De todas las tareas de la casa, la que menos le gustaba era la de tener que recoger la ropa de la lavadora. ¿Por qué siempre entraban dos calcetines y salía uno? Lo había intentado todo, pequeñas pinzas de plástico, bolsitas de rejilla, meterlos en medias viejas que le daba su madre cuando la visitaba los domingos, porque tras el divorcio, ya no tenía las de Laura. Daba igual lo que hiciera, siempre aparecía uno solo. No se atrevía a tirarlos aunque ya no tenían ninguna utilidad. El mundo no estaba hecho para los solitarios.
Al principio, cuando se dio cuenta de que cada vez tenía menos, los compraba en una pequeña mercería del barrio. Su ex trabajaba en el único centro comercial que tenía cerca y no quería abrir viejas heridas. Aún la extrañaba. Pasados 6 meses, le daba vergüenza ir a la misma tienda a comprar los mismos modelos. “¡Menudo inútil! ¿Otra vez comprando calcetines? ¿Es que no es capaz siquiera de lavarlos y mantenerlos juntos? No es tan difícil, todo el mundo lo hace.” podía leer en sus miradas de desaprobación.
Comprarlos por internet le permitió elegir sin sentirse culpable por perderlos. ¡Y había tantos modelos, todo un mundo de posibilidades! Cuadros de arte, personajes de dibujos animados, hortalizas, tipos de pasta, un mundo de posibilidades se le abrió ante los ojos en la pantalla. Los repartidores dejaban la caja debajo del felpudo cuando él estaba en la oficina. No había peligro de que se lo robaran, nadie bajaba al trastero reconvertido en vivienda en el que se había instalado.
Tenía su propio ritual para abrir el paquete. Cogía una Coronita de la nevera y colocaba el contenido sobre la cama de 90. Los hacía una bola con mucho cuidado, mientras les insistía para que permanecieran juntos siempre. Estaban hechos para vivir en pareja. Si había gente que hablaba con las plantas ¿por qué no hacerlo con los calcetines?
Un día, llegó incluso a hablar con la lavadora. Le suplicó que no se los comiera y, cansado de que no le hiciera caso, la revisó de arriba a abajo, la desmontó y puso en el suelo del salón todas las piezas, con números en etiquetas pegadas y un esquema en la puerta del baño para no dejarse ninguna en el posterior montaje. Solo le faltaba tener que comprar otra después de fracasar en resolver el enigma de los calcetines.
Siguió intentando resolver el gran misterio de la humanidad. Hizo que le fabricaran una tapa de aluminio agujereada para instalarla en la tubería. No le importó que el de la ferretería le mirara extrañado. Seguro que él no ponía la lavadora con miedo a despedirse de un calcetín. Lloró cuando le ocurrió a sus favoritos. Sabía que había sido un error echarlos a la lavadora en vez de usar la palangana y lavarlos a mano. Se despistó y lo pagó caro.
La solución llegó en el momento más inesperado. Era una jornada de trabajo normal, corriente, aburrida. En la pausa del café, hablando con Manuel, uno de los de informática, observó que llevaba los calcetines desparejados. Como tenía confianza le preguntó si se había vestido dormido. Manuel e sonrió y le explicó que tenía una hermana, Julia, con síndrome de Down. Por ella, cada 21 de marzo se ponía los calcetines desparejados. Se quedó boquiabierto cuando le escuchó. Tartamudeó al preguntarle si los que no tenían familiares podían sumarse a la iniciativa también. Al escuchar “¡claro, hombre!” la emoción hizo que deseara volver a casa ese mismo momento.
La mañana se pasó volando. Entre factura y factura, ideó una nueva hoja de excel en la que colocó todos los calcetines solitarios que tenía en el cajón. Los de la oficina, los serios, y también los que utilizaba en casa a modo de zapatillas. Su pasión solo sería pública un día al año. Sin embargo, en la soledad de su pequeño hogar, comenzó a sentirse libre, sin juicios, sin vergüenza ni culpa al ponerse una media verde hasta la rodilla y un tobillero negro. Eran solitarios, diferentes y tenían valor por sí mismos. Ya no eran calcetines desparejados, solo calcetines. Y eso, le hacía inmensamente feliz.
