas que convertía a Jason Momoa en un esmirriado. Kai, así se llamaba el tatuador dueño del local, no era ni armario ni guardaespaldas, sino un hawaiano enamorado de la música flamenca y de la gastronomía española. Llegó por ellas y se quedó al enamorarse de una española de Triana. Cuando un cáncer se la llevó, decidió montar el Aloha.
Respondió con paciencia sus preguntas, convencido de que sería una clienta más. El precio del trabajo propuesto, un imponente fénix, en amarillo, rojo y naranja, era prohibitivo, casi se desmayó. ¡Costaba lo mismo que tres meses de sofá! Dio las gracias y salió a la puerta. Se comió uno de los muebles por no prestar atención, lo que hizo que se le cayeran un par de hojas de la carpeta de cv´s. Él las recogió y le preguntó quién había hecho aquellos dibujos. Se notaba en sus ojos que estaba fascinado. Respondió que eran suyos. Él le ofreció trabajo de inmediato. No podía pagarle mucho, pero aprendería el oficio y además podía mudarse al cuarto en el segundo piso del estudio. Lo tendría que compartir con la chica que hacía los piercings, pero era mucho más que un sofá y le saldría más barato. Aceptó sin pensárselo dos veces. Trabajo, casa y la oportunidad de aprender con 600 al mes. Era mucho más de lo que habría esperado.
Esa misma tarde, se despidió de la tienda de ropa vintage. No le dieron ni las gracias, ni le habían hecho contrato. Recogió sus cosas del sofá sin dar explicaciones y se mudó al cuarto del Aloha. Hoku, su compañera de piso, también era hawaiana y llevaba un tatuaje espectacular en el brazo derecho. Todo relacionado con el mar. Cuando vio sus dibujos, le pidió que hiciera uno al estilo maorí de un tiburón. Hasta Kai quedó impresionado con el diseño. A partir de ese momento, encontró a su familia de tinta, entre garabatos, música de Hawai Luau y pokes. Por primera vez en su vida, sintió que todo estaba en su lugar.
Kai no hacía Kakau, la forma tradicional de tatuar en Hawai, porque los huesos de albatros no eran muy higiénicos. Cuantos menos problemas con los inspectores de la comunidad y del ministerio, mejor. Prefería el tacto, a través de los guantes negros, del esparadrapo flexible y del plástico para recubrir la máquina. Cada mañana forraba la mesa donde colocaba el instrumental, abría el pack de agujas delante del cliente y las desechaba una vez terminado el trabajo en el embalaje especial. Entre Hoku y ella, se ocupaban, antes de abrir, de la limpieza completa del estudio y de la cabina de los piercings.
A los 8 meses, se enfundó los guantes negros para coger por primera vez una Cheyenne, el último modelo de máquina de tatuar. Era extraña, se notaba la vibración que generaba para perforar. Se podía modificar, por la resistencia de la piel y por el tipo de aguja a emplear. Había que cogerla de un modo especial, para que el cable, que unía la máquina con el adaptador, no diera problemas ni quitara visión. Fue una sensación extraña. Iba a hacer daño a una persona, que confiaba en ella para no hacer un burruño, y que luciría el resto de su vida lo que había hecho. La responsabilidad hizo vibrar su cabeza mucho más que la Cheyenne en su mano.
Su primera «piel» fue Hoki. Un relleno del tiburón que había diseñado. Kai, que se había dedicado en los descansos de enseñarla con una piel de naranja, decidió que estaba lista para tatuar. En la mano derecha la Cheyenne. Con la izquierda tensaba la piel para poder perforar mejor. La luz del foco encima para no salirse y estropear la pieza. Jamás olvidaría ese momento. Para los hawaianos, un tattoo no es solo algo estético, sino que simbolizan protección, herencia y conexión espiritual con la cultura y nuestras creencias. Así se lo había dicho Kai. Se creaba en ese momento algo mágico, casi místico. Era muy importante que el tatuador y el tatuado tuvieran buena energía, fueran muy conscientes de lo que estaban compartiendo y que quedaría reflejado con tinta para toda la vida. Comprendió lo equivocadas que estaban las personas que creían que los tatuajes eran algo sucio, underground, decadente, de bajos fondos o penitenciarías.
Sí, claro que habría gente que se los haría como una moda occidental, piezas que estaban condenadas a pasar bajo el láser eliminador. La gente se cansaba de la resiliencia, los infinitos, las estrellitas y demás dibujos que ponía de moda el influencer de turno o el futbolista de moda. Ella no seguía ese camino. Cuando ahorró lo suficiente, Kai cerró el estudio una mañana de verano, que coincidió con su aniversario laboral y le hizo el fénix, que ella misma había dibujado, en el hombro derecho. Nunca tuvo más claro que su camino era seguir su intuición, su creatividad. Si en algún momento le daba el bajón o quería rendirse, el fénix le recordaría que estaba hecha de otra pasta. No estaba hecha para perder la vida en la administración pública o en un banco, por mucho sueldo fijo que la ofrecieran.
Ahora sabía lo que era llevar un tatuaje, ganárselo, y hacerlo. Pronto sus diseños comenzaron a cobrar fama entre los apasianoados del arte en la piel y a estar en el portfolio del Aloha y en un par de años, ya había dos máquinas tatuando. Por una de esas casualidades inesperadas del destino, tatuó a un surfero en un festival cerca de Nazaré, encontró su hogar en Oahu. Jamás habría pensado en abandonar Europa y mudarse a una isla en medio del Pacífico. Su creatividad no tenía límites desde que le había metido tinta a su realidad. En Oahu fundó su propio estudio: kūʻokoʻa tattoo.
