Llevo días pensando en escribir este post. No sé cómo desarrollar la idea ni realmente lo que quiero contar- Lo que sé es que quiero hablar de los cambios. Cambios fundamentales que puedan hacer que la vida dé un giro por completo. O cambios superficiales, de los que pocos pueden darse cuenta, salvo quien los vive. Vivimos en el cambio… y casi no lo percibimos. Por no decir que nos da miedo el cambio. ¿No es extraño? Todas las temporadas la televisión nos vomita anuncios que nos invitan a renovar el vestuario. Ahora mismo sabemos que nos acercamos a septiembre, no sólo por el calendario, sino también por el cambio que se está produciendo en los kioscos de prensa, con esa multitud de colecciones que, quien sabe cuántos acabarán de los que empiecen. El cambio siempre es una buena palabra para un lema, ya sea electoral o vital. ¿Realmente cambiamos? Nuestro cuerpo lo hace desde luego. Cogemos más o menos kilos. Nos salen canas, otros pierden pelo. Aparecen las arrugas… empezamos a usar cremas y demás potingues para intentar apaciguar el cambio que sufren nuestros cuerpos con el paso del tiempo. Vivimos en la vorágine del cambio.
¿Por qué pienso ésto? Quizá porque en este mes de Agosto que estamos cerquita ya de abandonar, se ha producido un cambio vital en mi vida. La situación en el trabajo, como ya he dicho en otras ocasiones no era todo lo deseable para estar bien, para trabajar al 100%. Tuve la oportunidad de cambiar a otro departamento. Y de pronto aparecieron los dos grupos. Siempre, ante cualquier decisión aparecerán los dos grupos, al estilo los tigres y los leones de nuestra infancia. Grupo A, de Animadores, los que te dicen las cosas buenas, los que te alientan, los que dan fuerza, no sólo desde la barrera. Grupo P, de Pesimistas, los que te intentan desanimar, hundir en lo más profundo de tu miseria, que te plantan tu retrato al estilo Dorian Grey y no te dejan ver más allá. Realmente, ni unos ni otros dicen la verdad. Porque ni todo es tan bonito, ni tan malo. Y si la decisión es vital, al final, debes tomarla tu mismo. Hacer memoria, sopesar y decidir. Y es que en la vida los conocimientos por sí solos no conducen a nada. ¿Sirve de algo tener un conocimiento profundo del amor si nunca has amado, si nunca te han amado? NO. Los conocimientos son muy importantes, pero poco efectivos sin experiencia. Hasta que uno no experimenta por si mismo algo, no puede decir que lo conoce. En el caso que trato, el nuevo puesto que me ofrecían, en parte lo conocía, tenía un ligero recuerdo que cuando lo hice en otro tiempo. ¿Me gustó? Bueno, yo no estaba como estoy ahora, ni tenía la experiencia empresarial que tengo ahora. Sé de sobra que podría haber hecho ese trabajo y seguramente bien.
¿Por qué no me cambié? Por las personas. A pesar del «infierno» que he pasado… y aunque algunos no lo entiendan ( a veces yo tampoco) he dado un poco más tiempo por las personas que hay en el departamento. He dejado clara mi situación y que tengo otras posibilidades. Pero he dado un margen de tiempo porque más allá del dinero, del horario, de la satisfacción, yo trabajo con personas de carne y hueso, a las que me encuentro cada mañana y con las que creo que merece intentar una vez más sacar adelante un departamento tocado. El título de mi libro, no está puesto al tun-tun sino que responde a mi filosofía de vida «CORAZÓN HUMANO». Creo en el corazón de las personas no en el plan ñoño, sino en el corazón como garante de todo lo noble y lo bueno, de todo lo humano que tienen las personas. Las cosas pueden hacer con inteligencia, con dinero, con… ejem, digámoslo finamente con vísceras… y con corazón. Y ése es el verdadero recurso más poderoso que, sin embargo, muchas de las empresas desdeñan. Sin embargo, cuando las personas forman equipo y se forman lazos de equipo, no sólo por objetivos, sin competencia insana… entonces, a ese equipo no hay quien le pare y el jefe se convierte en un entrenador. Se ve claramente en los equipos de futbol o por poner un ejemplo más claro, basta con mirar el equilibrio del cuerpo humano, donde todos cumplen su función sin preocuparse si es más importante el páncreas, que el hígado, que el riñón… si te haces una herida, por pequeña que sea que una de las manos, todo el cuerpo estará pendiente, no descansarás hasta que deje de dolerte.
Corazón. Es el que menos cambia. Al que más le cuesta variar y el que más sufre con los cambios. Da miedo entregarlo. No se llena con conocimientos sino con personas, con sentimientos. Y cuando se entrega, difícilmente se cura la herida si te lo rompen. Aunque haya leyes que digan lo contrario, la entrega es para siempre. Aunque te hagan daño. Porque realmente, lo que puede hacerte cambiar en esta vida son las personas, es encontrarte con una persona que te haga ver el mundo de un modo diferente, sin proponérselo, te descubra una mirada que te saque de tí mismo, de esa maraña en plan ombligo. No son las ideas, sino las personas, las que nos hacen cambiar, aceptar lo que viene y ver la realidad sin tanta dialéctica extraña. El corazón cambia poco; pero depende de uno mismo hacia donde queremos que cambie. Puede albergar los mejores o los peores sentimientos. Podemos dejar que respire o que se pudra, aunque por fuera no lo aparente. Bueno, realmente, al final siempre se nota de lo que vive el corazón. Me contaban hace poco una anécdota de corazón que no cambia, de corazón entregado. Una pareja de ancianos andando por una acera, cogidos de la mano. La mujer iba por el asfalto y el hombre por la acera con el bastón, al ver el hombre un coche, cogió con cariño a la mujer y la metió en la acera, intercambiando su posición con ella. La protegió como supo, sin darle importancia, saliendo de dentro, con naturalidad. No pedía nada a cambio, ni lo hizo por el qué dirán. Lo hizó porque ama a esa mujer y no quería que la pasara nada. No le importó que le vieran… le importaba sólo la otra persona, no el resto del mundo. Porque para ese hombre, todo su mundo gira alrededor de esa mujer… a lo mejor no se lo dice; pero se lo demuestra.
Cambios. Siempre son oportunidades para examinar la vida y ver qué nos gusta y qué hay que cambiar. No hacerlo solos, pues quizá nos ofusquemos en un camino que no nos ayuda o en un pasado que no volverá. El presente está lleno de cambios que merecen afrontarse con todas las ganas y la máxima ilusión del principiante, del enamorado, del aprendiz.
