La bibliotecaria

Revisó tres veces el BOE para confirmarlo. ¡Sí! Había aprobado la «opo» a bibliotecaria y tenía adjudicada una plaza. Nerviosa, se conectó a la sede electrónica con sus claves para ver su destino. Ojalá le mandara al portal de la comunidad o del ayuntamiento, para no moverse de Madrid. Sí, no era el trabajo de su vida, de hecho siempre había despotricado contra los funcionarios. Con ellos había tenido más malas experiencias que buenas. Entendía mejor que nadie el esfuerzo que suponía estudiar y aprobar un examen con más de 5000 candidatos a su alrededor. Sin embargo, para ella, muchas oficinas de la administración pública se habían convertido en aparcamientos de auténticos inútiles con plaza fija.

Ella no sería así. Silvia se ganaría cada día su estabilidad económica. Conseguirla le había costado 5 años de su vida. No iba a desaprovechar la oportunidad. Estaba animada, ni siquiera le importaba que la página web oficial tardara taaanto en cargar, hasta que leyó el destino: ¿Mas la Herradura? ¿Dónde quedaba eso? Las nuevas plazas respondían a una genialidad del ministro para llenar de cultura la mal llamada España vaciada. Así que, si quería su plaza tenía que dejar su Madrid de toda la vida e irse a un pueblo perdido de Teruel. ¿No había un sitio más apartado de la mano de Dios? ¡No! Nada de desanimarse, se dijo mientras tecleaba el nombre de su nuevo hogar en el buscador. Porque claro, la plaza implicaba un cambio de residencia, no podía ir a la comarca del Matarraña y volver a Madrid cada día. Eran más de 800 kms, ida y vuelta. Con un poco de suerte, en Mas la Herradura, el alquiler sería más barato que en Hortaleza. Era un punto a favor.

A sus padres no les hizo ninguna gracia que su única hija se fuera, pero no pudieron opinar. Además, las circunstancias iban a dar un vuelco muy positivo a su vida. Sus “mejores amigas” solo se acordaban de ella si las cosas iban mal con sus novietes. Eso no era amistad y se acabó. Empaquetó las cosas que quería llevarse de su habitación de soltera, tras reservar tres noches en una pensión de Valderrobres. Era el pueblo más grande y más cercano a Mas la Herradura. La sensación de meter las dos cajas y la maleta grande en el maletero de su Renault Clío, Chipie como le llamaba, fue extraña. Su nueva vida comenzaba con muy poco equipaje. Ropa y libros. Nada raro para una bibliotecaria. Tras despedirse de sus padres, que estaban en el balcón, comenzó su periplo de no retorno.

4 horas por delante hasta su destino. No parecía mucho hasta que sintió el nudo en el estómago. Nunca había hecho conducido sola tanto tiempo. ¿Chipie aguantaría? Al menos allí no habría zona de bajas emisiones, si es que su coche de 15 años aguantaba el viaje. Pero nada ni nadie iba a desanimarla. Lo peor, ya había pasado. Ahora tenía su plaza fija, su estabilidad, y esa confianza nadie se la podría quitar. ¿Qué los demás conductores querían ir más rápido? ¡Adelante! Tenían el carril de la izquierda. Silvia no podía pasar de 100 kms/h si no quería que se desmontara su tartana como le llamó un antiguo novio. Otro que tal baila. Sí, mucha queja, pero ella al menos tenía coche propio, aunque ya no pudiera usarlo tanto por Madrid. ¿Música del viaje? Era importante comenzar bien su nueva vida. Había creado una playlist para la ocasión, motivadora y toda una declaración de intenciones. Cuando cruzó la señal de Guadalajara, Gloria Gaynor empezaba a entonar su I Will survive. Sí, su viaje no era por destierro sino toda una liberación. 

Tras más horas de las esperadas, estaba cruzando a pie el puente medieval de Valderrobres. No esperaba tanta gente. ¿Seguro que estaba en la España vaciada? Porque todo ese turismo tenía muy claro que Teruel existía. Había aparcado tras dar varias vueltas y hecho el checking en una posada cerca de una gasolinera. La cita en el ayuntamiento de Mas la Herradura era al día siguiente. Quería llegar con energía a su entrevista de trabajo y el viaje la había agotado. Se compró un bocata de atún con pimientos en una panadería atestada de gente y se sentó en una zona de baño. Sus piernas agradecían la frialdad del Matarraña. 

Su mirada era pura curiosidad. ¿Cómo serían las personas de aquella comarca? Hablaban raro. Una mezcla de castellano y no tenía muy claro si era catalán, valenciano u otra lengua. Les entendía, más o menos. Tanta gente la agobió un poco y buscó refugio en sus auriculares. La voz de Alanis Morisette con su thank you la situó mejor que el maps. Sus pasos se encaminaron a la primera iglesia que encontró abierta y se sentó en uno de sus bancos. Tenía varias cosas por las que dar gracias. Su fe, una rareza para sus antiguas amigas, la acompañaba siempre. 

Durmió muy bien, sin casi deshacer la cama. No hubo ni un ruido en toda la noche. En menos de cuarenta minutos estaba cogiendo el camino rural, no se podía llamar carretera, a Mas la Herradura. El contraste fue brutal, toda una bofetada de realidad. Valderrobres era una ciudad bulliciosa comparada con el silencio y el vacío de gente de Mas la Herradura. Su cartel oxidado dejaba claro que se había convertido en un pueblo sin suerte venido a menos. 

La recibió Javier, el alcalde que era además el dueño del único estanco-tienda para todo del pueblo. Iba acompañado de don Braulio, el cura, y Paca, la dueña del único bar, el PauPa. Los otros siete vecinos habituales ya los conocería por la tarde. Estaban encantados de que en la capital se hubieran acordado de ellos. Cuando Silvia preguntó por la posibilidad de alquilar una habitación, las fuerzas vivas del pueblo estallaron en una risotada.

—Pero, hija mía —dijo don Braulio—, de toda la vida de Dios, la bibliotecaria vive en el piso del maestro.

—¿Cómo dice? —se sorprendió Silvia.

—Tú naciste en la capital ¿verdad? —preguntó Javier— Verás en el mundo rural las cosas son diferentes. Te explico: De toda la vida, el maestro se ocupaba de todo lo que era la cultura y vivía en el pueblo. Aquí —señaló una casa en el mapa—. Esa será tu casa el tiempo que estés aquí. 

—Y no te preocupes —añadió Paca— que en cuanto supimos que venías, Juani, mi hija, que es la veterinaria-enfermera del pueblo y yo, la limpiamos y arreglamos lo mejor que pudimos. Hasta tiene cochera.

—Discúlpenme, pero es que no sabía que con la plaza había casa. 

—Por parte del ayuntamiento, no del ministerio. Pagarás los gastos de agua y luz, o ¿prefieres quedarte en Valderrobres? —preguntó Javier.

—Creo que mi coche agradecerá no moverse mucho por el camino rural —sonrió Silvia.

—Pues nosotros te dejamos con Paca que es quien tiene las llaves —dijo don Braulio y asintió Javier—. Tenemos un asunto de goteras por resolver.

La casa estaba en la calle principal del pueblo, entre el antiguo colegio y un edificio de dos plantas que parecía una fábrica de pan, pero que resultó ser la biblioteca. No olía a cerrado sino a jabón de La Toja, como la casa de su abuela en avenida de América. En el dormitorio principal no estaba la típica cama de hierro con un colchón de lana, sino una a estrenar. En el armario había ropa limpia, que olía a lavanda. En el tour de la casa, se quedó encantada con la chimenea y con la puerta de entrada que tenía dos piezas, se podía abrir solo la de arriba o como las puertas normales. También tenía cocina completa, hasta con microondas y una nevera, con algo más que agua de grifo en botellas de plástico, aunque Paca la invitó siempre que quisiera al bar. Todos los habitantes tenían precio especial. En el salón estaba el teléfono fijo. Silvia no preguntó dónde estaba el router.

Cuando Paca se fue, acercó a Chipie a la cochera y con un puñado de llaves que parecía de san Pedro, se acercó a la biblioteca. Tenía que saber lo que le esperaba en su nuevo puesto de trabajo. La puerta estaba atrancada casi se deja el hombro para empujarla hacia adentro. En más de 10 años sin funcionar, se había convertido en el reino del polvo y la suciedad. Olía a cerrado, pero tenía libros por todos lados, en cajas, en las estanterías o montones en las esquinas. Constaba de dos salas, la principal, con una mesa para la bibliotecaria, y una pequeña que servía de archivo. Por una escalera se iba al piso superior, que también tenía libros hasta el techo. ¿De dónde habían salido? Decidió cerrar e ir a Valderrobres de compras y a dejar la habitación, esa noche dormiría en su casa. Quien sabe, lo mismo la Herradura le traía suerte. 

Al salir de la biblioteca vio a una chica joven con el uniforme del SEPRONA. 

—Hola, buenos dias, ¿eres la nueva vecina? —preguntó mientras saludaba con la mano derecha en la frente.

—Buenos días, sí, soy Silvia la nueva bibliotecaria ¿ocurre algo?

—Nada, nada. Soy la teniente Rodriguez, Vicky para los del pueblo. He oído ruidos dentro y pensaba que Bartolo ya estaba haciendo de las suyas.

—¿Bartolo?

—Sí, es el perro del pueblo. Es de Paca pero se pasa los días libre por las calles. Todos le cuidamos. ¿Todo bien?
—Sí, sí, todo bien. No me he encontrado a Bartolo. ¿Por qué hay tantos libros?

—Es una biblioteca, ¿no? 

—Sí, claro, pero hay muchísimos más de lo que esperaba.

—Bueno, cada vez que una casa se vaciaba en el pueblo, los libros se traían aquí. Este pueblo llegó a tener más de mil habitantes. Además estaba la biblioteca privada del palacete. Seguro que el comité de bienvenida  te contará su historia.Tu labor de catalogar va a ser dura. Pero no te preocupes. Por aquí no tendrás mucha clientela. De la prensa deportiva y las novelas rosas no suelen pasar. En fin —volvió a hacer el saludo militar— un placer conocerte. Tengo que seguir la ronda de las cigüeñas. Este año se han adelantado. Si necesitas cualquier cosa, estoy para ayudarte. 

Cuando explicó en Valderrobres que ocuparía la casa del maestro de Mas la Herradura, a la dueña de la pensión le pareció lo más normal del mundo, hasta no permitió que pagara las dos noches de mas que había reservado. Toda la gente que había conocido era muy amable. Con el maletero lleno de sus cosas y útiles de limpieza, volvió al camino rural. Solo esperaba que no se le desmontara. En el pueblo no había taller, ni banco. Al llegar a casa se encontró a tres señoras mayores, enlutadas que la esperaban con platos tapados con papel de aluminio. Serían el comité de bienvenida del que hablaba Vicky, aunque recordaban más a las chicas de oro.

—¡Bienvenida a la Herradura! —dijo la mujer que parecía más joven de las tres ancianas—. Somos Pilar —señaló a la de su derecha—, Montserrat —señaló a la de su izquierda— y yo me llamo Escolástica. Me ha dicho mi hermano Braulio que ya habías llegado al pueblo. Te traemos algo de comer que seguro que la Paca no te ha llenado la nevera para que gastes tu sueldo en el bar. 

—Pues muchas gracias por el detalle —dijo mientras abría la puerta de la casa y cogía los platos—. Algo me ha dejado en el frigo, más de lo que debía. Me alegro de conocerlas. Me llamo Silvia.

—¿Arreglarás el cine? —preguntó Pilar.

—¿El cine? 

—Sí, en la parte de atrás de la biblioteca, cuando yo era joven, don Mateo el maestro, montaba con una sábana blanca el cine y nos ponía películas de Chalton Geston, Fred Aster y Ginge Rogers. Me encantaban las de bailes de salón y la del cid. 

—No sabía nada de eso, lo siento. Primero tengo que limpiar y ordenar todo el catálogo de libros de la biblioteca. 

—¡Pues no te vas a aburrir, hija! —dijo Montserrat— Solo con los libros que sacaron cuando se llevaron a la Osoria a la residencia debes tener hasta que te jubiles.

—¿Cómo dice?

—Sí, la biblioteca del palacete—explicó Escolástica—. Osoria era el ama de llaves de los marqueses de Cañizar. Cuando ella murió, en gloria esté —se persignaron las tres al mismo tiempo— toda la biblioteca fue a parar a la municipal, la tuya. Normal, ¿para qué la querían los marqueses en Madrid? Solo eran libros viejos. Algún librero ha querido comprarla pero Javier siempre se ha negado. Estaba seguro que hay verdaderas joyas que le servirían para su libro. Él estudió para ser escritor ¿sabes? Pero heredó el estanco y ya no pudo dedicarse a ello. Él dice que sigue escribiendo a ratos pero Pilar, que es su tía, no lo ve. El palacete está a dos calles de aquí, en ruinas, como todo el pueblo. 

—En fin, hija, te dejamos —dijo Montserrat cogiendo del brazo a las otras dos mujeres— que tendrás cosas que hacer y seguro que Paca ya nos espera para la partida. No tengas prisa en devolvernos los platos.

Comió un trozo de tortilla de una de “las chicas de oro” de la Herradura, que estaba buenísima, y pasó el día limpiando cristales, lámparas y subiendo cajas al piso de arriba. Encontró el proyector de cine, pero las películas estaban mordidas y oxidadas. También se encontró un par de trampas para ratones con ocupante incluido. Estaba a punto de cerrar la puerta de la biblioteca cuando las campanas de la iglesia atronaron sus oídos. No era una mala idea de acabar la jornada así que, se encaminó hacia allí. Don Braulio, sonrió al tener una nueva parroquiana. Allí estaban todos los habitantes de la Herradura, hasta Vicky que se pasó antes de volver al cuartel de Valderrobres. Fue ella quien le presentó a a Fortu, apodado el lechón, ganadero-cazador-albañil y a Pau, el marido de Paca, guarda del coto, cazador y guía senderista. 

Al terminar la misa, insistieron en que se quedara a los vinos, una tradición vecinal. Como ya quedaban muy pocos, se juntaban en la plaza y cenaban juntos, compartiendo lo que tenía cada uno. Silvia comprendió que su rutina había cambiado en el momento en que cruzó el cartel de Mas la Herradura. Allí se vivía de otra forma y tendría que acostumbrarse a ello. De repente se había encontrado siendo parte de una familia numerosa adosada a la plaza fija. Ya instalaría su portátil en la mesa de la biblioteca al día siguiente. Tendría que preguntar si tenían internet en el pueblo. Era extraño, pero no paró de sonreír ni siquiera cuando Lolo, el porquero e hijo de Escolástica, la sacó a bailar las delicias del cocidito madrileño que cantaba en pasodobles Manolo Escobar, bajo la atenta mirada de Juani y de Javier.

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