Llevo días pensando en el precio, del alto precio de una simple silla. Algunos son capaces de pagar 2.300 euros por sentarse más cómodamente. Otros, entregan a cambio empleos para conseguir la suya en una reunión en Washington. ¿No os lo creéis? Preguntadle a los trabajadores de Renault o de Citröen que ven peligrar sus empleos. Es el precio de una reunión, es el precio de una silla. ¿Tanto cuesta sentarse? No lo sé… aunque algunos lo están pagando muy caro. En Galicia, por ejemplo se ha pasado del rojo de la vergüenza, al azul de la esperanza, del cielo abierto. Algunos se aferran a su silla, ocupada durante treinta años… y el mero hecho de pensar que les pueden dejar en otra silla, les dá pánico o vértigo. Es algo traumático pasar a las sillas rojas de la oposición. Es como si con el culo quisieran hacer ventosa para no moverse del asiento que ocupan. Puede ser en el norte… o en el sur, que hay más de uno que debe pensar que el gobierno de determinada autonomía es suyo. Pero… nada perdura eternamente, y menos en política. En estos últimos días en que hemos visto que con el baile de las sillas, algunos han tenido de «aceptar su dimisión forzada» tras una cacería, no tanto de brujas, como de lobos, de personas que hablan mucho diciendo poco y que al final, pierden su silla… y también su ático remodelado.
La silla del poder tiene muchos candidatos y lo que no se dán cuenta es que los que se sientan en ella tienen la espada de Damocles encima, la espada de la Democracia que finalmente se impone. Hay sillas para todos los gustos, algunos las buscan acolchadas, con un cojín para poner sobre ellas sus lindas posaderas. Otros prefieren la austeridad y ya que estamos en Cuaresma, más de uno tiene su particular día de Dolores. Hay sillas con calefacción y otras que queman. Que se lo digan a más de un entrenador que podría decirse que es un culo inquieto de tantos banquillos que ha ocupado. Hay sillones malditos, que hacen decir tonterías, no sólo en política, sino en presidencias de equipo de fútbol que venden lo que sea por comprar votos y hacerse de oro. ¿Tanto lío por un sitio para sentarse? Algunos quieren la silla del poder a toda costa, queriendo ser el niño en el bautizo, la novia en la boda… y… hasta el muerto en el entierro.
La silla del poder es solitaria. Uno nunca sabe si los que están al lado son verdaderamente «fieles» o son como en el antiguo Egipto, con una mano delante y otra detrás, para poder llevarse todo lo que puedan. ¿por qué? Porque, la ley de la dialéctica sigue de plena actualidad. El ser humano, cualquiera sabe por qué, sigue queriendo tener más… sin importar de lo que sea. ¿No conocéis a los «Y yo más»? Personas que si tú dices que tienes tal cosa, la que sea… siempre tienen que soltar la siguiente frase «pues yo tengo tanto más». Si tu aprendes bailes de salón, ellos saben bailes de salón, si tu haces aplicaciones para ordenador, ellos son expertos, si tú tienes tal enfermedad, ellos han pasado no sé cuántas más… A mí me dan miedo aquellos que les gusten que los demás les «hinchen» con sus aplausos… el día que estallen no me gustaría estar cerca. Prefiero las sillas de mi casa, quizá no sean espectaculares; pero son muy especiales. En ellas llevo sentándome toda la vida. Y digo la verdad, porque mis sillas son heredadas de mis padres, por lo que llevo viéndolas toda mi vida. Y siguen aguantando el tute que les damos, los intentos de subirse de Dani.
Hablando de Dani, el viernes hizo dos añitos. Él ha hecho que yo me ocupe de otro tipo de sillas. Desde la trona, hasta la de paseo o la del coche. También en la silla de la preocupación, al lado de su cunita cuando era peque o cuando está malito o echando de menos a su papá. Ya no tengo sitio fijo, sólo sé que mi silla favorita es la que está cerquita de él, que me permite tenerle en mis brazos o verle dar sus progresos en esta vida. Hasta yo me he convertido en una silla para él, que le encanta sentarse encima de mis piernas a pintar, a leer o simplemente a descansar. ¿Cuánto vale una silla así? Tiempo. Es lo único que vale, poder dedicar tiempo a lo verdaderamente importante, aunque el cuerpo te diga que necesita descanso. Algo que también dice tras dos horas en las sillas del cine de verano playero. Sin embargo, cuando estás con las personas que quieres, cuando estás disfrutando de esos momentos especiales que todos los días tienen… sentarse en una silla o en el suelo es lo que menos importancia tiene.
No, no quiero sillas caras, ni con chinchetas en su asiento. Prefiero una silla normal o unos escalones, o el suelo… si se mancha la ropa se lava y listo… pero el asiento no determina mi ánimo para estar mejor o peor. No soy piloto de fórmula 1 detrás de un asiento mejor… aunque en eso, a mi me gusten los coches rojos. En mi vida prefiero el asiento de mi coche, que si no lleva un caballo negro, al menos me permite ir donde quiero y poder llevar a mi peque tras el cole. A otros les dejo esos coches que levantan envidia… o miedo al ver los faros pegados a tu coche, como si usaran su estrella como mira telescópica… ¿Les quemará el asiento? Porque algunos van con demasiada prisa… ¿será así toda su vida? Sólo de pensarlo me agobio. La vida tiene su propio ritmo que queda por encima de lo que nos gustaría.
Entiendo que tenemos la aspiración de buscar una silla mejor, que se adapte a nuestras necesidades, lo que no sé si esas necesidades son verdaderas o las creamos tontamente, dejando que las cosas pierdan su utilidad primera… porque no olvidemos que la principal utilidad de una silla es permitir sentarse. Hay algunas de diseño que para sentarse hay que hacer verdaderos equilibrios para no caerse. De esas no quiero ninguna ni aunque me las regalen. Otras te atrapan y levantarse es toda una odisea… ¿tendrán de esas en algunos despachos? Cualquiera sabe, no he visitado ninguno. No me veo ni con ganas ni con dinero suficiente como para pagarlas. Bastante tengo con echar cálculos y elegir otro mobiliario. Es lo que tiene que Dani se haga mayor.
